El Papa León XIV ha llegado este jueves a Canarias, penúltima etapa en la Visita Apostólica que desde el pasado 6 de junio está realizando a España.
Su primera parada ha sido el puerto de Arguineguín, uno de los principales símbolos de la realidad migratoria que vive el archipiélago canario por ser punto de llegada de migrantes por la Ruta Atlántica, una de las más peligrosas del mundo. Cayucos y pateras, principalmente desde Senegal, Mauritania, Gambia, Mali y Marruecos, realizan travesías que pueden superar los 1.600 kilómetros. Las condiciones del viaje, la precariedad de las embarcaciones y la ausencia de medios de rescate en alta mar generan un número elevado de víctimas. En este espacio se ha reunido con representantes de realidades de acogida a los migrantes. La secretaria general de Cáritas ha hecho de maestra de ceremonias en un acto en el que el Santo Padre ha escuchado diferentes testimonios de vida. Por ejemplo, el de Blessing, una persona víctima de trata, que por motivos de seguridad no ha podido estar presente. Además, ha saludado a migrantes y voluntarios de rescate con gestos de cercanía que han marcado este encuentro, centrado en la dignidad humana y la acogida fraternal. Al final, ha recibido una obra de artesanía, realizada con técnicas ancestrales, a partir de arenas volcánicas de las islas, que refleja simbólicamente el drama migratorio.
En su intervención, el Pontífice ha dicho que «aquí llegan tantas vidas heridas, despojadas de casi todo, pero nunca de su dignidad. Aquí el Evangelio nos arranca del lugar cómodo del espectador y nos sitúa ante el hermano que llega. Nos pregunta si hemos sabido reconocer a Cristo en quienes desembarcan marcados por el miedo, el hambre, la violencia, después del desierto, de la noche y del mar». En referencia a la isla de El Hierro, ha comentado que «esa isla, pequeña en extensión, pero grande en humanidad, ha visto llegar a miles de personas arrancadas de su tierra y confiadas a la fragilidad de un cayuco. Aquí hay personas recuperadas del mar y cuerpos exánimes rescatados de las aguas. Por eso, el Sucesor de Pedro no puede desentenderse de estos muelles. La Iglesia no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana. Los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche».
A continuación, ha mencionado «monstruos que acechan estos mares», como las «mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños y la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido». «Pero -ha continuado- la fe no se queda paralizada ante el poder del mar». «Creemos en un Dios que somete el caos, pone límite al mal y abre un camino cuando parece imponerse la muerte». «La Iglesia no puede permanecer muda ante quienes son abandonados a sus aguas», ha aseverado.
León XIV ha manifestado su agradecimiento «por los testimonios, por recordarnos lo que significa salvar vidas. A María, gracias por recordarnos lo que Cáritas, las parroquias y tantas personas hacen a diario. Sus palabras nos muestran dónde comienza la conversión de la mirada: cuando el migrante deja de ser ‘uno más’, deja de ser una categoría y una cifra. Solo entonces comprendemos que esa niña podría ser nuestra hija, esos rostros parte de nuestra familia; y entonces, la conciencia se queda sin excusas. La misericordia comienza con gestos pequeños: a veces con unas cuantas galletas y un poco de leche; otras, con cinco panes y dos peces». Se trata, ha añadido, «de ponerlo todo en manos de Dios y de estar presentes allí donde el ser humano sufre, donde los recursos no bastan y no hay un idioma común, pero donde aún pueden hablar los gestos. Gracias de corazón a cuantos se suman a los rescates, a la acogida y al acompañamiento, dando testimonio de que la misericordia concreta puede salvar y puede cambiar vidas».
No son números ni expedientes
Dirigiéndose a los migrantes, ha expresado: «quiero inclinarme ante su dignidad. No son números ni expedientes. Ustedes son personas con una familia y una casa dejada atrás; con sueños que nadie tiene derecho a despreciar. Pero también quiero decirles que su vida debe ser protegida. No entreguen su existencia a quienes comercian con ella. No les crean a quienes prometen paraísos fáciles a cambio de su cuerpo o de dinero, de silencio o de su libertad. Esas falsas promesas son ‘cantos de sirenas’, son industrias de muerte».
«Este drama -ha proseguido- debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante·. «También la Iglesia debe dejarse interpelar», ha asegurado. «La acogida del migrante no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios. Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego ‘pasar de largo’ ante los cayucos y las pateras, pues de la oración brota todo servicio y a ella vuelve todo compromiso».
El Papa ha indicado que «quisiera que la voz de quienes han hablado hoy alcanzara a quienes tienen en sus manos responsabilidades decisivas —autoridades civiles, parlamentos, gobiernos y organizaciones internacionales—, y también a las comunidades cristianas, a las demás tradiciones religiosas y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. No basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido. Cada barca que llega no trae sólo migrantes; trae consigo una pregunta: ¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?»
«La dignidad humana -ha recordado- exige vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra. Si bien existe un derecho a buscar refugio cuando la vida es amenazada, también existe el derecho a no tener que migrar: el derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia, sin que la tierra se vuelva inhabitable, sin que la corrupción robe el pan de los pobres, sin que las armas destruyan el futuro de los niños. No podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera».
Dolor, paisaje habitual
Citando a san Juan de la Cruz, ha proclamado: «Que el Dios que ‘en el ocaso de la vida nos juzgará sobre el amor’ nos conceda reconocerlo hoy en los pobres y en los extranjeros, y nos libre de mirar el dolor ajeno como si no nos perteneciera. Que Nuestra Señora del Carmen acompañe a quienes han llegado, consuele a quienes han perdido a sus seres queridos, sostenga a quienes los acogen y despierte en todos nosotros la valentía de la misericordia». Y «que la historia no tenga que acusarnos de haber convertido el dolor de los que sufren en paisaje habitual de nuestras costas. Porque hoy, aquí, junto al mar, cada vida que llega nos pregunta qué queda de nuestra humanidad. Tarde o temprano, se sabrá si supimos custodiarla o si dejamos que la indiferencia hablara por nosotros.», ha finalizado.
Al término del encuentro, se ha dirigido al final del muelle para realizar una ofrenda floral en recuerdo de las víctimas de las rutas migratorias. Además, ha bendecido una cruz de cayuco, elaborada con la madera de embarcaciones naufragadas, y la imagen de la Virgen del Carmen, patrona de los marineros, símbolos de esperanza y protección en los viajes migratorios.
Fotos: Vatican News




