Álvaro Asensio Sagastizábal
Después de haber celebrado las fiestas de la Stma. Trinidad, el Corpus Christi y el Sagrado Corazón, que tienen una resonancia fuertemente pascual, recuperamos los domingos del tiempo ordinario con la celebración de la Pascua semanal. En este año estamos siguiendo el evangelio de San Mateo y nos encontramos con uno de los textos más significativos en la constitución de la Iglesia.
Jesús se nos revela hoy como la misericordia de Dios: al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, “como ovejas que no tienen pastor”. Podríamos decir que a Jesús se lo conmovían las entrañas. Nos revela el ser profundo de Dios que es un Dios misericordioso que nos colma de ternura.
Por otro lado descubrimos hoy a un Jesús que asocia a su misión a los doce y les transmite, por decirlo así, los mismos poderes que adornan su ministerio: la enseñanza, id y proclamad que ha llegado el Reino de Dios, y la sanación, curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. En cierto modo les está diciendo: habéis recibido la misericordia, dadla gratis.
En el evangelio podemos ver esta intención de Jesús de fundar su Iglesia, una Iglesia para los hombres, que continua haciendo la obra de Jesús. La compasión de Jesús no se para en su tiempo concreto ni tampoco en el plano de los meros sentimientos. Jesús actúa, Jesús obra, Jesús sana…
La liturgia de este domingo nos une, de una manera intencionada, al Jesús, que siente compasión, con el Jesús que llama a los Doce y les da poder para curar. La Iglesia que es apostólica continúa en la acción de los sacramentos y en el ejercicio de la caridad la misión de Jesús.
Queridos hermanos, recibir hoy esta palabra nos hace preguntarnos por nuestro ser cristiano. Un cristiano es aquel que ha experimentado en su vida el amor misericordioso de Dios, que ha acogido la alegre noticia del evangelio y, por él, ha sido curado y perdonado. No tengamos miedo, hermanos, en experimentar la debilidad en nuestra vida, si eso nos lleva a apoyarnos en Jesús y gustar de su compasión.
Vamos terminando, pero no quiero pasar por este texto del evangelio de hoy sin compartir con vosotros una última reflexión. Saquemos de este evangelio una consecuencia práctica para ser más Iglesia: Sintamos la Iglesia como nuestra. No miremos sólo los errores e incoherencias de los hombres y mujeres de la Iglesia, sino ocupémonos del trabajo por el Reino. Sintamos hermanos compasión, también nosotros, por las multitudes cansadas y agobiadas que encontramos en nuestras ciudades y pueblos.
La Eucaristía, Sacramento de caridad, sea nuestro sustento en el acercarnos el hermano que sufre así como nos manifieste cómo debe ser nuestro acercamiento: esto es mi cuerpo entregado por vosotros.
Álvaro Asensio Sagastizábal
