Javier Calzada, en sus bodas de oro sacerdotales: “Quiero ejercer mi ministerio hasta el final”

Ordenación sacerdotal Javier Calzada

“Me nacieron en Tarragona, porque mis padres trabajaban allí, pero me vine a vivir a Santander con un año de vida”, comenta con humor Francisco Javier Calzada Peñalosa, presbítero diocesano que este año celebra sus bodas de oro sacerdotales. Junto con los compañeros que cumplen 25, 50 y 60 años de su ordenación, será homenajeado el próximo lunes, 11 de mayo, en el marco de la festividad de san Juan de Ávila, que reunirá en el Seminario a más de un centenar de curas de la diócesis en torno al obispo, monseñor Arturo Ros.

“Mi vocación -explica- no surgió de una manera extraordinaria. Quizá se deba al hecho de vivir en una familia muy cristiana; o a que desde muy pequeño formé parte del grupo de los kostkas, en jesuitas. Y al colegio de los agustinos, que me marcó mucho en la vida… Poco a poco fui viendo que aquello me gustaba. Pero pasaron muchos años”, advierte. Y es que “tenía 26 años cuando decidí definitivamente que el Señor me llamaba y que aquello era lo que Dios quería”. A esa edad, acababa de terminar sus estudios de Profesor Mercantil. Y estaba a punto de ponerse a trabajar.

“Recuerdo a un sacerdote que me ayudó en ese proceso, y al que guardo un gran cariño. Se llamaba don Antonio Cossío, era párroco en San Francisco, y en esos años me estuvo confesando y dirigiendo. Yo pertenecía a la parroquia de Nuestra Señora de Consolación, pero estaba en la Legión de María en San Francisco, movimiento que también me ayudó. Bueno, en general la parroquia de San Francisco me marcó mucho”.

En aquella época, “el seminario de Corbán estaba cerrado. Así que me enviaron a estudiar a Burgos, con otros tres seminaristas. Aunque luego se abrió Oviedo, me permitieron quedarme y hacer ahí toma mi etapa formativa”.

Recibió la ordenación sacerdotal un 31 de agosto de 1976. “Era san Ramón, santo de mi padre, que había fallecido unos años antes. Así que se lo pedí a don Juan Antonio del Val, y aceptó. Me ordené yo solo, en Consolación”. De ese día, recuerda “la alegría de la familia, sobre todo de mi madre. Y quizás también la imposición de las manos: creo que tenía muy claro que desde ese momento ya era sacerdote”. Esa ceremonia fue también su primera Misa, “ya que celebré en mi propia ordenación”, confiesa.

Madre de Javier Calzada en la ordenación sacerdotal de su hijo

Mataporquera y Valle de Valdeolea

Recién ordenado, el primer destino que le encomiendan le lleva a Mataporquera y el Valle de Valdeolea. “Yo no tenía carnet de conducir, y lo necesitaba para moverme por los pueblos. Así que me ordené en agosto y llegué a las parroquias en diciembre”.

Sus primeros 16 años como sacerdote los vivió en esa zona, de la que guarda muy buenos recuerdos, “tanto de la gente, que era muy buena, como de mis hermanos compañeros, en especial Juan José Estébanez, que, aunque era mayor que yo, hacía poco que estaba ordenado, pero me apoyó mucho al principio. Y Pablo Gaipo, que era estupendo. Con él conviví unos 12 años, nada menos”.

Junto con la camaradería, evoca la alegría de las vocaciones que despertaron. “Un seminarista y una religiosa”, menciona. “Eran pueblos pequeños, pero muy distintos de los de ahora, porque había vida: jóvenes, niños… Eran pueblos abiertos: siempre entrabas en las casas con una facilidad enorme, porque no tenían llave”.

Procesión de Santa Eulalia en Mataporquera

Valle de Soba, Boó de Piélagos y Mortera

Su siguiente destino fue el Valle de Soba. “Ahí estuve 5 años”, señala. “El ambiente era distinto, pero también estuve muy contento. Tenía un compañero estupendo, que todavía está allí, que es Antonio Madrazo: un cura entregado a ese valle, toda su vida”. Además, añade, “he conocido a mucha gente buena. Y también tenía la ayuda de Juan Antonio, de Ramales”.

