Este domingo, 26 de julio, se celebra la VI Jornada Mundial de los Abuelos y de las personas Mayores. Un día que nos invita a poner la mirada sobre una de las realidades más vulnerables de nuestra sociedad y, por ello, una de las más atendidas y queridas de la iglesia.
“El número de mayores de 65 años en nuestra diócesis” comenta José María Salazar, del Secretariado de Pastoral de la Salud, “ha crecido. En los últimos 20 años, ha pasado de un 17,7% a un 24%, más o menos, así que ahora rondarán los 170.000 habitantes. Pero esto no hay que verlo como un problema. Que haya más gente mayor es algo bueno, porque significa que hay mayor esperanza de vida. La gente vive más, y eso no es malo. Lo que es importante es que sea una vida vivida dignamente: acompañados, queridos; que se reconozca su dignidad, que no se les abandone”, explica.
A su juicio, “lo más preocupante son las personas que viven en soledad. Porque la soledad solamente se cura con compañía, con asistencia, con cariño. Y eso es lo que nuestros mayores merecen que se haga por ellos”, insiste. “Además -añade- ellos aportan a la sociedad mucho más de lo que les reconocemos y agradecemos”. “El principal problema que tienen -incide- es la soledad. Las personas mayores se quejan sobre todo de que encontrarse solos, de no sentirse escuchados, valorados, de pensar que estorban”. A su juicio, “eso es más que cualquier problema físico, o que cualquier enfermedad. Es lo que más les pesa en el corazón”.
Recuerda que, en nuestra sociedad, hay distintos tipos de soledad. “Por ejemplo, hay personas que viven solas sin haberlo decidido. Estos son los que requieren un acompañamiento, un servicio más cercano, y una presencia. Pero también hay otro tipo de soledades: personas que viven con su familia y a las que a veces, con el trajín, no las hablamos, o no nos preocupamos por ellas, no les preguntamos, no los escuchamos, no les dedicamos tiempo…”.
Por eso, ante la festividad de san Joaquín y santa Ana, no duda en asegurar que “nuestros mayores nos lo han dado todo: la historia, nuestra sociedad, nuestra cultura… Si algo les podemos regalar, el mejor regalo sería tiempo. Dedicarles tiempo. Estar con ellos: escuchar lo que nos quieran decir, contarles nosotros, interesarnos por ellos, seguir recibiendo y aprendiendo de ellos, porque tienen tanto que aportar… Y nosotros todavía tenemos tanto que aprender de ellos… Pero -matiza- dedicarles tiempo, no solo en esta jornada, sino todo el año”.
Confiesa que hay más soledad en el entorno urbano que en el rural. “Hay gente que está en su piso, y no ve a nadie, o que no tiene relación con nadie… ya sea por dificultades físicas, al no ser tan ágiles o independientes… Pero tenemos una cosa maravillosa, que se llama teléfono, con el que podemos llamar”, señala con ironía. “¿Cuánto cuesta llamar a una persona que sabemos que está sola?, ¿cuánto cuesta el coger el teléfono y llamar a alguien, que sabemos que lo va a agradecer, que lo va a necesitar?. Además, donde por desgracia nos encontramos con situaciones muy trágicas, muy dolorosas, de personas que fallecen solas, suele ser en la ciudad, no en el pueblo. Pasa a veces también, pero es menos frecuente”.
José María Salazar reconoce que “los ancianos a veces son invisibles. Es la ‘cultura del descarte’ de la que hablaba el papa Francisco: cuando una persona no produce, cuando parece que no aporta… Y es mentira, porque ellos nos siguen aportando mucho. Hay que escucharlos, y saber qué es lo que quieren, no pensar por ellos, decidir por ellos. Todos los que todavía no hemos llegado a esa buena cosa, que es ser mayor, tenemos que pensar que, si a nosotros no nos gusta que tomen decisiones por nosotros, a ellos tampoco”.
Desde la Iglesia, se hace una tarea de acompañamiento con las personas mayores. “En los centros hospitalarios, en las residencias, en los centros de día -indica-, suele haber capellanes y también presencia religiosa, a través de los voluntarios de las parroquias. Pero esa realidad asistencial, esos mayores que están en residencias y centros de día, son el 4% de la población anciana, más o menos. Eso significa que la mayor parte de la gente mayor está en sus casas, con sus familias o viviendo en sus domicilios. Ahí entra la tarea de acompañamiento de las parroquias, a través de los grupos de voluntarios, que no se dedican solo visitar, sino que también llevan la Comunión, les dedican tiempo, los escuchan, y les hacen sentir parte de la comunidad parroquial; sentir que pertenecen a una comunidad cristiana que vive la fe y que cuenta con ellos. Que no se les olvida”.
Y es que, afirma, “nuestra dignidad no depende de nuestra utilidad, sino de que somos hijos de Dios, de que somos personas, seres humanos, que es lo más grande que hay en la creación. Es cierto que la gente mayor tiene su fragilidad, como todas las personas. Pero también tienen sus fortalezas: han pasado momentos muy duros, sorteados con paciencia, con resistencia… Con su testimonio, nos enseñan mucho. ¡Ojalá aprendamos a vivir como ellos!”, manifiesta. Porque “la ancianidad no es fracaso, sino plenitud”.
“Cuando leemos la Biblia, nos damos cuenta de que llegar a la ancianidad es un regalo de Dios. Algo por lo que dar gracias a Dios: por la vida vivida, por lo que se ha transmitido y por lo que se sigue transmitiendo. Mira nuestra sociedad: cuántos abuelos llevan a sus nietos a Misa, o cuántos abuelos cuidan de sus nietos porque sus padres no pueden, y les están enseñando a rezar, les enseñan quién es el Señor, quién es Jesús, quién es la Virgen María… Si no fuera por los abuelos, estábamos perdidos”, concluye.
