José Miguel Rodríguez, en sus bodas de oro sacerdotales: “Mientras Dios me dé vida y salud, pienso seguir aquí, haciendo Iglesia”

José Miguel Rodríguez en Santo Toribio de Liébana

El próximo lunes, 11 de mayo, la Diócesis de Santander rendirá homenaje a los presbíteros que este año conmemoran sus bodas de plata, oro y diamante sacerdotales.

José Miguel Rodríguez de las Cuevas, párroco de Azoños y Maoño, y adscrito a La Anunciación, fue ordenado un 27 de junio de 1976 “en el Real Colegio Seminario de los Padres Agustinos Filipinos, de Valladolid”, evoca. “Me ordenó monseñor Gabino Peral de la Torre, que fue mi profesor de ciencias naturales cuando yo estaba en el Seminario de los Agustinos, en Valencia de Don Juan”. Porque este zamorano de nacimiento ingresó a los 13 años en este centro formativo, donde estudió el Bachiller, para concluir sus estudios en Zaragoza. Después de su paso por el noviciado agustino de la localidad palentina de Becerril de Campos pasó a Valladolid, donde estudió Filosofía y Teología antes de realizar la profesión solemne en 1974, para ser ordenado presbítero dos años después.

Recuerda la ceremonia vivida hace 50 años con “emoción y felicidad. Yo tenía 28 años, recién cumplidos. Pero también sentía algo parecido a la pena, porque mi padre había fallecido 6 años antes, y mi madre, que asistió a la celebración, estaba muy cogida”. La foto inferior corresponde a su primera Misa, celebrada en Villamayor de Campos, su pueblo natal. «Mi madre se desbordó -rememora-, y también mis hermanos. Es un recuerdo muy bonito».

 

Primera Misa de José Miguel Rodríguez

 

Correrías universales

Mirando el tiempo vivido, contempla “toda una vida de entrega, con mis correrías universales”. Y es que su primer destino le llevó a la selva del Amazonas. “Lo pedí yo, de forma voluntaria. Allí era donde estaba de obispo monseñor Gabino Peral. Y pasé un total de 4 años. Una etapa misionera que, a pesar de que fue dura, creo que fue la que más me cautivó”.

De regreso a España, le destinaron a Bilbao. “Estuve en la parroquia de San José de la Montaña, un total de 14 años. Dedicado por completo a la parroquia: primero, como vicario parroquial, y después como párroco, los últimos años”. Entre sus múltiples tareas, se encargó “sobre todo de la juventud. También fui promotor de vocaciones. E incluso profesor del colegio Urdaneta”.

Un nuevo cambio le llevó a su Castilla natal. “Desde Bilbao me enviaron como formador al Seminario de Valencia de Don Juan”, explica. “Allí empecé, y allí terminé. Porque estando ahí fue cuando, dos años después, tomé la decisión de dejar la congregación de los Agustinos. Fue una etapa muy gloriosa, pero por circunstancias personales… Era el momento en el que yo me planteaba muchas cosas. Y decidí pasarme al clero secular”. En la imagen, con el párroco de La Anunciación, Pedro Miguel Rodríguez, en una peregrinación al Vaticano.

José Miguel Rodríguez y Pedro Miguel Rodríguez en el Vaticano

Una vez abandonada la congregación, solicitó su incardinación en la Diócesis de Zamora, “que es donde estoy todavía”. Y donde vivió sus nuevas encomiendas ministeriales. “Durante dos años ejercí como párroco en la parroquia Nuestra Señora de Lourdes, en el centro de la capital. Y después me fui los 17 años restantes a Tierra de Campos: Villanueva del Campo, Castroverde de Campo, Villar de Fallades, Vega de Villalobos…”.

“En aquellos tiempos -señala- todavía se podían hacer muchas cosas en esos pueblos. En concreto, me tocó toda la nueva movilización de la iglesia en aquel momento, en Tierra de Campos. Una zona con una religiosidad muy fuerte, apegada mucho a las tradiciones. Pero con la vida parroquial propia de los pueblos”.

