Homilía XVIII Domingo del Tiempo Ordinario, por Jesús Casanueva Vázquez, vicario episcopal para el Clero

Homilía 18 Tiempo Ordinario

Vicario Episcopal: Ilmo. Sr. D. Jesús Casanueva Vázquez

Jesús Casanueva Vázquez

El evangelio de este día nos tiene que tocar las entrañas. Podríamos resumir su enseñanza con esta frase: “donde está Jesús nunca falta el pan”.

El comienzo del evangelio comienza con una triste noticia: la muerte de Juan el Bautista. Jesús necesita soledad y silencio, y se va a un lugar apartado, pero la gente le sigue. No les ha dado nada, sólo ha predicado la palabra de Dios y ha curado a los enfermos. La gente encuentra en él consuelo, vida, descanso. La gente comparte con él sus pobrezas, sus pecados, su dolor.

Los discípulos ven que se hace tarde, que están en un lugar alejado y que puede ser difícil encontrar para comer. Y por eso le dicen al Señor que despida a la gente. Pero Jesús les dice: “dadles vosotros de comer”. Para sorpresa de los apóstoles, les lanza un reto imposible. Ellos le hacen ver su pobreza: cinco panes y dos peces.

Pero el Señor, con esa pobreza, obra el milagro. Se realiza una gran comida fraterna en la que los discípulos son servidores del pan y todos quedan saciados.

Me gusta pensar en este milagro no como un hecho portentoso, sino como el milagro de la fraternidad, donde el Señor nos pide a cada uno nuestra pobreza y las muchas pobrezas crean un gran banquete. Seguramente la gente también había llevado cosas para el camino, y lo pusieron en las manos de Jesús.

Por eso digo que “donde está Jesús no falta el pan”, porque se supone que estamos aquí para ponerlo todo y ponernos nosotros en sus manos.

Los analistas nos dicen que se avecinan tiempos recios en nuestra sociedad: la destrucción del empleo, la deuda, la crisis migratoria, … Los cristianos debemos estar a la altura de las circunstancias y, junto a todas las medidas políticas, económicas y sociales que se desarrollen para afrontar esta crisis, debemos mirar hacia la tierra, colocando a Cristo en el centro, y poner rostro a los números de las estadísticas, ensanchando nuestro corazón con una caridad más fuerte, que no sólo sea de pan, sino que también ayude a los hermanos a compartir lo que son y lo que tienen. Porque la sociedad la construimos entre todos, no sólo unos pocos.

Las pretendidas luchas de clases, o los enfrentamientos de unos con otros, sólo nacen de personas que no quieren compartir, que no quieren trabajar y que no quieren amar. Y personas así las hay en todas partes.

Si tú quieres participar en el banquete de la auténtica vida, donde quien te invita es Cristo, tienes que cambiar de actitud y mirar al cielo y a la tierra, donde está Dios y donde están los hermanos.

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