Ricardo Alvarado del Río
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de este domingo nos pone delante una pregunta muy sencilla y, al mismo tiempo, muy profunda: ¿qué significa vivir de verdad como cristianos?
No solo creer en Dios. No solo venir a misa. No solo conservar unas costumbres religiosas. Sino vivir desde Cristo. Sentir la vida desde Él. Relacionarnos con los demás desde Él. Descubrir que nuestra dignidad más profunda nace de Dios, porque somos hijos suyos, amados por Él, llamados por Él, sostenidos por Él.
San Pablo nos lo ha dicho en la segunda lectura con una expresión preciosa: por el bautismo hemos sido sepultados con Cristo para que, así como Cristo resucitó de entre los muertos, también nosotros andemos en una vida nueva.
¡“Una vida nueva”, Eso es el cristianismo! No una vida maquillada por fuera, sino renovada por dentro. No una vida simplemente más correcta, sino una vida más libre, más verdadera, más entregada, más abierta. Una vida que empieza a parecerse a la de Jesús.
Porque Dios no nos quiere de cualquier manera. Dios nos quiere con Él y para Él. Nos quiere vivos por dentro. Nos quiere con un corazón capaz de amar como ama Él. Nos quiere libres de los egoísmos que nos empequeñecen. Nos quiere abiertos al horizonte grande de su Reino.
Y por eso el Evangelio de hoy es exigente. Jesús dice tres veces una expresión que puede sonar dura: “no es digno de mí”.
“El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí”.
“El que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”.
“El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí”.
Tres veces: “no es digno de mí”.
A primera vista, estas palabras pueden desconcertarnos. Parece que Jesús estuviera enfrentando el amor a Dios con el amor a la familia. Pero Jesús no nos pide amar menos a los nuestros. Jesús nos pide amar mejor.
Jesús no viene a enfriar el corazón. Viene a ensancharlo.
No nos dice: “dejad de querer a vuestros padres, a vuestros hijos, a vuestra familia”. Nos dice algo más profundo: “no hagáis de ningún amor un absoluto cerrado; no convirtáis vuestros vínculos en una frontera; no hagáis de los vuestros un círculo donde solo caben algunos”.
Porque también el amor puede enfermar. Puede volverse posesivo. Puede volverse egoísta. Puede encerrarse en “los míos”, “los de mi casa”, “los de mi grupo”, “los de siempre”. Y entonces, sin darnos cuenta, dejamos fuera a otros. Dejamos fuera al pobre, al solo, al distinto, al que no tiene quien le defienda, al que viene de lejos, al que no cuenta para nadie.
Jesús quiere que nuestro amor esté a la altura del amor de Dios. Y el amor de Dios no es pequeño. No es selectivo. No funciona por simpatías, por privilegios o por círculos cerrados. El amor de Dios es universal, pero concreto. Abraza a todos, pero toca la vida de cada uno.
Por eso Jesús une esta llamada al amor con la cruz: “El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí”.
La cruz no es buscar sufrimientos innecesarios. La cruz no es vivir tristes. La cruz no es resignarse ante todo sin luchar. La cruz, en cristiano, es amar cuando amar cuesta. Es permanecer fiel cuando sería más fácil marcharse. Es perdonar cuando el orgullo nos pide endurecernos. Es servir cuando nadie lo agradece. Es acoger cuando resulta incómodo. Es dar la vida, poco a poco, en lo concreto de cada día.
Todos conocemos esas cruces sencillas y reales: cuidar a una persona enferma, sostener una familia en momentos difíciles, acompañar a alguien que está hundido, seguir creyendo cuando uno está cansado, no responder al mal con más mal, no cerrar el corazón ante el sufrimiento ajeno.
Ahí se juega muchas veces nuestra fe. No en grandes discursos, sino en la manera concreta de amar.
La primera lectura nos ofrece una imagen preciosa de este amor abierto. Aquella mujer de Sunén acoge al profeta Eliseo. Le prepara una pequeña habitación, una mesa, una silla, una lámpara. No hace algo espectacular. No organiza un gran acto. Simplemente abre su casa. Hace sitio. Acoge.
Y ese gesto sencillo se convierte en lugar de bendición.
Qué importante es esto. A veces pensamos que el Reino de Dios crece solo con grandes obras, grandes proyectos o grandes palabras. Pero Jesús hoy nos dice que incluso un vaso de agua dado a uno de sus discípulos no quedará sin recompensa.
Un vaso de agua. Algo pequeño. Algo al alcance de todos.
Porque en el Evangelio, lo pequeño hecho con amor nunca es pequeño. Un saludo sincero, una llamada a quien está solo, una visita, una palabra que levanta, un perdón ofrecido, una mesa compartida, una puerta abierta, un tiempo regalado. Todo eso, cuando nace del amor de Cristo, hace crecer el Reino de Dios en medio de nosotros.
