El arzobispo de Zaragoza recuerda que venerar la Cruz es salir al mundo para venerar a Cristo con la propia vida

Peregrinos de la diócesis de Zaragoza

Este jueves, 30 de julio, más de un centenar de jóvenes de la diócesis de Zaragoza culminaban su peregrinación por el Camino Lebaniego asistiendo a la Misa del Peregrino en el Monasterio de Santo Toribio de Liébana.

Presidida por monseñor Carlos Escribano, arzobispo de Zaragoza, en su homilía ha transmitido un mensaje a los jóvenes. Comenzó expresando su profunda gratitud por todos los que han hecho posible la peregrinación y, especialmente, por los jóvenes que han decidido vivir esta experiencia. Confesó el orgullo que siente al ver que en la archidiócesis hay jóvenes normales, alegres y comprometidos, que en medio de su vida buscan sinceramente la voluntad de Dios. Para él, contemplar esa búsqueda es un motivo de esperanza y una gran alegría para toda la Iglesia.

Recordó también que esta peregrinación supone una experiencia nueva para la archidiócesis. Nace como una propuesta sencilla para el verano y permite descubrir un lugar de enorme riqueza espiritual como Santo Toribio de Liébana, donde se conserva un fragmento de la Cruz de Cristo. Explicó que el objetivo no es únicamente llegar a un destino, sino comprender el significado del lugar al que peregrinan y del misterio que allí se venera.

Carlos Escribano Santo Toribio de Liébana

Invitó a todos a prepararse para el momento de la veneración de la Cruz. Insistió en que ese gesto no debe hacerse por costumbre o curiosidad, sino desde el corazón. Animó a cada uno a acercarse personalmente a Jesús con algo que decirle: una acción de gracias, una petición, una preocupación o simplemente el deseo de permanecer un momento con Él. Mencionó que durante los días de peregrinación ya han tenido muchas oportunidades para hablar con Dios -en la adoración, en el sacramento de la reconciliación, durante el camino o en los momentos de silencio-, pero subrayó que este encuentro con la Cruz tiene un carácter especialmente íntimo y personal.

Destacó que venerar la Cruz significa contemplar el inmenso regalo que Cristo hace entregando su vida por nosotros. Dijo que, de algún modo, al acercarse a ese fragmento de la Cruz, el tiempo parece plegarse y los peregrinos son trasladados hasta el Calvario, al momento en el que Jesús entrega su vida por la salvación del mundo. Esa cercanía con un signo tan importante de la fe invita, sobre todo, a vivir un profundo agradecimiento por el amor de Cristo.

A continuación, compartió una reflexión a partir del propio camino recorrido. Comentó que, durante la subida, llega un momento en el que basta con levantar la vista para contemplar el monasterio al fondo. Esa imagen le sirve para recordar una enseñanza espiritual: en la vida cristiana también es necesario levantar la mirada. Cuando aparecen las dificultades, el cansancio o las cruces, Jesús invita a mirar hacia Él. Del mismo modo que Moisés levanta la serpiente de bronce en el desierto para que el pueblo encuentre la salvación, Cristo es elevado en la Cruz para convertirse en la esperanza de todos. El cristiano, afirmó, no está llamado a caminar mirando al suelo, sino con la mirada puesta en Cristo.

Peregrinos Zaragoza en Santo Toribio de Liébana

Desde esa contemplación de la Cruz propuso dos llamadas muy concretas para la vida de cada peregrino. La primera, convertirse en cireneos, siguiendo el ejemplo de Simón de Cirene, que ayuda a Jesús a llevar la cruz. Porque Cristo sigue haciéndose presente hoy en quienes sufren, y cada cristiano está llamado a reconocer esas cruces y ayudar a llevarlas, siendo apoyo para quienes más lo necesitan.

La segunda llamada es convertirse en misioneros. Tradicionalmente, la cruz se entrega a quienes son enviados a anunciar el Evangelio. Del mismo modo, venerar la Cruz significa recibir también una misión: salir al mundo para anunciar a Cristo con la propia vida. No basta con haber vivido una hermosa peregrinación; el verdadero fruto comienza al volver a casa y llevar lo vivido a la familia, a los amigos, a la parroquia y a todos los ámbitos de la vida cotidiana.

Concluyó animando a todos a dar gracias a Dios por el don de esta peregrinación y a regresar con una decisión firme en el corazón: vivir como cireneos, ayudando a llevar las cruces de los demás, y como misioneros, anunciando a Cristo allí donde cada uno es enviado. Ese, afirmó, es el verdadero equipaje que cada peregrino debe llevar de vuelta tras llegar a los pies de la Cruz.

Lignum Crucis

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