Carlos Fernández Sanjulián Gutiérrez es el responsable de Noray, un proyecto de infancia enmarcado en el programa de familias de Cáritas Diocesana de Santander. “Intentamos apoyar a la infancia de la zona del Barrio Pesquero y de la calle Castilla Hermida, con el objeto de facilitar su integración y cortar la transmisión intergeneracional de la pobreza. Lo hacemos a través del apoyo escolar, y de actividades de ocio y tiempo libre”, explica.
“La idea -comenta- surgió a finales de 2024 por parte de Sergio Llata, el párroco del Barrio Pesquero. En enero de 2025 lo pusimos en marcha. Al principio con cuatro niños nada más, dos niños y dos niñas, y cuatro voluntarios. En la actualidad atendemos a 19 niños, 16 familias, y hay 12 voluntarios. Porque el proyecto lo llevan exclusivamente voluntarios. Yo coordino como técnico, pero es un proyecto de voluntariado”, insiste.
“Va dirigido a personas que nos derivan desde la Cáritas parroquial de Santiago, así como la orientadora o el equipo directivo del colegio diocesano Miguel Bravo, del Barrio Pesquero. Y, de un tiempo a esta parte, como tiene arraigo en el terreno, acuden familias que nos han conocido por el ‘boca a boca’”.
Situación de vulnerabilidad
“Para nosotros -señala- el criterio fundamental es que veamos que son familias que están en situación de vulnerabilidad. Y cuando digo vulnerabilidad no me refiero solo a la económica, ya que ésta viene unida a otras carencias, como relacionales o emocionales dentro de la familia. Los padres no tienen recursos personales y de conocimiento para atender a sus hijos y llevarles a actividades extraescolares, o para ofrecer un apoyo escolar de calidad a sus hijos”.
Confiesa que “la derivación por parte del equipo directivo del colegio Miguel Bravo nos es de mucha valía, porque conocen bien a las familias, a los peques, valoran nuestro trabajo, y consideran que podemos ser de utilidad para esas familias. Porque trabajamos con las familias, no solo con los niños”, remarca.
“Por ejemplo -indica-, intentamos ofrecer apoyo emocional y de orientación psicoeducativa a las familias que no tienen muchos recursos personales para la buena crianza de sus hijos, con el fin de que puedan tener unas pautas educativas positivas. Tratamos de que esos peques adquieran habilidades sociales, relacionales, de comunicación entre ellos, y que sean de valor para su integración social”.
Y es que, asegura, “el conocimiento es fundamental para mitigar la transmisión intergeneracional de la pobreza, aunque muchas veces las familias vulnerables no tienen acceso a ese conocimiento. También valoramos otro tipo de variables, como la dimensión psicológica, personal, social de estos pequeños, que aprendan valores, un humanismo cristiano…”.
Referencia en el barrio
Carlos reconoce que “la respuesta en el Barrio Pesquero ha sido muy positiva. Noray es conocido en la zona. Incluso en la Asociación de Pescadores. Y en otros colegios. El proyecto tiene varios pilares: los niños, las familias, el voluntariado y la comunidad. Y, en un año y medio, hemos hecho comunidad, logrando que Noray sea una referencia en el barrio”.
Lo que más valora de su trabajo en el proyecto es el agradecimiento de los pequeños. “No voy todos los días. Pero cuando voy, cansado de todo el día, se me pasa estando dos horas con estos niños y con los voluntarios, porque el ambiente es de alegría, de respeto, de valoración, de reconocimiento…”.
De sus muchas vivencias en el terreno, destaca lo sucedido con una madre soltera. “Su hijo tiene hiperactividad, un trastorno del déficit de atención, y unos comportamientos a veces difíciles. Ella me llamó para decirme que el niño no volvía a Noray, porque le había castigado para todo, a todo y para siempre. Le dije que nos diera un voto de confianza. El pequeño ha mejorado su comportamiento en seis meses. Y la madre participa mucho más en las actividades de Noray, así como en el programa de familias. Para mí es una recompensa ver que la relación entre madre e hijo ha mejorado, que son más felices, y que su vínculo y su apego ha mejorado”.
Fruto del reconocimiento que tienen en el barrio, “cada vez hay más padres primerizos que quieren enviar sus hijos a Noray. En febrero me desbordaba la lista de espera. Pero nuestro ‘ratio’ de voluntario-niño es el que es, necesario para dar una calidad en nuestro acompañamiento que no se podría ofrecer si son muchos niños”.
Año y medio después de su puesta en marcha, “hemos hecho una evaluación. Y hemos comprobado que ha aumentado la motivación hacia el estudio, hacia el conocimiento; también que los niños que están en Noray se sienten seguros, protegidos, queridos… Todo ha sido positivo”, concluye.


