Homilía Domingo I de Adviento, por D. Álvaro Asensio Sagastizábal, Vicario General

Ilmo. Sr. D. Álvaro Asensio Sagastizabal

D. Álvaro Asensio Sagastizábal

 

  1. Dios viene.

 

Comenzamos en este domingo un nuevo año litúrgico con el tiempo del adviento, que es el tiempo de preparación para la Navidad. Adviento significa advenimiento, venida. Es celebrar la venida de Dios. Y, cuando Dios viene podemos decir que suceden tres cosas en nuestra vida:

–        Tira al viento todas nuestras seguridades.

–        Camina junto a nosotros y toma parte en nuestra historia.

–        Sólo lo reconoce quien tiene los ojos abiertos, quien espera.

 

     2.   Nuevo año litúrgico.

 

Comenzar un nuevo año litúrgico lleva consigo el comenzar la lectura de un evangelio, el de San Mateo, que leeremos durante este nuevo año. Es un evangelio con unas características concretas:

–        Desarrolla con gran amplitud las enseñanzas de Jesús.

–        Está lleno de citas del Antiguo Testamento (Ley) y trata de demostrar como en Jesús se da cumplimiento pleno a la esperanza de Israel (Nueva ley = Evangelio).

–        Es un evangelio que de una manera especial nos habla de la Iglesia como la comunidad en torno a Jesús, como la comunidad de discípulos.

 

  1. Las tres venidas de Cristo.

 

El adviento celebra de manera salvífica, en nuestro hoy, en cada celebración litúrgica y en el propio tiempo, la venida de Jesús. Los padres de la Iglesia hablaban de las tres venidas de Cristo: una primera en la historia, Jesús se encarnó y nació una única vez en Belén; una segunda que sucederá al final de los tiempos cuando venga revestido de gloria y majestad; la tercera se encuentra entre ambas, cuando celebramos el adviento y recordamos en la liturgia los acontecimientos de su vida. Esta última venida los padres la llamaban en Misterio, en ella Dios viene a nosotros en cada hombre y en cada acontecimiento. El adviento nos invita, por tanto, a descubrir las distintas presencias de Cristo: en la palabra, en los sacramentos, en el tiempo litúrgico, en los pobres…

 

  1. Estad preparados.

 

El tiempo que se desarrolla entre la venida de Cristo y su manifestación en la gloria es el tiempo reservado para nuestra conversión; un tiempo humano pero ya cargado del tiempo de Dios, un tiempo dado para vivir ya en la eternidad.

Sólo la gracia de Dios y la conversión nos pueden liberar de las tinieblas e introducirnos en la luz de la salvación. Es por ello que S. Pablo, en la 2ª lectura, nos hablaba de dejar las obras de las tinieblas y ponernos las armas de la luz. Andemos como en pleno día

El evangelio nos hablaba de diversas situaciones de cara a Dios que viene de improviso: comer y beber, divertirse, discutir, satisfacer los deseos de la carne, dormir… Nuestros modos de comportarnos, hermanos, nos cualifican ante “Cristo que viene”. En este sentido, en la oración colecta de la misa de hoy le hemos pedido a Dios: “Aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras…”.

 

  1. Esperar a Cristo.

 

Los ritmos de la vida actual son cada vez más convulsos. Todo tiene que ser planificado, clasificado, previsto, asegurado… Pero para el cristiano, Cristo, continua siendo Adviento desconcertante. Cuando irrumpe en nuestra vida impone un cambio radical que rompe y transforma nuestras rutinas en seguridades. Es por ello que Cristo no puede ser programado, Cristo debe ser, siempre, esperado; dejando espacio en nuestra vida para su presencia.

 

  1. Ven, Señor Jesús.

 

La asamblea eucarística es la Iglesia en estado de espera, que aprende a leer en el hoy de la propia historia la venida del Señor como momento de salvación, como acontecimiento, como Adviento. ¡Maranatha! ¡Ven, Señor Jesús!

 

 

Álvaro Asensio Sagastizábal

Vicario General

Delegado de Liturgia y Espiritualidad

 

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