Homilía XVII Domingo del Tiempo Ordinario, por Ricardo Alvarado del Río, vicario episcopal para la Acción Caritativa y Social

Final Tesoro homilía 26 julio 26

Ilmo. Sr. D. Ricardo Alvarado Del Río

Ricardo Alvarado del Río

Hermanos:

Si esta noche Dios se nos apareciera en sueños y nos dijera: “Pídeme lo que quieras”, ¿qué le pediríamos?

Quizá salud, tranquilidad para nuestra familia, estabilidad económica o que desapareciera ese problema que tanto nos preocupa. Y, después de la alegría de estos días, alguno quizá pediría que la Copa del Mundo se celebrase todos los años… aunque nuestro corazón — y nuestros nervios— tal vez no lo resistieran.

No serían peticiones malas. Sin embargo, Salomón pide algo diferente: “Concede a tu siervo un corazón atento para discernir entre el bien y el mal”.

Salomón no pide una vida fácil, sino un corazón sabio. No pide que Dios elimine todas las dificultades, sino que le enseñe a afrontarlas. Y su petición agrada al Señor.

La sabiduría no consiste simplemente en saber muchas cosas. Una persona puede poseer grandes conocimientos y equivocarse en lo esencial. La verdadera sabiduría consiste en distinguir lo importante de lo secundario, lo eterno de lo pasajero, aquello que solamente brilla de aquello que verdaderamente vale.

También nosotros necesitamos pedir: “Señor, dame un corazón sabio”. Porque vivir es elegir. Cada día decidimos a qué dedicamos nuestro tiempo, qué preocupaciones alimentamos, qué palabras pronunciamos y qué lugar dejamos a Dios.

Ahora que muchos comienzan o disfrutan de sus vacaciones, tenemos una buena oportunidad para comprobar cuáles son nuestros verdaderos tesoros. Las vacaciones son necesarias: el cuerpo y la mente necesitan descansar; necesitamos recuperar tiempo para la familia, los amigos y la contemplación de la creación. Pero descansar no significa tomarnos vacaciones de Dios. A veces preparamos cuidadosamente la maleta, reservamos el alojamiento y organizamos cada excursión, pero dejamos olvidado lo más importante: cuidar el alma y encontrarnos serenamente con el Señor.

Jesús nos habla hoy de un hombre que encuentra un tesoro escondido en un campo. Al descubrirlo, vende todo lo que tiene y compra aquel campo. También nos habla de un comerciante que encuentra una perla de gran valor y vende cuanto posee para adquirirla.

El tesoro y la perla preciosa son el Reino de Dios. Es descubrir que somos amados por Él, que nuestra vida está en sus manos y que ni nuestras heridas ni nuestros fracasos tienen la última palabra.

Hay un detalle muy importante: aquel hombre lo vende todo “lleno de alegría”. No vive la renuncia como una desgracia, porque ha encontrado algo mucho mejor. Cuando descubrimos verdaderamente a Cristo, comprendemos que seguirle no empobrece nuestra vida, sino que la llena.

La Copa del Mundo nos ha regalado una alegría grande y compartida. Hemos celebrado juntos, nos hemos abrazado y durante unas horas casi todos parecíamos estar de acuerdo, lo cual ya puede considerarse otro pequeño milagro. Pero sabemos que, por hermosa que sea, esa copa no puede llenar para siempre el corazón. Pasará la celebración, comenzará otra competición y llegarán nuevos vencedores. El Reino de Dios, en cambio, es un tesoro que nadie puede arrebatarnos y una alegría que no depende del resultado de un partido.

No se trata de despreciar los bienes de este mundo. La familia, el trabajo, el descanso, la salud, las amistades y también estas alegrías compartidas son dones que recibimos con gratitud. Pero necesitamos sabiduría para disfrutarlos sin convertirlos en nuestros dueños. Los bienes pasajeros son buenos cuando nos ayudan a caminar hacia los eternos; se convierten en una trampa cuando ocupan el lugar que solamente corresponde a Dios.

A veces vivimos como quien tiene un tesoro en casa, pero no lo sabe. Buscamos lejos aquello que Dios ya ha puesto cerca: el cariño de nuestra familia, una amistad sincera, la posibilidad de servir, el perdón recibido, la Palabra de Dios, la Eucaristía y la presencia silenciosa de Cristo. Quizá no nos falten tantas cosas; quizá nos falta una mirada capaz de reconocer el tesoro que ya tenemos.

Jesús habla también de una red que recoge peces de todas clases. El Reino pertenece a Dios y es Él quien realizará el juicio definitivo. A nosotros no nos corresponde decidir quién merece estar dentro y quién debe quedar fuera.

La Iglesia no es una comunidad de personas perfectas, sino un pueblo en camino, formado por personas diferentes, frágiles y necesitadas de misericordia. Nuestra tarea no es excluir, sino anunciar, acoger y acompañar. No hemos sido llamados para levantar fronteras, sino para abrir caminos hacia Cristo.

Finalmente, Jesús compara al discípulo con un padre de familia que va sacando de su tesoro “lo nuevo y lo antiguo”. La fe custodia una historia y una tradición recibida, pero no es una pieza de museo. El Evangelio es siempre antiguo y siempre nuevo. Necesitamos transmitirlo con paciencia, especialmente a las nuevas generaciones, sin pretender que todos recorran el camino al mismo ritmo.

San Pablo nos ofrece hoy una certeza consoladora: “A los que aman a Dios todo les sirve para el bien”. No significa que todo lo que sucede sea bueno, sino que Dios puede actuar incluso en medio de nuestras dificultades y abrir caminos que todavía no alcanzamos a ver.

Pidamos hoy la sabiduría de Salomón: un corazón capaz de disfrutar agradecidamente de las vacaciones y de las alegrías de la vida, pero sin olvidar el tesoro verdadero; un corazón libre para usar los bienes sin quedar esclavizado por ellos; humilde para no excluir a nadie; y paciente para transmitir la fe.

Porque las vacaciones terminan, las celebraciones pasan y hasta las copas van llenándose de polvo en las vitrinas. Cristo, en cambio, permanece. Él es el tesoro que da sentido a todo lo demás y la alegría que nadie puede arrebatarnos. Amén.

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