Jesús Fernández, responsable de los campamentos de la Virgen Grande: “Han servido para que contactemos con muchas familias”

Jesús Fernández, sacerdote

El próximo 22 de julio cumplirá 89 años. Y, pocos días después, subirá al tercer turno de los campamentos que la parroquia San José Obrero de Torrelavega ha organizado para este año. “Me ordené un 2 de abril de 1961”, explica Jesús Fernández, sacerdote del santuario de la Virgen Grande. “Y, de mis 65 años como sacerdote, llevo 51 organizando campamentos. He tenido tres parroquias”, evoca. “La primera, Escobedo de Camargo, donde pasé 4 años. Después de una pausa, en la que estuve en el Obispado, me mandaron a Helguera, Valles y Reocín: 18 años. Y, desde ahí, en 1993, pasé a la Virgen Grande”.

“Lo de los campamentos -señala- comenzó cuando yo era seminarista. Yo tenía 16 años. En Torrelavega había un sacerdote, que ya ha fallecido, Carlos Gómez Blázquez. Tenía mucho tirón con los jóvenes, y hacía alguna salida. Ahí comenzó el enganche. Durante mis años de seminario, yo volvía a Torrelavega, y organizaba dos salidas por semana, una con pequeños y otra con mayores”.

En su primera parroquia, Escobedo de Camargo, fundó un grupo Scout. “También en Helguera, Valles y Quijas: el actual Helvaqui. Cuando llegué a Torrelavega como párroco, no había nada; anuncié que iba a hacer un campamento de 12 días para chicos de 15 años para arriba. Se apuntó una veintena. No lo dudé: me lancé, y ahí empezó todo”.

Reconoce que, 31 años después, siguen teniendo una gran demanda. “En pandemia hice una pequeña crónica, que no llegué a publicar. Hasta ese momento, habían pernoctado en el campamento unos 4.000 jóvenes de esta parroquia”, apunta orgulloso. “Cada año, entre chavales y monitores, vamos unos 250. En esta edición, alguno se ha quedado sin poder ir, y eso que hemos ampliado las plazas. Aunque a nuestros campamentos no va cualquier chico: todos ellos tienen detrás familias preocupadas por la educación de sus hijos. Familias sencillas, y buenas”, matiza.

Enseñar a volar

A lo largo de estos 31 años, son muchas las anécdotas vividas. “Afortunadamente, ninguna desgracia importante”. Menciona a un muchacho “de 15 años. Íbamos a comer. Él venía con su hacha, y la iba a clavar en un madero, pero vio a una chica, se confundió y se la clavó en la espinilla. En otra ocasión, a otro le picó una víbora: estuvo hospitalizado, en cuidados intensivos, pero afortunadamente no le pasó nada”.

“Tenemos un Moisés salvado de las aguas”, añade, con guasa. “Un chico, que además se llamaba así. Volvía con sus monitores de hacer un raid, y fueron a pasar un río que venía crecido; la monitora dijo que no se podía cruzar, pero este muchacho se metió, y se lo llevó la corriente: menos mal que se agarró a una rama… Tuvieron que llamar a la Guardia Civil, a los bomberos…”.

“Anécdotas pequeñas, pero cuando se juntan los chavales, se ponen a recordar episodios, y no paran”, sonríe.

En este sentido, recuerda a un chico, “que revolvía mucho. Y, cuando terminó el campamento, nos dejó una frase muy bonita: ‘No me han cortado las alas, me han enseñado a volar’”. Aunque luego la vida te lleve por otros caminos. “En estos momentos tenemos un chico en la cárcel. Y otro que ya ha salido: ha venido a hablar a los chicos sobre el mundo de la droga”.

Campamentos Virgen Grande

El raid, lo que más valoran

Confiesa que los tres turnos de acampada son diferentes, “aunque hay actividades que se mantienen. Por ejemplo, los monitores se levantan a las 8, y los chavales a las 9; se asean y vamos al mástil, donde el jefe de campamento da los buenos días, y cantamos. A continuación, puntos para la reflexión desayuno, limpieza del campamento, y actividades. Después de la comida, un rato de siesta, más actividades, baño, merienda…”.

“Los mayores van en el primer turno”, indica. “Y, por la mañana, tienen tareas de montaje de todas las construcciones necesarias: el mástil, la entrada, mesas…”. Por su parte, “los pequeños, que son el segundo turno, tienen cuentos. Y, el tercer turno, trabajan temas concretos: el año pasado, la etnología. Y, este, la flora y la fauna. Además, disponen de más días de juegos».

Sin embargo, la actividad que más valoran los chicos es el raid. “Lo hacen los mayores y los medianos: después de unos días de acampada, cogen sus mochilas y se van en grupos, durante tres días. Les damos instrucciones, una ruta, un mapa y una brújula. Y los sanitarios les dicen cómo hay que curar las ampollas o prevenirse de un golpe de sol”. Asegura que “les gusta mucho, pero es una gran paliza. Los mayores hacen un raid de más de 100 kilómetros, y los medianos, de la mitad”.

