Ricardo Alvarado del Río, en sus bodas de plata sacerdotales: “Cuando te fías del Señor, todo da igual”

Ricardo Alvarado Misa Santa Cruz Bezana

Ricardo Alvarado del Río es uno de los presbíteros que recibirán un homenaje el lunes en el seminario de Corbán, con motivo de la festividad de san Juan de Ávila, patrono del clero español. Y es que el próximo 24 de junio, festividad de san Juan, celebrará las bodas de plata de su ordenación sacerdotal.

El vicario episcopal de Acción Social y Caritativa se define como “un hombre entregado a Dios y a la iglesia”. Joven e inquieto, asegura que echar la vista hacia atrás “es una pasada”.

“Me nacieron en Cartagena”, comenta con humor, “aunque toda mi familia es cántabra. “Mi padre es de Colindres, y mi madre de Ampuero, pero por motivos laborales estaban en Cartagena”. En esta región pasó los primeros años de su vida, “aunque siempre, desde que éramos pequeños, todos los veranos, y alguna Navidad incluso, veníamos a Ampuero”, confiesa.

“Mi vocación”, evoca, “empieza a despertar en Cartagena, en el colegio de los franciscanos. Me tocó una hornada de frailes que me llamaba mucho la atención, por cómo jugaban con nosotros, por cómo nos mantenían siempre activos… Yo venía de Montessori, desde el parvulario. Y desde muy pequeños nos habían incentivado a la independencia, a la autonomía, a la creatividad. Por eso, durante toda mi etapa con los franciscanos yo estaba metido en todos los rincones: en el periódico, en la radio, en el teatro… en todo”. En esa época, “me impactó el padre Pedro Riquelme. Fue como mi mentor, el primero al que le dije: ‘Padre, yo quiero ser como tú’. Él me dijo: ‘Vale, Ricardo. Ahora piensa un poco en tu hoy’, porque yo era muy movido, siempre estaba en todas las historias, era como muy líder. También pertenecía a la congregación del colegio, que se llamaba La Inmaculada. Y creo que realmente fue ahí donde crecí en mi vocación”, indica.

Ricardo Alvarado seminaristas Corbán

Punto de inflexión

Ya adolescente, su familia se vino a vivir a Santander. “Fue una etapa de paréntesis, de desierto” que se terminó con la llegada de Pedro Rentería a la parroquia de Ampuero. “Él aglutinó a toda la juventud. Y como yo quería volver a sentir lo que había sentido en mi infancia, en el colegio en Cartagena, empecé a hacer mis primeras incursiones en la parroquia: era catequista, y formaba parte de todas las actividades parroquiales. Fue un tiempo muy bonito”, afirma, “en el que se fraguó el sentido de pertenencia parroquial, no solo mío, sino de muchos jóvenes que hoy están casados y son padres de familia”.

En ese contexto, experimentó un punto de inflexión en su vida. “Un amigo mío, que se llama Héctor, entró en el Seminario de Corbán. A mí eso me impactó. Y decidí hablar con él. Yo estaba viviendo un momento existencial de mucho cuestionamiento. Estudiaba un módulo superior en anatomía patológica, pero no tenía muy claro nada”.

Así que aceptó la invitación de su amigo, y se acercó a conocer el Seminario. “Salí de ahí con cierta inquietud, pero sin ponerle nombre. Y una semana después le dije: yo quiero esto para mí”. En medio de esa conversación apareció el actual cardenal Carlos Osoro, entonces rector del Seminario, “que me dio mucha tranquilidad”. Tras una serie de encuentros sucesivos, con él, Ricardo decidió que ese era el camino que quería seguir en su vida.

Ricardo Alvarado celebrando Misa en Bezana

Reconoce que “siempre he sido muy aventurero. Nunca he tenido miedo a equivocarme. Me han educado en esa actitud de no tener miedo a hacer cosas”. Pero, quizás lo más duro fue comunicar esa decisión en casa, porque, aunque su familia era religiosa, “al principio, les costó aceptarlo”. Ese mismo año, ingresa en el Seminario.

