D. Álvaro Asensio Sagastizábal
Hemos comenzado el miércoles pasado el camino de la Cuaresma con el evangelio que nos traía los tres grandes consejos para recorrer un camino de profundidad en nuestra vida: oración, ayuno y caridad. En este Domingo I de Cuaresma escuchamos en el evangelio el relato de las tentaciones de Jesús, según el evangelista Mateo. Jesús se retira al desierto y durante cuarenta días con sus noches es tentado por el diablo.
Leyendo esta página, en primer lugar, podemos pensar cuanto Dios, en la persona de Jesús-Hombre está cercano a nosotros. En Jesús Dios se revela y se revela como audaz y fuerte frente a la tentación pero, a la vez, cercano a nosotros: un Dios que permanece totalmente implicado en nuestra naturaleza humana. Jesús es el Hijo de Dios que ha compartido en todo, dice San Pablo, nuestra condición humana menos en el pecado.
En algunos momentos, cuando sentimos las dificultades de la vida, los problemas, nuestros defectos, las “tentaciones”, el pecado, ciertas sirenas que nos arrastran lejos del Misterio de Dios o lejos de un modo de vivir en plenitud, lo que tenemos que hacer en primer lugar es mirar a Jesús: a este Jesús Dios que se ha hecho hombre, a este Jesús potente que se ha hecho frágil, a este Dios que para acercarse a nosotros ha querido asumir nuestra debilidad.
¿El tentador qué le ofrece a Jesús? Vamos a situarnos. Jesús iniciaba su vida pública, su camino de Mesías. Se retira al desierto y allí es tentado. Jesús podría haber realizado su mesianismo de cualquier otra forma mucho más espectacular, fácil y atrayente a los ojos del mundo. Podría haberlo hecho y habernos salvado de muchas otras maneras. Pero ha elegido un modo concreto para revelarse y salvarnos. Y, el tentador, ¿qué hace? El tentador le ofrece alternativas: un modo distinto de ser Mesías.
Jesús, respondiendo y enfrentándose a las tres tentaciones el maligno, se vincula de una manera definitiva y para siempre a su propio modo de salvar y de ser Mesías. Nos dice que se salva de ese modo y no de otro. Nos revela que la salvación de Dios es algo que no se consigue sino que se busca, descubre y acepta. Jesús no elige un camino de poder, de espectacularidad y de “baño de multitudes”. Sus signos y milagros los hace mostrando su compasión a personas necesitadas como anuncio de su salvación pero inmediatamente les ordena que no se lo digan a nadie, que no lo pregonen.
Nosotros muchas veces le exigimos lo contrario. Cuántas veces, cuando el Señor no nos concede aquello que deseamos, pensamos que Dios no está con nosotros, que se ha alejado. Jesús, el Maestro, hoy nos da una gran lección: Buscad a Dios tal como él quiere ser encontrado.
El camino de la salvación lleva consigo el sello de la cotidianidad, de lo ordinario, de la dificultad, del dolor, de la cruz… el camino, humanamente hablando, de la derrota. Jesús quiere recorrer el camino que el Padre ha preparado y no otro. Jesús se acerca a cada uno de nosotros no adaptándose a nosotros sino pidiendo que nos pongamos en búsqueda y el clave de seguimiento en el camino hacia la Cruz. Digamos, como Jesús, un sí al Padre y permanezcamos anclados en él.
En segundo lugar, y para terminar, las tentaciones de Jesús nos resumen las grandes tentaciones del hombre con relación a uno mismo, con relación a los demás y con relación a Dios.
- “Di que estas piedras se conviertan en panes”. El Señor te hace una pregunta: ¿Qué necesidades tienes dentro de ti? ¿En qué pones tu confianza?
- “Encargará a los ángeles que cuiden de ti”. ¿Qué relación tienes con Dios? ¿Le buscas y te dejas encontrar por él o le utilizas?
- “Todo esto te daré, si te postras y me adoras”. ¿Cómo es tu relación con los demás y con la creación? ¿Es una relación de dominio o de servicio?
Álvaro Asensio Sagastizábal
SANTANDER
