Homilía Domingo de la Ascensión del Señor, por Álvaro Asensio Sagastizábal, Vicario General

Ilmo. Sr. D. Álvaro Asensio Sagastizabal

Álvaro Asensio Sagastizábal

La victoria de Cristo es ya nuestra victoria

En la fiesta de hoy hay dos aspectos que debemos vivir intensamente. El primero, un sentimiento de gozo, de esperanza, de exultación, porque, como hemos escuchado en el evangelio de Mateo, a Jesús se le dado todo poder en el cielo y en la tierra. Y, en la oración con que hemos comenzado la celebración eucarística, hemos dicho que la victoria de Jesucristo es ya nuestra victoria.

Jesús, después de su muerte y resurrección, después de haber sembrado el Evangelio entre nosotros, después de haberse hecho uno con nosotros, hoy toma nuestra humanidad y la introduce en el cielo como signo de nuestra esperanza. Él la cabeza, nosotros su cuerpo. Vivimos este día de la Ascensión del Señor, como día de nuestra victoria. La victoria de Jesucristo, sentado a la derecha del Padre, como señor del universo, es una victoria que nos afecta a nosotros, miembros de su cuerpo. Él quiere hacernos partícipes de su victoria.

Por eso, hermanos, demos gracias a Dios por tener fe. Demos gracias a Dios, por haber sido llamados a esta esperanza, como decía S. Pablo en la Carta a los Efesios.

Contemplemos a Cristo, que ha triunfado, después de sembrar el bien por nuestra tierra, y ha tomado nuestra humanidad para sentarla junto a Dios.

Él, cuando vino a nosotros, no dejó al Padre, y ahora que está sentado junto al Padre, no nos abandona a nosotros: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos”. Mirando a Cristo sentado a la derecha del Padre, mantengamos siempre la esperanza, mantengamos siempre la alegría. En medio de nuestras luchas, de nuestras dificultades, de nuestras dudas, de nuestros fracasos, de nuestras zozobras, miremos a Cristo y repitamos muchas veces en nuestro corazón: ¡Señor, tu victoria es mi victoria! Aunque pase por cañadas oscuras, por valles tenebrosos, estoy llamado a participar de tu gloria y de tu tiempo. Porque Tú me has llamado contigo. Tú me quieres contigo. Fiesta, pues, de un gozo profundo, de alabanza y de acción de gracias.

Id y haced discípulos a todos los pueblos

Pero también, queridos amigos, es fiesta de responsabilidad. Y éste es el segundo aspecto. El Evangelio de Mateo, después de esa frase breve y preciosa: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”, añade: “Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”.

Cristo ha dejado en nuestras manos su propia misión. Cristo quiere continuar actuando, en medio de nuestro mundo, a través de nosotros, los miembros de su cuerpo. A nosotros nos ha encargado: Id y anunciad la buena noticia a todas las gentes; nos ha enviado a realizar en medio del mundo los signos del Reino de Dios: la curación de los enfermos, la liberación de los oprimidos, el ser testigos sin miedo para decir: esta humanidad puede cambiar. Lo humano, tan dramático a veces, puede ser transformado por la fuerza del amor.

Es el día de la Ascensión del Señor, el día de la responsabilidad de la Iglesia. Hemos escuchado la conclusión del Santo Evangelio, pero la primera lectura es el inicio de las Hechos de los Apóstoles, un libro, queridos hermanos y hermanas, en el que creo que todos tenemos una página que llenar. Es como un libro no concluido, un libro en el que tú y yo tenemos una página para escribir, la página de nuestro propio testimonio.

En la historia de la Iglesia, todos los discípulos de Cristo tenemos la responsabilidad de anunciar el Evangelio y de realizar los signos de la presencia del Reino de Dios en medio de nosotros. Por tanto, en este día de la Ascensión del Señor, con este júbilo y esta alegría que decíamos, contemplando a Cristo preguntémonos: ¿Se hace presente Cristo a través de mi vida? ¿Hablo de Cristo a mis hijos, a mis nietos, en mi familia? ¿Hablo de Cristo sin complejos, con sencillez, sin petulancia, pero con convicción, a mis compañeros de trabajo, a las personas con quienes convivo? ¿Me preocupo de conocer bien el Evangelio de Jesús, para disipar tantas dudas como se presentan en nuestra sociedad?

Tenemos esa responsabilidad de anunciar el Evangelio, queridos hermanos, pero no sólo con palabras, sino también con signos. ¿Me acerco a los enfermos, a los débiles? ¿Sé gastar mi tiempo al lado de la persona que necesita consuelo y apoyo? ¿Ayudo a liberarse de sus defectos a quienes están atrapados por mil cadenas, sutiles a veces, que quitan la libertad y la dignidad a tantos contemporáneos nuestros, por mil vicios, que acaban atrapando a la persona humana y no la dejan desplegarse como hijo de Dios? Esta es nuestra responsabilidad.

Aguardad que se cumpla la promesa del Padre

En las Hechos de los Apóstoles todos nosotros tenemos esa página, y ojalá el Señor nos permita llenarla con sencillez; y se pueda decir que tú y yo estamos siendo testigos del Señor en medio de esta época, en la que tenemos también, como los apóstoles, que salir, propagar, pregonar la buena noticia del Evangelio a todos los que nos crucemos en esta vida.

Pero, quizá podríamos decir: Soy demasiado débil, soy demasiado frágil… Lo somos realmente, por eso a la Ascensión del Señor va unida siempre la promesa del Espíritu Santo. No os alejéis de Jerusalén, dice el Señor, seréis bautizados por el Espíritu, recibiréis el Espíritu Santo y seréis mis testigos.

El próximo domingo celebraremos la fiesta de Pentecostés. Que esta semana sea una semana de intensa oración con María, la Madre del Señor. Pensemos en Ella, oremos con Ella. Que ella interceda por nosotros. Debemos pedir: Señor, envíanos tu Espíritu, que nos dará la fuerza y la sabiduría para poder ser tus testigos en medio de nuestro mundo.

Álvaro Asensio Sagastizábal

SANTANDER

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