Rut Balbás: «No quería el éxito del mundo sino dar frutos agradables a Dios»

Reproducimos la entrevista, realizada por Javier Navascués Pérez en su tribuna digital, publicada en el blog Infocatólica.

 

Rut Balbás Muñoz. Lo tenía todo, pero lo que quería era darle todo a Dios y vio que la mejor manera era dándose ella misma al Señor. Se presentó ante el obispo de su diócesis, en Santander, que le envió al obispo de la Prelatura de Moyobamba para servir en el Hogar Nazaret. Una vez allí le impresionó profundamente la naturalidad con la que Dios se hacía presente en la vida cotidiana. No era algo forzado ni solemne: estaba en lo pequeño, en lo diario, en los gestos más simples. Toda la casa parecía habitada por su Amor. Y donde está Él, está Ella. Nuestra Santísima Madre se le hizo presente de una manera tan clara y tan suave que quedarse a su lado fue para ella casi algo natural.

En esta entrevista nos cuenta su testimonio y reflexiona sobre la entrega a Dios y al prójimo.

Javier: ¿Cómo se puede explicar que cuando usted tenía una vida muy acomodada, siendo dueña de una farmacia, tuviese una inquietud por entregarse a Dios en las misiones?

Rut: No sabría explicarlo si no es reconociendo que fue Dios quien plantó en mi interior esa semilla. Mi vida, en aquel momento, era plenamente satisfactoria. No buscaba una experiencia nueva por sentirme vacía ni por anhelar un cambio radical. Me encontraba realizada en la labor que desempeñaba como farmacéutica en una botica rural, al servicio de personas extraordinarias, en su mayoría de edad avanzada, que requerían un trato especialmente cercano y humano. Además, vivía relativamente cerca de mi familia, de mis amigos y de mis seres queridos, cuya compañía procuraba siempre que me era posible, participando en encuentros, viajes y planes compartidos.

Sin embargo, comencé a percibir con claridad que el Señor me llamaba a algo más. Desde mi infancia, las misiones habían ejercido sobre mí una atracción particular, así como el testimonio valiente de los misioneros que entregan su vida para llevar a Cristo hasta los confines del mundo. Siempre he considerado que no existe causa más noble por la que arriesgarse a tales sacrificios y peligros. Había concluido ya mi etapa formativa y me entregaba plenamente a mi trabajo, pero en lo más hondo de mi corazón surgía la necesidad de dar más fruto: no los frutos del mundo, ni un mayor éxito profesional o personal, sino aquellos que fueran verdaderamente agradables a Dios. Como suele recordar el padre Ignacio María Doñoro, no se trata solo de dar, sino de darse.

J: ¿Cómo Dios se las ingenió para sacarle de la zona de confort y lanzarse a la aventura al otro lado del charco?

R: No fue un proceso sencillo. Supuso, en efecto, abandonar la zona de confort en todos los sentidos, pues la vida en la selva es, por definición, todo menos cómoda. Además, una vez tomada la decisión de partir, fueron muchas las dificultades que se presentaron en el camino. El maligno no descansa. Sin embargo, gracias a la perseverancia en la oración, a la intercesión de la Santísima Virgen María y, de manera muy especial, a la del Beato Anselmo Polanco, por quien profeso una profunda devoción, fue posible superar los obstáculos y emprender finalmente el camino hacia el Amazonas. No faltaron, desde luego, quienes calificaron mi decisión de insensata. Con todo, Dios me concedió la gracia de hacerme comprender con absoluta claridad que aquello era lo que Él me pedía: consolarle sirviendo a los últimos entre los últimos.

J: ¿Por qué le marcó tanto su primera experiencia en el Hogar Nazaret que decidió quedarse?

R: Porque desde el primer momento sentí que Dios estaba verdaderamente presente en aquella casa. A veces Dios se me manifiesta como un misterio profundo, difícil de abarcar; otras, en cambio, se revela con una sencillez tan conmovedora que no puedo evitar sonreír. Durante mis años de estudio aprendí a reconocerle a través de la ciencia, en el orden preciso del universo, en cada engranaje perfectamente dispuesto. Pero en Perú tuve la gracia de encontrarle de una forma mucho más sencilla y, quizá por eso mismo, más honda: como lo hicieron los pastores en Belén, a través de los ojos de un niño.