Reconoce que había que atender muchos pueblos, muy pequeños, para lo que el coche le venía muy bien. “Siempre estábamos subiendo y bajando de los pueblines. Al final, un cura de coche. Hacíamos muchos kilómetros y cuestas. Cuestas y curvas, cuestas y curvas. Pero hay gente muy buena”.

“Siempre he sido párroco de pueblo”, afirma este sacerdote, cuyo siguiente destino fue Boó de Piélagos y Mortera. “Es cierto que Boó era como el cinturón de la ciudad: había mucha gente del pueblo, pero muchísimos otros eran de los que salían de la capital para comprarse la casa en los alrededores”. Ministerio sacerdotal que le llevó a asumir la atención pastoral de los hospitales de Mompía y Liencres. “En Liencres, poco tiempo. Pero, en Mompía, desde que llegué”, apunta.

De este arciprestazgo destaca también a los compañeros estupendos que le acompañaron, “desde el arcipreste, que es el actual párroco de Comillas, que me trató estupendamente, a otros curas, como Juan Gil, ya fallecido, o Ricardo Alvarado, Carlos Casas…”. Sin olvidar a Lucas Coz, natural de Bóo, que le apoyó mucho. “Todos los compañeros fueron muy buenos. Y también la gente. “Estuve muy contento. Y conté con colaboradores muy buenos”, remarca.

Confirmaciones en Mortera con José Vilaplana

Noja, Isla y Argoños

Desde hace unos 10 años, atiende los pueblos de Noja, Isla y Argoños. “En realidad, ya no soy el párroco de Argoños”, advierte. “Pero lo he sido hasta hace muy poco. Y he estado muy contento”.

Son sus primeros pueblos de la costa, “con más tradición marinera, aunque en la actualidad hay pocos pescadores. Algunos viven del mar, pero mirando al turismo”, indica con humor. Aunque “también es una cosa buena, porque la iglesia está llena todo el verano. Llena y con confesiones”, insiste. “Es una ocasión de trabajar. Y se nota la piedad y la formación de muchos de los que vienen al templo”.

Desde hace unos años, “José Manuel Horcajo, un párroco de Vallecas, en Madrid, que trabaja extraordinariamente con la gente más humilde, viene todos los veranos de campamento. Casi un mes y medio o más con diferentes edades, incluso con familias. Y me ayuda muchísimo. Su base es la antigua casa parroquial de Noja, que es muy grande, y tiene un prado muy amplio. Ahí están magníficamente”, asegura.

Confirmaciones monseñor Arturo Ros en Noja

Iglesia siempre abierta

Este sacerdote se siente feliz por el hecho de que la iglesia de Noja “esté siempre abierta. Siempre abierta. Lo cual hace que pase mucha, pero que mucha gente, por la iglesia. Yo solo abro las puertas, pero se nota un bien grande, porque entra mucha gente a rezar, a confesarse… Si pudiéramos abrir más las iglesias, sería estupendo. Porque pienso que es un atractivo para la gente. Un imán”.

Algo que hay que valorar, sobre todo en estos tiempos. “Cuando yo estaba en Mataporquera, se llenaba la iglesia de hombres y de mujeres. De hombres y de mujeres. Ahora las cosas han cambiado. Y lo digo con pena. Lo he vivido en Noja: de cuando yo llegué a ahora, ha disminuido mucho la asistencia dominical, en sábados y domingos. Es cierto que en verano confesamos mucho, pero en invierno muy poquitín”.

A pesar de todo, “estoy muy contento con mi gente. Hay catequesis, hay niños, hay gente muy buena… La gente es buena, y todavía respeta la iglesia. Una buena parte quiere que los niños se bauticen. Pero, claro, la profundidad de su fe no es muy grande”.

Para este sacerdote, que se define como “alguien que ha procurado hacer lo que Dios quería”, lo más importante en su vida es que “he podido decir Misa, y confesar”. Sin olvidar “que he convivido con otros compañeros. Creo que es algo muy bueno, porque los curas no deben estar aislados”.

“Desde hace 45 años”, declara, “pertenezco a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz – Opus Dei, que me ha ayudado mucho para vivir mi vocación de sacerdote secular”. Y concluye manifestando: “quiero ejercer mi ministerio hasta el final, aunque estoy abierto a lo que Dios me pida”.

Fieles en Isla en la fiesta de Santa Juliana

 

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