Óscar Lavín Aja
Celebramos hoy el Domingo del Buen Pastor y la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, instituida para la Iglesia Católica el 11 de abril de 1964 por el Papa Pablo VI. Desde el año 1971 se celebra el Cuarto Domingo de Pascua, conocido como el Domingo del Buen Pastor.
Aunque sea un poco larga la homilía de este domingo de Pascua, solo quiero compartir lo que supone el gran anuncio de lo que creemos en las palabras del discurso de Pedro en la fiesta judía de Pentecostés. En esta fiesta se conmemora la entrega de la Torá (los Diez Mandamientos) por parte de Dios a Moisés en el Monte Sinaí, siete semanas después de la Pascua (Pésaj). Es una de las festividades principales que celebra la alianza, la cosecha del trigo y el inicio de la identidad judía. Dios en el Monte del Sinaí estableció con Moises un gran pacto con la entrega de la Ley. Dios sería el Dios de Israel. En señal de ello le entrega la Ley (Torá). A cambio el pueblo judío cumpliría la Ley de Dios. Pero ¿qué ocurre si los judíos no cumplen la Ley entera? Que se ofende a Dios. La relación con Dios se ensucia, se enemista, se bloquea. Se rompe, en definitiva. Además, se introduce un daño a todo el pueblo, una especie de mal destructivo para toda la colectividad.
Entonces Pedro anuncia “algo” desconcertante: “Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo…”
Los pecados era el centro de la experiencia del pueblo judío. Entonces, ¿qué tiene que hacer el judío para sanear la relación con el Dios que le liberó de la esclavitud, le dio la Tierra Prometida y estableció el pacto de la Ley (Torá)? Expiar el pecado de incumplir la Ley. Y ¿qué quiere decir expiar los pecados?
La expiación supone tres cosas:
- Cubrir la deuda
Se entendía que el pecado de incumplir la Ley creaba una deuda espiritual. Al expiar, esa deuda quedaba “cubierta”. No es que el pecado no hubiera ocurrido, sino que ya no era tomado en cuenta por Dios porque se había presentado un pago o una compensación.
- Purificación (limpieza)
En el judaísmo del siglo I, el pecado se veía como algo que generaba impureza ritual. Un pecado no expiado “contaminaba” a la persona y, a nivel colectivo, contaminaba el Templo. Expiar era un proceso de «desinfectar» el alma y el espacio sagrado para que la presencia de Dios pudiera seguir habitando en medio del pueblo.
- Reconciliación (reparar el vínculo)
El pecado se veía como un muro que separaba al hombre de Dios. La expiación era el puente para derribar ese muro. Era el mecanismo legal y espiritual para que un judío pasara del estado de “culpable” al de “justo” (en paz con Dios).
Y ¿cómo se lograba esta expiación?
Para que la expiación fuera válida, se necesitaban tres elementos:
- El sacrificio (sangre): Según la Torá, “la vida de la carne está en la sangre” y la sangre se daba sobre el altar para hacer expiación. El animal moría en lugar del pecador, representando la gravedad de la falta.
- El arrepentimiento: Sin un cambio de corazón y el abandono del pecado, el animal sacrificado no servía de nada.
- La confesión: El judío debía reconocer su error específicamente frente a Dios.
Entonces, ¿qué relación con Dios tenían aquellos judíos del siglo I d. C? Es una relación del juicio, del miedo, del premio o del castigo. Hay una Ley, si no la cumples hay que purificar el mal a Dios ofreciendo un sacrificio en el Templo.
¿Qué supone el anuncio de Pedro del perdón de los pecados? La muerte y sacrificio de Cristo en la cruz ha perdonado y cancelado todos los pecados. Esta realidad del pecado en la mente de un judío era el no cumplimiento de los 613 preceptos de la Ley de Dios. La proclamación de que Jesús libera y perdona de los pecados del implica que él es el sacrificio definitivo. Esta idea tenía una consecuencia tremenda: ya no se necesita el sistema de sacrificios de animales porque su muerte “limpia” la conciencia y restaura la relación con Dios de manera permanente. No es solo perdonar una falta, es quitar la culpa. La relación con Dios es de amistad, intimidad, perdón, acogida, amor-misericordioso… se ha vencido la culpa, el miedo el muro de la enemistad entre Dios y cualquier ser humano. Ahora ya podemos entender la intimidad y conocimiento de Dios con cada uno de nosotros en la imagen del pastor y las ovejas en el evangelio de hoy.
Otro anuncio desconcertante de Pedro en su discurso: Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías.
Cuando un judío oía la palabra Mesías, ¿qué tenía en su cabeza? Veámoslo despacio.
- Expectativas Políticas y Militares
Bajo el dominio romano, la mayoría de los judíos esperaba un Mesías Guerrero o un «Nuevo David». Se creía que el Mesías haría lo siguiente:
- Liberar a Israel: derrotar militarmente a los romanos y expulsar a los gentiles de Jerusalén.
- Restaurar el Reino: restablecer el trono de David y gobernar como un rey justo y soberano sobre una nación independiente.
- Paz mundial: inaugurar una era donde las naciones dejarían de guerrear y reconocerían al Dios de Israel.
- Expectativas Religiosas
Además del rol de gobernante, se esperaba que el Mesías fuera una figura de rectitud espiritual:
- Cumplimiento de la Torá: Sería un experto en la Ley y un ejemplo de obediencia a los mandamientos.
- Purificación del Templo: Purificaría el culto en Jerusalén de la corrupción y la influencia pagana.
- Reunión de los exiliados: Traería de vuelta a los judíos dispersos por todo el mundo a la Tierra de Israel.
- La diversidad de visiones (Pluralidad)
No todos los judíos esperaban lo mismo. En el siglo I existían distintas corrientes:
- Los Zelotes: Buscaban un líder militar para una revuelta armada inmediata.
- Qumrán (Esenios): Algunos esperaban dos mesías: uno real (militar) y uno sacerdotal.
- El pueblo común: Muchos simplemente esperaban a un «Nuevo Moisés» que proveyera milagros y liberación.
El anuncio de Pedro a Jesús como Mesías choca contra todo lo que un judío tenía en su mente. Un crucificado ¿Mesías y Ungido por Dios? Un crucificado había sido vencido por los Romanos. Había sido despreciado por el pueblo judío por blasfemo. Se había declarado igual a Dios, y esto suponía la pena de muerte en las leyes judías. Era la peor blasfemia y ofensa que un judío podía realizar. Era imposible entender un anuncio tan absurdo.
¡Pues sí!, toda la liberación política de Roma, del Reino de David, de Paz, de vuelta de los judíos exiliados, toda la liberación espiritual se ha cumplido en este ¡¡Crucificado!!, al cual, Dios lo ha resucitado y constituido Mesías.
