«Pero Tú, Dios que perdona, clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad, no los abandonaste.» (Neh 9, 17c)
Anoche muchos éramos sacudidos por una noticia: la de la tragedia de Adamuz.
La distancia no impide que recordemos a quienes ahora ven sus vidas azotadas, por tantas incertidumbres y el dolor de la perdida.
Nos puede ayudar, a sintonizar con lo que viven estos hermanos nuestros, recordar las distintas ocasiones en que nos servimos del transporte público en nuestros traslados, como lo hicieron al coger el tren de alta velocidad ayer.
No es sencillo que, incluso aquellos que han experimentado otros accidentes similares, no sumen su indignación ante el sufrimiento de quienes se despidieron esperando un reencuentro y se ven privados por la tragedia.
Los accidentes nos interrogan… muchos vivimos una vida llena de prisas. Y, en medio de la celeridad, tenemos que resituarnos, humanamente no encontramos respuestas. No entenderemos muchas cosas, otras siguen siendo un misterio, aunque los técnicos puedan descubrir las causas del siniestro. Lo que el corazón nos pide no son estas… sino certezas: la de que Dios nunca nos abandona.
Por ello, os invito a todos a que oremos por la pronta recuperación de los heridos, por el eterno descanso de los fallecidos y el consuelo y la esperanza de sus familiares.
D. Arturo Ros Murgadas
Obispo de Santander.