Homilía V Domingo de Pascua, por Ricardo Alvarado del Río, vicario episcopal para la Acción Caritativa y Social

V Domingo Pascua homilía

Ilmo. Sr. D. Ricardo Alvarado Del Río

Ricardo Alvarado del Río

Queridos hermanos:

El evangelio de hoy nos lleva a un momento muy íntimo: la última cena. Jesús está con sus discípulos y sabe que se acerca la cruz. Sabe que pronto ellos van a sentir miedo, confusión y tristeza. Y precisamente en ese momento les dice: “No se turbe vuestro corazón. Creed en Dios y creed también en mí”.

Estas palabras no son una frase bonita para calmar un mal momento. Son el testamento de Jesús. Son palabras dichas desde lo más profundo de su corazón, allí donde vive unido al Padre. Jesús no les promete a sus discípulos que todo será fácil. No les dice que no habrá sufrimiento. Les dice algo mucho más profundo: no estáis solos; confiad en mí.

También nosotros necesitamos escuchar esto. Porque muchas veces se turba nuestro corazón. Se turba ante los problemas familiares, ante la enfermedad, ante la incertidumbre, ante las dificultades de la Iglesia, ante nuestras propias heridas y pecados. Y Jesús nos dice hoy: “No se turbe vuestro corazón”. No porque no pase nada, sino porque Él está con nosotros y nos conduce hacia el Padre.

Después Jesús añade: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas”. Esta frase nos recuerda una verdad fundamental de nuestra fe: nuestra estancia definitiva no está en este mundo. Estamos de camino. Nuestra vida no termina aquí. Caminamos hacia la casa del Padre.

Esto no nos aleja de la vida concreta. Al contrario, nos ayuda a vivirla mejor. Quien sabe que su meta está en Dios no se hunde cuando las cosas salen mal, ni se aferra desesperadamente a lo que pasa. Puede amar, servir, trabajar y sufrir con esperanza, porque sabe que su vida está guardada en las manos del Padre.

Tomás, con mucha sinceridad, le dice a Jesús: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”. Esta pregunta también es nuestra. Muchas veces podríamos decir: “Señor, no sé por dónde ir. No sé qué decisión tomar. No sé cómo vivir esta situación”.

Y Jesús responde: “Yo soy el camino y la verdad y la vida”.

Esta frase es el centro del evangelio de hoy. Jesús no dice simplemente: “Yo os enseño un camino”. Dice: “Yo soy el camino”. La vida cristiana noconsiste solo en cumplir unas normas o conservar unas costumbres. Consiste en seguir a una Persona: Jesucristo.

Él es el camino cuando tenemos que decidir. Él es el camino cuando hay que perdonar. Él es el camino cuando hay que servir. Él es el camino cuando sentimos que no podemos más. Por eso, tomar decisiones cristianamente exige discernimiento espiritual. No basta preguntarnos: “¿Qué me apetece?”, “¿qué me conviene?”, “¿qué me resulta más fácil?”. El discípulo pregunta: “Señor, ¿cuál es tu camino? ¿Qué quieres de mí en esta situación?

La primera lectura nos muestra precisamente a la Iglesia tomando una decisión con discernimiento. La comunidad cristiana crece, pero aparece un problema: algunas viudas no estaban siendo bien atendidas. Los apóstoles no niegan el problema, no miran hacia otro lado, no responden con nerviosismo. Escuchan, oran, disciernen y toman una decisión: elegir a siete hombres para cuidar mejor ese servicio.

Aquí aprendemos algo muy concreto: la Iglesia discierne para servir mejor. No discierne para conservarse a sí misma, ni para buscar comodidad, ni para quedar bien. Discierne para ser más fiel al Evangelio y para que nadie quede olvidado, especialmente los más frágiles.

Y el fruto de esa decisión fue grande: la Palabra de Dios seguía creciendo. Cuando una comunidad escucha la realidad, se deja iluminar por la Palabra y cuida a los pobres, entonces el Evangelio se hace creíble.

San Pedro, en la segunda lectura, nos ofrece otra imagen muy hermosa: “También vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de un edificio espiritual”.

Cristo es la piedra angular. Es decir, Él es el fundamento. Nuestra fe no se sostiene sobre nuestras fuerzas, ni sobre nuestras cualidades, ni sobre nuestras estructuras. Se sostiene sobre Cristo muerto y resucitado. Pero san Pedro dice también que nosotros somos piedras vivas. Esto significa que cada uno tiene un lugar en la Iglesia. Nadie sobra. Nadie es inútil. Todos somos llamados a construir: con la oración, con el servicio, con la caridad, con la paciencia, con la fidelidad diaria.

Ahora bien, una piedra sola no construye una casa. Una piedra aislada puede ser valiosa, pero no forma un edificio. Para construir Iglesia necesitamos estarunidos a Cristo y unidos entre nosotros. Ser piedras vivas significa dejarnos colocar por Dios donde podamos servir mejor.

Podemos preguntarnos hoy: ¿soy piedra viva o piedra suelta? ¿Construyo comunión o aumento división? ¿Me dejo guiar por Cristo, piedra angular, o quiero sostenerme solo en mis criterios?

Jesús dice también: “Yo soy la verdad”. Y Felipe le pide: “Señor, muéstranos al Padre”. Jesús responde: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”.

Esta es una enseñanza central: si queremos saber cómo es Dios, tenemos que mirar a Jesús. En Jesús vemos al Padre: su misericordia, su cercanía, su compasión, su perdón, su amor hasta la cruz.

Pero la verdad de Cristo no es una teoría fría. Se manifiesta también en los hermanos necesitados. Cristo está realmente presente en la Eucaristía, y también sale a nuestro encuentro en el pobre, en el enfermo, en el que sufre, en quien necesita ser escuchado. La primera comunidad lo entendió: no podían predicar la Palabra y dejar desatendidas a las viudas. La fe verdadera se convierte en caridad concreta.

Por último, Jesús dice: “Yo soy la vida”. No solo nos da consejos para vivir mejor. Él mismo es la vida. Su vida resucitada nos llena de esperanza, porque nos muestra hacia dónde caminamos: hacia la vida plena, hacia la casa del Padre. Quizá hoy alguno necesita escuchar esto de manera personal: tu vida no está cerrada. Tu historia no está perdida. Tu pecado no es más fuerte que la misericordia de Dios. Tu dolor no tiene la última palabra. Cristo ha resucitado, y su vida quiere sostener también la tuya.

Queridos hermanos, el Señor nos deja hoy una enseñanza sencilla y profunda.

Cuando el corazón se turbe, volvamos a Cristo. Cuando no sepamos qué camino tomar, escuchemos su Palabra. Cuando tengamos que decidir, busquemos su voluntad con discernimiento. Cuando nos sintamos débiles, recordemos que somos piedras vivas unidas a Cristo, piedra angular. Y cuando la vida pese, levantemos la mirada: nuestra morada definitiva está en la casa del Padre.

Que la Eucaristía nos una más a Cristo, camino, verdad y vida. Que Él ilumine nuestras decisiones, fortalezca nuestra comunión y nos haga una Iglesia viva, servidora y llena de esperanza.

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