Óscar Lavín Aja
Romper las fronteras de la mente y el corazón
El Evangelio es la noticia de la aparición de la GRACIA de DIOS. Preparada minuciosamente por la historia del pueblo de Israel, la gracia (presencia) de Dios se ha manifestado de modo, también, sorpresiva.
El Evangelio de este domingo nos sitúa ante uno de los pasajes más desconcertantes, pero a la vez más hermosos y humanos de la vida de Jesús. Muchas veces nos imaginamos un Evangelio idílico, sin conflictos, pero el texto de hoy nos sumerge de lleno en una herida abierta de la historia: la tensa y dolorosa relación entre Israel y la región de Tiro y Sidón.
1. El peso de la historia y el pan de la discordia
Para entender el frío silencio inicial de Jesús y sus duras palabras, debemos mirar lo que significaba para un judío cruzar esa frontera. Tiro y Sidón no eran solo ciudades vecinas; eran el símbolo del enemigo ancestral. Eran las antiguas ciudades cananeas, cunas de la idolatría que tantas veces había desviado a Israel.
Pero en tiempos de Jesús, la herida no era solo religiosa, sino también social y económica. Tiro y Sidón eran urbes marítimas inmensamente ricas, habitadas por élites paganas. Sin embargo, no tenían tierras para cultivar. ¿De dónde se alimentaban? Del trigo, del aceite y del sudor de los pobres campesinos de Galilea. Había un profundo resentimiento: los judíos sentían que los paganos ricos les arrebataban el pan de la boca. Por eso, cuando Jesús pronuncia esa frase tan dura: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos”, no está inventando un insulto. Está verbalizando el dolor, el prejuicio y el clamor de su propio pueblo. Está actuando, en un primer momento, como un verdadero hijo de su tiempo y de su cultura. “Se hizo hombre”.
2. El encuentro que transforma
Pero el Evangelio no se queda en la frontera del prejuicio. Dios ha venido a encarnarse de verdad, y encarnarse significa también asumir la pedagogía del encuentro. Jesús sale al territorio delenemigo y allí sale a su encuentro una madre desesperada. Ella es una mujer cananea, triple devaluada en aquella época: extranjera, enemiga y mujer sola en la esfera pública.
Lo que ocurre a continuación es un misterio de gracia. Jesús la ignora, los discípulos quieren despedirla porque «da voces», pero ella no se rinde. Cuando Jesús le expone la dura barrera de la prioridad de Israel, ella, con una humildad conmovedora y una inteligencia nacida del amor materno, da la vuelta al argumento: “Sí, Señor, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos”.
En ese preciso instante ocurre un milagro bidireccional. La hija de la mujer sana en la distancia, pero en el corazón del relato vemos algo sublime: Jesús se deja conmover. Jesús, en su humanidad santa, ensancha su mirada. El texto nos muestra cómo el grito de una madre pagana deshace siglos de tensiones geopolíticas, barreras religiosas y rencores económicos. Jesús cambia el tono. Pasa del rechazo a la admiración más absoluta: “Mujer, qué grande es tu fe”. No dice esto de los fariseos, ni de los sacerdotes, ni de sus propios discípulos. Se lo dice a una mujer cananea.
Hoy, con la crisis de inmigración en nuestro país y en otros muchos en el tierra, sobran las palabras para ver cuanta actualidad tiene este evangelio. Dentro de las lógicas humanitarias, políticas, económicas, diplomáticas, sociales, etc… está la lógica de la misericordia que nos ha venido como una luz nueva desde los ojos y el corazón del mismo Dios. Meditemos estos puntos de la luz de la gracia de la misericordia:
1. Salir al encuentro del enemigo. Entrar en “su territorio”.
2. Escuchar su dolor y necesidad.
3. Dialogar con nuestra mentalidad y los muros que pueda tener.
4. Contacto real con los más pobres (no solo por informes y
periódicos, T.V., redes…).
5. Encontrar la bondad en el corazón de todo ser humano.
6. Caminar juntos.
