D. Ricardo Alvarado del Río
Hermanos:
Hoy celebramos el Bautismo del Señor. Y la liturgia nos pone delante una escena decisiva: Jesús entra en el Jordán como uno más, y el Padre abre el cielo para revelar quién es Él y, en Él, quiénes somos nosotros.
¿Quién es Jesús? Hijo amado y Siervo
En el Evangelio escuchamos: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. La identidad de Jesús no empieza por lo que hace, sino por lo que es: Hijo. Antes de cualquier milagro, antes de cualquier predicación, Jesús vive desde una relación: está amado por el Padre.
Pero hoy también aparece otra palabra clave: Siervo. Isaías describe al elegido de Dios: “Mi siervo… he puesto mi espíritu sobre él… no gritará… no quebrará la caña cascada… hará brillar la justicia… abrirá los ojos de los ciegos y sacará a los cautivos”. Jesús es Hijo amado, sí, pero su modo de ser Hijo es servir, sanar, levantar, liberar. No impone, no aplasta, no humilla: restaura.
Y en Hechos se resume su vida con una frase impresionante: “Pasó haciendo el bien”. Ahí está la fotografía del Mesías: Dios con nosotros, para nosotros.
¿Quiénes somos nosotros? Hijos en el Hijo, con una misión
Esta fiesta no es solo “sobre Jesús”. Es también sobre nuestro Bautismo. Cuando fuimos bautizados, Dios no solo nos “limpió” del pecado: nos dio una identidad nueva. Somos hijos adoptivos, injertados en Cristo. Y esa identidad no es un título bonito; es una vida concreta: vivir desde la certeza de que Dios nos llama hijos, y no por méritos, sino por gracia.
En el Jordán, el Padre dice “Hijo amado”. En nuestro bautismo, Dios también pronuncia sobre nosotros su palabra: “Tú eres mío. Tú eres mi hijo. Tú eres mi hija.” Y cuando uno se sabe amado, cambia por dentro: deja de vivir a la defensiva, deja de buscar aprobación, deja de endurecerse.
Pero el Bautismo es también misión. Isaías lo dice con precisión: “Te he llamado… para que abras los ojos… para que saques a los cautivos”. Es decir: el bautizado no vive solo para “cumplir” o “portarse bien”, sino para ser luz, para liberar, para curar heridas, para acercar a Dios a los que están lejos, para devolver esperanza al que está roto.
Por eso se dice que el bautismo es llamada a ser “otro Cristo”: no una copia exterior, sino alguien que deja que el Espíritu forme en él los mismos sentimientos y el mismo estilo de Jesús.
¿Cómo se transforma el mundo? No por fuerza, sino por amor fiel
El salmo nos habla de la voz del Señor sobre las aguas, poderosa y llena de majestad. Y sin embargo, cuando Dios revela su fuerza en Jesús, lo hace de un modo sorprendente: no como dominación, sino como amor que se entrega.
La transformación del mundo empieza así: cuando un cristiano decide vivir como Cristo en lo pequeño y en lo diario. Cuando en una casa se perdona. Cuando en una relación se dice la verdad con caridad. Cuando alguien deja de devolver golpe por golpe. Cuando se elige al débil. Cuando se visita al enfermo. Cuando se comparte tiempo y pan. Cuando se mira al otro como persona y no como estorbo.
El mundo cambia cuando aparece gente bautizada que, en vez de endurecerse, ama más.
Hoy, delante del Señor, podemos pedir tres cosas muy simples y muy reales:
1. Creer de verdad nuestra identidad: “Soy hijo amado”. No una idea; una certeza que sostenga el día.
2. Vivir como siervos: elegir un gesto concreto de servicio que cueste un poco y que haga bien a alguien.
3. Dejar actuar al Espíritu: pedir cada mañana: “Señor, hazme hoy ‘otro Cristo’ donde me toque estar».
Hermanos, el Bautismo no es un recuerdo. Es un comienzo. Jesús entra en el Jordán para solidarizarse con nosotros; nosotros salimos del agua para parecernos a Él. Que el Padre vuelva a abrir hoy el cielo sobre esta comunidad, y que cada uno escuche esa palabra que sana y pone en pie: “Tú eres mi hijo amado”. Y desde ahí, a vivir la fe cada día, con un amor que transforme el mundo.
