León XIV en su encuentro con entidades dedicadas a la acogida a migrantes: «Integrar es abrir espacio para que una persona pueda sentirse corresponsable»

Papa encuentro migrantes Tenerife

La última jornada de la Visita Apostólica del Papa León XIV en España se ha desarrollado en Tenerife. En la Plaza del Cristo de La Laguna, ha mantenido un encuentro con grupos eclesiales y entidades vinculadas a la acogida de personas migrantes. La convocatoria ha permitido acercar al Pontífice la realidad migratoria que vive el archipiélago a través de testimonios de personas procedentes del continente africano y de América Latina, así como de quienes desarrollan su labor pastoral y social en este ámbito

El encuentro ha comenzado con unas palabras de bienvenida del obispo de Tenerife, monseñor Eloy Santiago, quien ha compartido que “la integración, tanto en la sociedad como en la Iglesia, sigue siendo un reto, Santo Padre. Estamos convencidos de que sus palabras en este acto nos animarán a seguir por esa vía de la superación de miedos y prejuicios para abrirnos a la promoción e integración de las personas migrantes en nuestra casa común».

A lo largo del acto han compartido su testimonio Darwin Rivas, sacerdote venezolano destinado en El Hierro quien le ha confiado al Papa que hubo “momentos muy complicados por la cantidad de migrantes que llegaban a una isla pequeña.  Hubo días y noches en que quise quedarme en la comodidad, pero pensaba: ¿Qué haría nuestro Señor?  Y renovaba el servicio”.

Mbacke, de Senegal, ha hablado en nombre de la Fundación Canaria El Buen Samaritano, en Tenerife, donde encontró “respeto, paciencia y gente que me dijo: tú vales, tú puedes”. Khalid Allad, de Marruecos, ha contado su travesía en patera para alcanzar la costa, y la ayuda que recibió de la Fundación Don Bosco. Y Thalia, de Colombia, que ha pedido al Papa que “bendiga a todas las personas que tienen la necesidad de migrar, de alejarse de su tierra, de su familia para que siempre encuentren el apoyo”.

Papa migrantes Tenerife

Amor a Cristo transformado en gestos

Al inicio de su intervención, León XIV ha aludido a «lo que se ha dicho de esta ciudad: que es una ciudad sin murallas, una ciudad abierta. Quizás este detalle nos ayude a comprender que las barreras más difíciles de derribar no son siempre de piedra. A veces están en la mirada, o en el miedo o en la indiferencia. El mar, que rodea estas islas, trae hasta nosotros historias que no siempre sabemos leer: historias de dolor, de esperanza y de búsqueda. En una ciudad sin murallas, también el corazón está llamado a ensancharse para acogerlas. Por eso necesitamos aprender el lenguaje de la cercanía, ese que se comprende más con las manos que con las palabras».

«La integración -ha dicho- exige aprender a leer de otra manera. Hay miradas que ven y, sin embargo, no reconocen; convierten un rostro en cifra, una historia en expediente y una diferencia en distancia. De ahí que el Evangelio nos eduque en una lectura más honda de la realidad: la que nace de la cercanía, de la paciencia y de unas manos capaces de socorrer, acompañar, orientar, enseñar y abrir caminos». Porque «las heridas, miradas desde la fe, pueden convertirse en lugar de reconocimiento: allí donde el dolor humano es tocado con amor, Cristo nos confirma que está presente en el hambriento, en el sediento, en el desnudo, en el enfermo, en el preso y en el forastero». Y, es que, «la caridad cristiana brota del amor de Dios derramado en el corazón del creyente; por eso, ante el necesitado, la fe se hace concreta y el amor a Cristo se transforma en gestos«.

Y ha recordado que «la solidaridad nace del reconocimiento de la dignidad humana y supera toda concesión secundaria o simple obra de filantropía. Está llamada a comprometerse y a tomar forma de proceso. La acogida abre la puerta; la integración ayuda a cruzar el umbral. La asistencia coloca bálsamo en la herida y la integración reconstruye el futuro».

Papa manos migrantes

Camino recíproco

En su alocución, el Papa ha señalado que «integrar es un camino recíproco: quien llega aprende a habitar una tierra nueva, y quien recibe aprende a ensanchar su propia casa sin diluir su identidad ni cerrar el corazón al encuentro. A ustedes, queridos hermanos migrantes, les corresponde una parte noble y necesaria de este camino: abrirse con confianza a la comunidad que les recibe, aprender su lengua, respetar sus leyes, conocer sus costumbres, participar en la vida común y ofrecer con gratitud sus dones».

Porque «toda sociedad que acoge tiene deberes hacia quienes llegan; y quien es acogido descubre también que la dignidad reconocida como derecho florece cuando se convierte en responsabilidad y deseo sincero de construir junto a los demás. Así, quien llegó como forastero puede reencontrar vínculos, reconstruir confianza y sentirse parte viva de una comunidad. Ésta es una forma preciosa de misericordia».

Dirigiéndose a los católicos, les ha pedido «que la integración no quede reducida a una tarea social, por necesaria que sea. Quien llega a nuestras parroquias necesita pan, techo, lengua, trabajo y protección; y también debe encontrar una comunidad capaz de ofrecer, con el testimonio de la vida y de la palabra, caminos para conocer a Jesucristo, respetando siempre la conciencia y la libertad de cada persona. Evangelizar es compartir con respeto y humildad el tesoro que sostiene nuestra acción y nuestra esperanza. Una Iglesia que acoge es también una Iglesia que anuncia, ofreciendo a Cristo sin imponerlo y que, al mismo tiempo, recibe el Evangelio de manos de los pobres».

Papa niños migrantes

Denuncia de las mafias

El Papa ha condenado firmemente a quienes se aprovechan de los migrantes: “desde esta plaza quiero dirigir una palabra clara a quienes se aprovechan de la desesperación; a quienes organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres, engañan familias y convierten el sufrimiento ajeno en negocio”.  “El dinero arrancado a la vulnerabilidad de los pobres no dará paz, ni honor, ni futuro.  Por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado habrán de comparecer ante la justicia divina. Rompan esas cadenas y liberen a quienes tienen bajo dominio. Devuelvan lo arrebatado y reparen cuanto puedan. Vuelvan mientras aún hay tiempo, porque la misericordia de Dios puede alcanzar incluso al pecador más endurecido”, ha expresado el Pontífice.

En contraposición, ha manifestado un sincero agradecimiento a “Cáritas diocesana, a la Delegación diocesana de Migraciones, a las parroquias y a tantas realidades eclesiales y civiles que van más allá del primer auxilio y acompañan procesos de protección, promoción e integración. Gracias por hacer posible que quien un día fue acompañado pueda convertirse en puente para otros, devolviendo el amor recibido. Cuando quien necesitó una mano comienza a tender la suya, la caridad recibida se transforma en responsabilidad compartida”.

Ha afirmando que «la última palabra no puede tenerla el miedo, la indiferencia ni la violencia de quienes comercian con la vida humana. La última palabra pertenece a Cristo, que se identifica con el forastero, toca las heridas de la humanidad y nos llama a reconocerlo en cada hermano que necesita ser acogido, protegido, promovido e integrado. Alcemos la mirada hacia Él, sin apartarla de quienes sufren; miremos al Señor para aprender a mirar con sus ojos a nuestros hermanos«. Y ha concluido manifestando su deseo de que la Sagrada Familia siga siendo «modelo y amparo de toda familia refugiada, de todo migrante y de toda persona que se ve forzada a dejar su tierra por miedo, persecución o necesidad».

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