Jesús Casanueva Vázquez
La liturgia de la palabra de este día nos ofrece otro signo importantísimo de la resurrección de Cristo: su Iglesia. El primero es el sepulcro vacío. Todo lo que conocemos de Jesús lo sabemos gracias al testimonio de la Iglesia, que ha mantenido viva y eficaz su memoria a través de los sacramentos y del testimonio de tantos cristianos que, con sus obras y sus palabras, han anunciado al Señor.
En la antigüedad cristiana los bautizados eran adultos, por lo que, al bautizarse, hacían de la fe en Cristo su opción de vida. Quizá nosotros, al ser bautizados de niños, hemos perdido esa dimensión. Seguimos con una fe que nos han contado, pero que no hemos personalizado. Por esta razón vivimos la gran disidencia que hay entre los cristianos: los jóvenes porque no están suficientemente acompañados en su vida de fe; los adultos porque no la han hecho vida.
Por otro lado, el pasaje evangélico de hoy, la duda de Santo Tomás, nos ayuda también a entender el papel de la Iglesia: tenemos que confiar en su palabra, en su testimonio: Santo Tomás no creyó al resto de los apóstoles, y eso que eran sus amigos. Por otro lado, Santo Tomás nos enseña también a ser críticos: el Cristo que nos salva es aquél que murió por nosotros en la cruz, que tiene en sus manos y en su costado las marcas de la pasión.
Este pasaje es una buena respuesta para todos aquellos que afirman creer en Cristo, pero no en la Iglesia (porque no confían en ella, en nosotros). Quizá debiéramos hacer un poco más por ser más transparentes, más fiables en nuestro testimonio y más santos, para que brille la luz del Señor en su Iglesia.
En las marcas de la Cruz se unen estas dos enseñanzas aparentemente contrapuestas: la confianza y la duda. Tenemos que confiar en la Iglesia, que es quien nos anuncia el evangelio, pero sabiendo que el Cristo que nos salva es el que murió por nosotros en la Cruz.
Por otro lado, hoy es la fiesta de la Divina Misericordia. Dios nos salva con su misericordia, pues con ella nos otorga el perdón y el indulto de nuestros pecados. La misericordia salva al pecador en el tiempo, mientras que la justicia divina será algo definitivo al final de la historia. La misericordia divina es una fuente que mana en el sacramento de la penitencia y en los lugares de jubileo.
Bebamos en las fuentes de la misericordia para crecer en el amor y para llenar nuestro corazón de alegría.
