Una abarrotada catedral de Santander ha acogido en la tarde de este domingo del Buen Pastor, cuarto de Pascua, una solemne Eucaristía presidida por el obispo diocesano, monseñor Arturo Ros. Una ceremonia en la que han participado 167 sacerdotes y en la que, por la imposición de las manos del prelado, los diáconos Luis Eguiguren Garrido, José Luis García Mairena y Juan José Conde Muela, han recibido el Orden sacerdotal.
La Misa ha dado comienzo con una procesión de entrada en la que los futuros nuevos presbíteros caminaban detrás del Evangeliario, seguidos del rector del seminario, formadores, vicarios episcopales, cabildo catedral y el obispo.
Tras la incensación del altar, ha comenzado la celebración. Después de la lectura del Evangelio, los que iban a ser ordenados presbíteros se han acercado al altar para proceder a su presentación.

Seguir al Buen Pastor
En su homilía, monseñor Ros evocó la imagen de Jesús como Buen Pastor, que “ha marcado la conciencia y la memoria de la Iglesia”. “El pastor -dijo- vigilia, dirige, busca, conoce a cada oveja por su nombre, las llama y, si llega el caso, arriesga su vida para defenderlas contra todo peligro. El buen pastor -remarcó- da la vida por sus ovejas”.
A continuación, recordó que “el Señor es el Buen Pastor. Su bondad, su lealtad, nos acompaña todos los días de nuestra vida”. “Nos acompaña, pero no nos sustituye”, matizó.
“El Buen Pastor -apuntó- nos invita a serle fieles, ya que es el guardián de nuestras vidas. Nuestra labor es seguirle. Nuestra labor es seguirle”, insistió.
“La Iglesia -comentó- nos anima a vivir permanentemente estos dos aspectos inseparables y complementarios de la existencia cristiana, y que son los ecos del Jueves Santo. La Eucaristía, es decir, la Cena, que es compartir fraternalmente el pan como don del Señor por el que nos incorporamos a Él y nos unimos entre nosotros formando un solo cuerpo. Y el servicio a los hermanos, especialmente a los más pequeños y necesitados, donde encontraremos al Señor”.
Así, añadió, “vivir el seguimiento de Jesús, el Buen Pastor, implica escuchar y hacer verdad dos mandatos: ‘haced esto en conmemoración mía’ (la Cena) y ‘lo que yo he hecho hacedlo también vosotros’ (el servicio). Esta es vuestra tarea y vuestra misión. Estáis llamados a vivir el ministerio sacerdotal configurados con Cristo Pastor”, afirmó.

“Jesús -señaló en otro momento de su alocución- se nos ofrece como la puerta que conduce a la vida plena, como el pastor que no abandona, que protege, acompaña y guía con ternura y fidelidad. Escuchar su voz y seguirlo es la verdadera vocación a la que estamos todos llamados”, incidió.
Emoción y gratitud
Manifestando la emoción que le embargaba, el obispo explicó que “vivimos este día con sentimientos de emoción y gratitud en toda la diócesis. Es, sin duda, un regalo contar con tres nuevos sacerdotes”. “Damos gracias a Dios de todo corazón por vuestras vidas, por vuestra vocación, por vuestro sacerdocio”.
Dirigiéndose a Juanjo Conde, le dijo: “Hemos estado siempre unidos”. “Gracias por tu honestidad y por tu generosidad. Siempre te has mostrado inquieto y servicial. Tu proceso vocacional apunta a un feliz sacerdocio y seguro que lo vivirás con la alegría que te caracteriza”.
A José Luis García le dio las gracias “porque te fiaste de nosotros y nosotros de ti. Desde el primer momento fuimos tu familia y tu casa. Gracias por tu ejemplo de humildad y de servicio. Saludamos hoy con gozo desde la distancia a tu querida familia y a tu obispo. Te hemos cuidado y lo seguiremos haciendo”.
Por último, en alusión a Luis, expresó: “ha sido un gozo compartir contigo todo este tiempo intenso y fructífero. Seguiremos caminando y confiando en que seas un buen sacerdote. Un sacerdote santo”.

Una acción de gracias “grande y generosa” en la que no olvidó “a los sacerdotes que os han acompañado, a las parroquias que habéis servido, a tantas personas que han rezado y rezan por vosotros” y “a todos los sacerdotes del presbiterio diocesano que son vuestra nueva familia”. Sin olvidar a la diócesis, “que merece tantas cosas buenas y a la que todos, un servidor incluido, le debemos tanto”.
“Que esta feliz jornada sea una sincera expresión de nuestro espíritu de comunión y de fraternidad”, proclamó. “Renovemos hoy con alegría nuestro amor al Señor, y a la Iglesia, y a la Diócesis. Y vivamos con entusiasmo la buena noticia de la Pascua. Cristo vive y está con nosotros”.
Concluyó dirigiendo su oración a la Virgen Bien Aparecida, “Reina y Madre de la Montaña” y a los santos mártires Emeterio y Celedonio.

Rito de ordenación
A continuación, comenzó el rito de ordenación, por el que los ordenandos sellaron los compromisos con la promesa de ser fieles a la Iglesia, representada en la persona del obispo.
Durante la invocación de las letanías, toda la comunidad cristiana pidió a Dios por ellos, que permanecían postrados ante el altar. A su término, el obispo impuso las manos sobre sus cabezas, al igual que los presbíteros concelebrantes.
Tras la imposición de la estola, y revestidos con la casulla, se acercaron al obispo, que les ungió las manos con el Santo Crisma. De él recibieron también el pan y el vino para la celebración de la Eucaristía. Luego los abrazó, junto con los demás sacerdotes.
Una vez terminado el rito, continuó la Eucaristía, en la que concelebraron y pudieron consagrar por primera vez el Cuerpo y la Sangre de Cristo.