“El que os recibe a vosotros, me recibe a mí”, dice Jesús.
Esta frase es muy importante. Jesús se identifica con los suyos. Pero también nos enseña a descubrirlo en aquellos que llegan a nuestra vida. Recibir al otro no es solo un gesto de educación. Para un cristiano, la acogida puede convertirse en un encuentro con el mismo Cristo.
Durante su viaje apostólico a España, el Papa León XIV nos dejó una invitación muy evangélica: “Alzad la mirada”. No para mirar por encima de nadie. No para evadirnos dela realidad. Sino para aprender a mirar como mira Jesús: con amor, con respeto y con compasión.
Alzar la mirada es dejar de mirarnos solo a nosotros mismos. Es levantar los ojos de nuestras preocupaciones, de nuestras costumbres, de nuestros pequeños círculos, para descubrir a quien Dios pone delante de nosotros.
El Papa recordaba también que la caridad no admite demoras. Y esto toca directamente el Evangelio de hoy. Porque hay gestos de amor que no se pueden dejar para mañana. Hay personas que hoy necesitan una palabra, una mano tendida, una puerta abierta, un vaso de agua.
A veces decimos: “ya llamaré”, “ya iré”, “ya ayudaré”, “ya me acercaré”, “ya me comprometeré”. Pero el Evangelio nos recuerda que cada encuentro con el hermano puede ser un momento de gracia que no conviene perder. Hay ocasiones para amar que, si las dejamos pasar, quizá no vuelven igual.
Por eso una comunidad cristiana no puede vivir cerrada sobre sí misma. Una parroquia no puede ser un grupo de privilegiados. La Iglesia no puede ser una casa con la puerta entreabierta solo para algunos. La Iglesia está llamada a ser hogar donde se anuncia el Evangelio, se celebra la fe, se cura el corazón y se acoge la vida real de las personas.
Y esto nos interpela mucho. Porque todos corremos el riesgo de crear pequeños círculos cerrados: los que siempre están, los que siempre deciden, los que siempre hablan, los que siempre cuentan. Pero Jesús nos empuja a abrir puertas. A mirar más allá. A preguntarnos quién falta. Quién se ha quedado fuera. Quién necesita una palabra. Quién necesita ser recibido.
La vida nueva del bautismo nos lleva a eso: a vivir con los sentimientos de Cristo.
No se trata solo de hacer cosas buenas. Se trata de tener un corazón nuevo. Un corazón que mira como Jesús. Que siente como Jesús. Que se conmueve como Jesús. Que no se protege siempre a sí mismo. Que no calcula tanto. Que no pregunta primero si el otro merece ser amado, sino qué puedo hacer para que experimente algo del amor de Dios.
“Cantaré eternamente las misericordias del Señor”, hemos repetido en el salmo.
La misericordia no es una idea bonita. Es la manera que tiene Dios de mirarnos. Dios nos mira con misericordia. Nos levanta con misericordia. Nos espera con misericordia. Nos corrige con misericordia. Nos abre futuro con misericordia.
Y quien ha sido tocado por esa misericordia, no puede vivir con un corazón estrecho.
Por eso hoy Jesús nos invita a revisar nuestra manera de amar. A preguntarnos si amamos como Él, o solo como nos resulta más cómodo. Si nuestra fe nos está abriendo el corazón, o nos está dejando igual. Si nuestra comunidad es cada vez más hogar, o se está convirtiendo en un círculo cerrado. Si cargamos con la cruz del amor concreto, o preferimos una fe sin entrega.
Queridos hermanos, Jesús no nos pide una vida mediocre. Nos llama a una vida digna de Él. Y ser dignos de Él no significa ser perfectos. Significa dejar que Él vaya haciendo nuestra vida más parecida a la suya.
Significa vivir desde el bautismo: muertos al egoísmo y vivos para Dios. Significa amar a la familia, sí, pero con un amor que no encierra, sino que enseña a abrirse más.
Significa cargar con la cruz, no como derrota, sino como camino del amor verdadero. Significa acoger, aunque sea ofreciendo un vaso de agua, sabiendo que en cada gesto de compasión se hace presente el Reino.
Pidamos hoy al Señor que nos dé un corazón nuevo. Un corazón que no tenga miedo de amar. Un corazón que no se cierre en privilegios ni en pequeños grupos. Un corazón capaz de cargar con la cruz de cada día. Un corazón que sepa recibir a Cristo en los hermanos.
Alcemos la mirada. Miremos a los demás con los ojos de Dios. No dejemos para mañana la caridad que hoy podemos vivir. Porque al final de la vida, lo que permanecerá será eso: el amor que hayamos dado, la vida que hayamos entregado, las puertas que hayamos abierto, los vasos de agua que hayamos ofrecido en su nombre.
Que el Señor nos conceda andar, de verdad, en una vida nueva. Amén.