Me impresionó profundamente la naturalidad con la que Dios se hacía presente en la vida cotidiana del Hogar Nazaret. No era algo forzado ni solemne: estaba en lo pequeño, en lo diario, en los gestos más simples. Toda la casa parecía habitada por su Amor. Y donde está Él, está Ella. Nuestra Santísima Madre se hizo presente de una manera tan clara y tan suave que quedarme a su lado fue casi algo natural. Era conmovedor ver cómo cuidaba de sus pequeños, niños rescatados de situaciones inimaginables, a los que había traído consigo, junto a su Hijo.

Me emocionaba verlos pasar por la capilla cada vez que entraban o salían de la casa, solo para saludar al Santísimo. No por obligación, sino con la confianza espontánea y el cariño sincero que solo se tiene hacia una madre. Contemplar a niños que habían conocido los peores infiernos en la tierra arrodillarse con devoción, abrazar y querer con esa pureza, me desarmaba. Y aún hoy me sigue moviendo a dar gracias y gloria a Dios.

J: ¿Cuesta mucho quemar los navíos y clausurar la vida anterior?

R: Dios no suele pedir cosas fáciles cuando confía a alguien una obra suya. Es verdad que había puesto mucho esfuerzo y dedicación en todo lo que dejaba atrás, y no era algo menor. Sin embargo, de forma casi inmediata, acudieron a mi corazón unas palabras del Evangelio que siempre me habían acompañado: “Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres. Así tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme” (Mc 10, 21). En ese momento lo entendí con una claridad muy serena. Me dije: esta es mi fe, esto es lo que creo y esto es lo que quiero vivir. No necesité darle más vueltas.

J: ¿Por qué no hemos venido a esta vida a ser felices sino a hacer la voluntad de Dios?

R: Hacer la voluntad de Dios es, precisamente, lo que nos conduce a la plenitud. Es una paz distinta, la paz que Él mismo nos ha dado: mi paz os dejo, mi paz os doy; una paz que no nace de las circunstancias ni depende del éxito, y que el mundo es incapaz de ofrecer. Paradójicamente, cuanto más se empeña uno en vivir para sí mismo, en buscar su propia felicidad como un fin en sí, más se aleja de ella.

He descubierto que se puede ser profundamente feliz limpiando las pústulas de un niño, aunque resulte doloroso o desagradable, porque en ese gesto se está tocando al mismo Cristo. “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos, mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40). Al Hogar Nazaret llegan realidades muy duras, y no siempre es fácil sostenerlas, pero el deseo sincero de consolar el Corazón de Cristo es lo que da sentido a todo.

J: ¿Hasta qué punto es importante la pureza de intención y hacer la voluntad de Dios con docilidad a través de la obediencia al director espiritual, en su caso?

R: Es algo que suelo repetir con frecuencia a los niños de la casa: la importancia de la obediencia y de la humildad. Alejarse de ellas es adentrarse, casi sin darse cuenta, en el terreno predilecto del enemigo, que es la soberbia. Basta mirar a María, que supo obedecer en todo y hacerlo con una humildad confiada. Ella es nuestro modelo.

Por eso, en el Hogar Nazaret es un pilar fundamental el amor a la Virgen y la devoción al Santo Rosario. Con un cariño muy sencillo, los niños y niñas no solo rezan el Rosario, sino que lo reparten y enseñan a rezarlo allí donde vamos. Desde su pequeñez, comprenden que hacer la voluntad de Dios con un corazón dócil es el camino más seguro para vivir en verdad.

J: Pero si hacemos su voluntad, Dios nos da el ciento por uno… ¿hasta qué punto lo ha podido comprobar en su vida?

R: Dios me ha concedido gracias que jamás hubiera podido imaginar. Me ha regalado como hijos a estos pequeños suyos, porque así los siento de verdad. Me ha dado momentos de una belleza inmensa y otros mucho más duros, pero todos, sin excepción, me han ayudado y me han empujado a estar cada vez más cerca de Él, a conocerle mejor y a amarle más.

Por poner un ejemplo concreto, llegó un día a la casa una niña muy pequeña. Había sufrido enormemente y, cuando llegó, apenas hablaba: se comunicaba con gruñidos y por las noches lloraba a causa de las pesadillas que la atormentaban. No quería nada de nadie. Poco a poco, con paciencia y mucho cariño, sostenidas por muchos rosarios y oraciones, la niña comenzó a abrirse, a hablar.