A día de hoy, Ricardo sostiene que no se arrepiente de nada de lo vivido. “Creo que mi ingreso en el Seminario interpeló a otros jóvenes que vivieron de cerca mi proceso. Me sentí siempre muy acompañado. Y es que la fuerza de Dios es innegable, es imparable. Si Dios te llama…. ¿Cómo voy a decir que no a una vida entregada a Dios y a su Iglesia?”, se cuestiona. “Es una deuda que tengo con el Señor. Y por eso intento vivirla con absoluta abnegación y entrega generosa. Yo no dejé nada. Gané. Gané. Gané. Soy una persona absolutamente feliz”, remarca. “El Seminario me ayudó muchísimo a fraguar mi vocación. A convencerme de que realmente era Dios quien me pedía que entregara mi vida”.

Ricardo Alvarado bendiciendo discapacitado

Experiencia misionera

“Dada la educación que yo había recibido -añade-, necesitaba vivir una experiencia misionera antes de dar el Sí de mi vida”. Y, en quinto de Teología, marchó a Nicaragua, con otro compañero. “Para pagar el viaje, tocamos muchas puertas, y conseguimos dos plazas como voluntarios oficiales de Cooperación Cántabra, para ayudar a reconstruir el país después del huracán Mitch. Esa vivencia de tres meses consolidó mi vocación”, subraya. En el país latino ayudaron en un centro que acogía a niños de la calle, “dando apoyo escolar, trabajando con ellos en el campo, haciendo deporte…”. Tanto le impactó esa vivencia, que ha vuelto todos los años, “hasta 2018, que ya no me dejaron entrar en el país, por ser sacerdote”.

Ordenado diácono en el año 2000, al año siguiente recibió la ordenación sacerdotal de manos de monseñor José Vilaplana. “Mi primer destino fue la parroquia de Montesclaros, en Santander”, recuerda. “Iba a ayudar al párroco, que estaba enfermo. Y en los 10 años que estuve, hubo un movimiento familiar impresionante. Entré en el equipo directivo del colegio, que era titularidad de las Religiosas Adoratrices. Y demostramos, entre el equipo sacerdotal y los laicos, que una comunidad educativa puede ir de la mano de la parroquia. Fue increíble”. El 17 de octubre de 2010 tomó posesión de la parroquia La Santa Cruz de Bezana, donde sigue en la actualidad.

A lo largo de estos 25 años, ha compaginado su condición de párroco con otras responsabilidades que le iban encomendando: arcipreste, vicario episcopal de pastoral, o la actual, vicario episcopal de Acción Caritativa y Social. “Todo eso me ha ayudado a crecer. A conocer más a la Iglesia, y a amarla como Madre y Maestra. Muchos retos, muchos desafíos, pero todo un descubrimiento”.

Ricardo Alvarado en Getsemaní

Confianza extrema en Dios

Alvarado manifiesta que lo que más le ha marcado como sacerdote “es ver cómo Dios obra a través de mi vida. Cómo me ha ido capacitando en esta tarea de pastorear a sus hijos. El misterio de Dios en su obrar, que me lleva a tener una confianza extrema en Él, hasta ser capaz de entregar mi vida: por los más débiles, por el anuncio de la Buena Noticia”.

“Mirando mi vida -prosigue-, me quedo con un profundo sentimiento de gratitud. Agradecimiento a Dios tanto por los momentos difíciles como por esos otros en los que he sentido y experimentado su presencia. Creo en la Divina Providencia, y me permite mirar hacia atrás con absoluto agradecimiento”.

Fruto de ello es su consejo a los jóvenes de hoy, que muchas veces se encuentran perdidos o no descubren el sentido de su vida: “Yo les diría que no tengan miedo. Y, por supuesto, que confíen en Aquel que nos regala la vida. Que nos regala la fe. Él no se cansa de llamarnos siempre. Y de capacitarnos. Déjate llevar por el Señor. Cree en la Providencia. Y no tengas miedo a equivocarte”, concluye.

Ricardo Alvarado grupo Gospel

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