Con esta prueba, prácticamente termina el campamento. “Antes regresaban el viernes del raid, el sábado revisábamos el campamento, y el domingo era el día de las familias, y el regreso a su casa. Pero los chicos nos pidieron que lo cambiáramos, porque venían muy contentos de la aventura, se habían conocido, y querían pasar más tiempo juntos. Así que hemos añadido un día más antes de la despedida”.

Campamentos Virgen Grande

No papis, no polis, no hambre

Para Jesús Fernández, “los chicos que van a nuestros campamentos se quedan con los valores cristianos, y el sistema que tenemos de educar. ‘No papis, no polis, no hambre’ son nuestras tres consignas”.

“‘No papis’ significa que las cosas solo se mandan una vez: si dejan una mesa de comedor sin limpiar, al día siguiente comen sin mesa. Y lo aprenden muy bien. No andamos dando órdenes”, insiste. “’No polis’ es que no les vigilamos, sino que confiamos en ellos. A veces hacen una trastada. En esos casos, cuando pasa algo, tengo el sistema de llamar a tres, por separado. Y les digo que es necesario que sepamos qué ha ocurrido, porque al llegar a Torrelavega todo se va a saber, sus padres se van a enterar, y si nosotros no nos hemos enterado, no van a confiar en nosotros. Y me suelen contar las cosas”. En cuanto a ‘no hambre’, “es fundamental que estén bien alimentados. Y que no pasen hambre. La dispensa no tiene presupuesto”, afirma.

“Intentamos educarles en cristiano”, remarca. “Y eso significa que también damos unos principios a los monitores: no hacer en el campamento lo que podemos hacer en Torrelavega; ayudar a los chicos a que sean autónomos, sobre todo a los mayores: que vayan descubriendo por sí mismos qué está bien y qué está mal; y no castigar nunca a un chico si no confiesa: prefiero que me engañen 10 culpables a castigar a un inocente”.

Como el día que “unos chicos hicieron jaleo. Cuando es la primera vez, se penaliza levantando a los culpables una hora antes, por la mañana, con los monitores, para que contemplen el amanecer y los pájaros. Los compañeros acusaban a uno, y él lo negaba. Yo le dije: ‘si piensas que no has hecho nada, es problema de tu conciencia. No te levantes mañana’. Al día siguiente, cuando el monitor fue a llamarlos, él dijo: ‘yo me levanto también’”.

Considera que “educar en valores es algo muy importante. Que sean trabajadores, que digan la verdad, que se traten bien entre ellos… Es algo que trabajamos mucho. También les presentamos la fe. Y celebramos la Eucaristía. El primer domingo es muy emocionante, porque imponemos la pañoleta a los nuevos. Y salen tres antiguos, monitores o acampados, para ofrecer su testimonio. Y muchos monitores, ya casados, dicen que, sin el campamento, no serían como son. Les marca en la vida”, asevera.

Campamentos Virgen Grande

Reflexión y convivencia

Después de tantos años acompañado grupos de jóvenes, lo tiene claro: “lo que más les atrae es esa carga de reflexión, y la convivencia entre ellos. Cuando tocamos un tema, me gusta que hablen ellos, que cuenten su vida… Muchos confiesan lo que no han contado nunca a nadie. E, incluso, acaban llorando”, declara.

“De nuestras acampadas –confirma- han salido parejas de novios que hoy en día mandan a sus hijos al campamento. Es muy bonita la amistad que surge entre los chicos, grupos de amigos que nacen en esos días y en los que luego se defienden entre ellos del ambiente. También valoran mucho la comunicación: sin móviles, sin redes sociales… Es cierto que, del campamento, sacan amistades. Y un acercamiento a los monitores, y a los sacerdotes: tanto a Jesús Casanueva como a mí. De hecho, a mí me llaman ‘el abuelo’, y me dan abrazos por la calle”, asiente.

Servicio, respeto, compañerismo son valores que se aprecian en los chicos después de las acampadas. “El tema de la amistad se toca mucho. Y el esfuerzo. Los chavales aprenden por la experiencia: aprenden lo que experimentan. Por ejemplo, el raid exige un esfuerzo muy grande, pero acaban muy contentos, aunque lo hayan pasado muy mal”.Campamentos Virgen Grande

Conexión con las familias

Además, subraya, “los campamentos han servido para que contactemos con muchas familias. Porque todos los años tenemos una reunión previa con los padres, para explicar los objetivos, las normas… Y, al regreso, otro encuentro en el que les entregamos un informe escrito sobre su hijo, hecho por los monitores que los han llevado de raid”.

“Como sacerdote -revela-, he tenido la experiencia de que, si hay un punto en el que trabajas bien, repercute en toda la parroquia. De hecho, estos chicos, cuando se casan por la iglesia, me llaman a mí”. Aunque no todos se casan por la iglesia. “Uno se casó por lo civil, y me presentó a su novia, para que yo le presentara ante ella. Le conté cómo era, y al final la chica me preguntó que si su novio no tenía defectos. Hoy en día, su hija viene con nosotros al campamento”.

Dentro de pocos días, Jesús Fernández acompañará a campistas y monitores del tercer turno de campamentos. “Si el año que viene puedo subir también, subiré. Pero, si no puedo, me quedaré aquí. Aunque tengo ganas de poder cumplir 90 años”, concluye.

Campamentos Virgen Grande

 

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