Un día me hizo una pregunta que me desarmó el corazón: Hermanita, ¿por qué están cuidando de nosotras? Aquella pregunta me dejó sin palabras por un instante, pero ya llevaba el tiempo suficiente allí como para comprender lo que había detrás: no entendía el amor gratuito, el amor sin condiciones, el amor que no pide nada a cambio; un amor que no había conocido hasta encontrarse con Dios.

Le respondí con toda sencillez: Hija, porque somos una familia y te queremos, como te quiere tu mamá, la Virgen María. No supo expresar lo que sentía con palabras, pero la sorpresa y la alegría inmensa que se reflejaron en su rostro son un tesoro que guardo como uno de los regalos más grandes que la Virgen me ha hecho. Hoy, esa niña me pide siempre que escuchemos canciones de María y es la alegría de la casa. No es un camino fácil, pero puedo decir con verdad que Dios sí da el ciento por uno.

J: ¿Por qué es creíble el Evangelio cuando dedicas tu vida a aliviar el dolor y a llevar la fe a muchas almas?

R: En mi caso, la fe va por delante. Es la fe la que sostiene y la que impulsa a la entrega. Si no creyera en el Evangelio, si no confiara de verdad en las palabras y en la vida del Nazareno, difícilmente podría sostener el sufrimiento que nos rodea cada día. Mirarle a Él, atravesado por el dolor, reconocer en ese rostro el Amor y aferrarme a sus promesas es lo que da fuerza para seguir entregándose, a Él y a los demás.

Es esa fe la que da sentido a todo. Sin ella, el dolor sería insoportable y el esfuerzo estéril; con ella, incluso el sufrimiento se convierte en lugar de encuentro y la entrega deja de ser un peso para transformarse en don.

J: De momento es misionera seglar, ¿pero está abierta a la vida consagrada?

R: Eso solo Dios lo sabe. Siempre he procurado vivir en sus manos y permanecer abandonada a su voluntad. Para mí era importante venir a Perú no como cooperante de una obra social, sino con una misión de carácter plenamente religioso: estaba dejando todo para seguir a Cristo.

Por eso me presenté ante el obispo de mi diócesis, en Santander, y fue él quien me envió al obispo de la Prelatura de Moyobamba para servir en el Hogar Nazaret. Todo lo demás, si ha de venir, vendrá cuando Dios quiera y como Él quiera.

J: ¿Cómo animaría a las personas que lean esta entrevista a hacer una experiencia misional?

R: Si Dios ha podido llamarme a mí, que soy tan poca cosa, cuánto más podrá hacer en cualquiera que se deje trabajar por Él. No hay que tener miedo a gastarse por amor ni a entregarse sin reservas. La vida no se nos ha dado para conservarla, sino para ofrecerla. Y cuando se ofrece por amor, nunca se pierde.

En los momentos de cansancio, de dolor o de impotencia, cuando parece que ya no se puede más, ¿qué es lo que la mantiene en pie?

Hay días en los que una llega al final completamente vacía. Días en los que el dolor que entra por la puerta es tan grande que no sabes muy bien qué hacer con él. En esos momentos no me sostengo yo. Me sostiene Él. Me basta sentarme un rato en silencio, mirarle, y recordar que no estoy sola. Que Cristo también se cansó, también lloró, también tuvo miedo. Y aun así siguió adelante por amor. Entonces entiendo que no se me pide ser fuerte ni tener respuestas, solo permanecer y confiar. Y con eso, poco a poco, vuelve la paz y se puede seguir un día más.

J: Después de todo lo vivido, ¿qué le diría a alguien que ha dejado de creer en el amor o que piensa que ya es tarde para él?

R: Le diría que no es tarde. Nunca lo es. He visto demasiadas heridas cerrarse como para pensar lo contrario. He visto niños que no sabían lo que era que alguien los quisiera descubrir que el amor existe y que no siempre duele. Le diría que se deje querer, aunque al principio no lo entienda, aunque desconfíe. Dios no se cansa de nadie. No se rinde con nadie. Y cuando uno, aunque sea con miedo, le deja entrar, todo empieza a colocarse de otra manera. No desaparece el pasado, pero deja de doler igual. Y eso lo cambia todo.

 

Fuente: Javier Navascués en Infocatólica.

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