Por motivos familiares, tuvo que cambiar de destino. “Hace 10 años, me vine a Santander. En este tiempo he estado adscrito en la parroquia de la Anunciación, donde sigo todavía, y hace 8 años me nombraron además párroco de Azoños y Maoño”. En la foto, llevando en procesión la imagen de la Virgen del Mar, con los sacerdotes compañeros del arciprestazgo.

José Miguel Rodríguez en la procesión de la Virgen del Mar

Servidor

Este sacerdote, que se define como “servidor”, asegura que lo que más le ha marcado en su vida ha sido “la relación con la gente. Con el pueblo. Y, desde la espiritualidad agustiniana, que ha sido siempre mi fuente de inspiración, la frase de san Agustín: ‘Con vosotros soy cristiano. Para vosotros soy obispo’, pero aplicada a mi realidad: ‘Con vosotros soy cristiano. Para vosotros soy sacerdote’”, repite.

Siendo párroco de Bilbao tuvo la oportunidad de conocer a san Juan Pablo II en una peregrinación que realizó con la parroquia a Roma. “Asistimos a una audiencia en la plaza de San Pedro. Mi madre estaba a mi lado. Y fue un momento que no se puede describir con palabras: tener las manos del Papa en mis manos, o mis manos en las del Papa… Y mi madre, que se puso muy nerviosa”, rememora con cariño.

También en la parroquia bilbaína pudo conocer al agustino Robert Prevost, actual Papa León XIV. “Vino siendo yo párroco. Pero fue una visita fugaz: simplemente, pasaba por allí. Pero no recuerdo nada especial”.

Sin embargo, como sacerdote, los momentos más emocionantes han estado ligados a su familia. “Recuerdo de manera especial la despedida de mi abuela, que para mí fue el pilar de mi vocación. Por supuesto, también las despedidas de mi madre y de dos hermanos. Y luego, acontecimientos familiares, qué duda cabe”. Aunque su corazón también se emociona con “la afiliación que he tenido con todos los obispos”. Y, por supuesto, “en la reinauguración de la iglesia de Villanueva, siendo párroco en Tierra de Campos”.

José Miguel Rodríguez con Juan Pablo II

Servicio

Después de medio siglo de entrega al Señor, considera que “estamos en una etapa que es un planteamiento continuo de la vocación. Ya no se ve en la gente el desprendimiento, la afinidad que existía antes. Hoy parece como que estás haciendo más una profesión que un servicio.  Cuando no hay confidencia, no hay cercanía… Y eso me duele mucho”, afirma.

Porque, José Miguel Rodríguez entiende el sacerdocio como “un servicio y una entrega a la gente que tengo encomendada. Siempre desde el pilar de la cercanía de Dios”. Por eso, para los años venideros pide “una vida entregada a Dios. Seguir en la brecha, hasta que me dé fuerzas. Y cuando llegue el momento de tener que dejar las responsabilidades, ser acogido en la comunidad cristiana”.

El próximo 11 de mayo vivirá la celebración de la festividad litúrgica de san Juan de Ávila, patrono del clero español, “con el corazón dividido. Porque estaré en Zamora, con los sacerdotes de la que es mi Diócesis. Y es que esa es mi Iglesia: allí nací, allí me bauticé, allí celebré mi primera misa, y viví los grandes acontecimientos. Estoy muy agradecido con mi gente, con mis raíces, y sigo vinculado con ellas. Aunque por motivos familiares, en estos momentos vivo en Santander. Y también estoy muy feliz. Siempre al servicio de la Iglesia. Y con deseos de seguir en la brecha. Mientras Dios me dé vida y salud pienso seguir aquí, haciendo Iglesia”, concluye. En la foto, con el obispo, monseñor Arturo Ros, durante la ceremonia de bendición de la reconstrucción de la imagen de la Virgen del Encuentro, patrona de Maoño.

Monseñor Arturo Ros bendice imagen Virgen Azoños

 

 

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