El pasado 2 de junio, y en el marco de la semana de Caridad, Cáritas Diocesana de Santander ponía en marcha una campaña para sensibilizar a la sociedad ante la problemática del difícil acceso a la vivienda. Como explica Rodrigo Pérez, responsable de comunicación de la entidad, “según el Informe FOESSA, presentado el pasado mes de febrero, en el año 2024, un 23% de la población de Cantabria tenía grandes dificultades para acceder a una vivienda, o para mantener una vivienda digna. Es una cifra muy alta para la población de Cantabria”. Ante esta situación, prosigue, “Cáritas ofrece un soporte, dentro de sus posibilidades”.
Eso es lo que ha encontrado Amaia Torralba, una de las personas que visibilizan esta campaña, ya que ella misma ha vivido esta situación en primera persona. “Después de estar de alquiler durante toda mi vida”, comenta, “se me acabó el contrato. Esto fue hace un año. Y cuando me puse a buscar vivienda, me encontré con lo que no había visto en mi vida: de repente, todos los precios estaban absolutamente disparados”.
“Mi economía no era boyante”, confiesa, “pero hasta ese momento me podía pagar un alquiler. No debía ningún recibo. Y, de repente, fue un verdadero caos, hasta acabar donde he acabado: una habitación en un piso compartido, con ocho personas más. Vivo en una habitación de 9 m², sin ventana, con un ventanuco que da a un pasillo, y por el que pago 300€ al mes, más gastos. Ha sido una verdadera locura para llegar hasta ahí, pero es lo único a lo que he podido tener acceso”.
Impotencia y depresión
Reconoce que, hasta llegar ahí, ha vivido un duro proceso, en el que “sentí una impotencia tremenda, y caí en depresión, porque encima llevaba a mi hijo conmigo, y tenía que buscar un techo, sí o sí. Lo que hice fue lo que he hecho toda mi vida: intentar resolverlo”.
Su largo periplo empezó acudiendo “a los servicios sociales de mi municipio; entre otras ayudas que me ofrecieron, me derivaron a Cáritas. Y desde Cáritas se me ha ayudado a pagar alquileres, sobre todo al principio, porque ya había agotado todos mis recursos. Como digo, me ayudaron a pagar alquileres, a pagar suministros… Me han apoyado muchísimo”, insiste.
Desde Cáritas ha recibido “un tratamiento psicológico maravilloso, que me ha ayudado a salir de ese pozo de depresión. Ese soporte emocional me ha ayudado muchísimo”, remarca. “Además, me ha ayudado mucho conocer testimonios muy parecidos al mío, y ver que también han salido. Poco a poco. Unos van saliendo, a otros les cuesta un poco más, pero van saliendo. Van saliendo. Se puede…”.
Asegura que “a nadie nos gusta pedir ayuda, pero para eso está. Y cuando hace falta, no hay que tener vergüenza de ello. Es lo que me ha tocado vivir, y gracias a Dios he encontrado a gente maravillosa que me ha ayudado a salir de esto”, afirma.
Por eso, no duda en señalar que, a aquellas personas que estén en una situación semejante a la tuya, “lo primero que les diría es que no desesperen. Lo segundo, importantísimo que pidan ayuda; que no son menos por pedir ayuda, al contrario: si nos ayudamos más los unos a los otros, todo funcionaría mucho mejor. Y, en tercer lugar, que se puede salir. A veces, de mala manera. Yo no estoy en la mejor situación: todavía estoy medicada para mi depresión, porque vivo en una situación muy precaria. Pero vivo: tengo un techo, tengo una cama, me sobra un dinerín para comer, y desde ahí sigo buscando. Lo que pasa es que es inviable”, asevera.
Futuro negro
Amaia manifiesta que “el futuro lo veo, negro no, lo siguiente. Ahora, desgraciadamente, no puedo trabajar. Tengo una discapacidad del 67%, y cobro una pensión no contributiva y un subsidio. No estoy trabajando, pero tengo un sueldo”, incide.
“Yo podría pagarme un alquiler de los normales, de los de toda la vida. Podría sobrevivir, como he sobrevivido toda mi vida. Trabajando en hostelería no he tenido un gran sueldo nunca, y he criado dos hijos”, constata. “Lo que pasa es que no puedo pagar 800 € de alquiler. Aunque quiera pagarlos. Nos ponen zancadillas, como el seguro de alquiler: te piden que tengas unos ingresos mínimos de 1800 euros al mes”.
Aprovecha para denunciar que “se nos niegan las ayudas alquiler a las personas que estamos empadronadas en una habitación. Yo estoy empadronada en mi habitación, no en el piso. Y se me niega la ayuda al alquiler, porque es una habitación”.
Concluye reiterando que, “si lo necesito, seguiré pidiendo ayuda. Y seguiré intentando salir de esto. No puedo tener una vida normal. Es muy triste, a mis 55 años, después de toda una vida bregando y peleando. Y gracias a Dios que mis hijos son independientes. Pero es muy triste”, subraya.
Desde Cáritas Diocesana de Santander, Rodrigo lanza una invitación a la sociedad “para que no abusen de la situación de estas personas, que no tienen alternativa. Todos debemos contribuir a mejorar esta situación”, apunta.


