Homilía III Domingo del Tiempo Ordinario & Domingo de la Palabra de Dios, por D. Álvaro Asensio Sagastizábal, Vicario General

Ilmo. Sr. D. Álvaro Asensio Sagastizabal

D. Álvaro Asensio Sagastizábal

Después de haber celebrado el ciclo de la Navidad y la celebración del domingo pasado, todavía con resonancias de epifanía y que hacía de tránsito, nos hemos metido de lleno en el Tiempo Ordinario. A veces no damos importancia este tiempo litúrgico, porque lo contraponemos a los tiempos que llamamos “fuertes” pero, si lo pensamos bien, las cosas más importantes de la vida y que condicionan nuestra existencia, nos suceden en el día a día. Al tiempo ordinario lo podemos llamar, también, tiempo durante el año, dejando así a un lado el posible significado peyorativo que posee en castellano la palabra “ordinario”. Pidamos al Señor que este Tiempo Ordinario sea para todos nosotros un tiempo de gracia y una etapa fructífera de discipulado.

Para convertirnos en discípulos tenemos que escuchar al Maestro. Esto lo tenía muy claro el Papa Francisco, que instituyó, en el tercer domingo del tiempo ordinario, el Domingo de la palabra de Dios. A partir de este domingo comenzamos en la liturgia de la palabra de la Misa la lectura continuada del Evangelio según San Mateo. Es una ocasión y llamada a todos nosotros para vivir una espiritualidad verdaderamente bíblica, donde la escucha atenta y orante de las Sagradas Escrituras sean fuente de gracia e impulso para la conversión. En las Escrituras Santas, proclamadas en la celebración litúrgica, resuena la voz del mismo Cristo.

En este año A, el evangelista San Mateo nos acompaña, de una manera preeminente, en este caminar. Nos presenta un evangelio que está muy orientado para aquellos que conocen bien la Ley y los Profetas y nos propone a Jesús como el Cumplimento de todas las esperanzas de Israel. En Jesús se cumplen  lo que anunciaron los profetas.

Jesús en Galilea

Al abrir hoy la página del cap. 4 de San Mateo, nos encontramos con Jesús que, habiéndose enterado de la persecución y martirio de Juan Bautista se retira a Galilea y se establece en Cafarnaum. Galilea tiene en ese momento muchas connotaciones sociales: es un lugar de intercambio de culturas y religiones, se hablan varias lenguas y el griego es el idioma común (muchas ciudades de esa zona tienen nombres griegos), es una zona de comercio y tránsito de mercancías, es una región en la que se vive un ambiente,  que hoy llamaríamos, de globalización.

Estos datos son importantes para nosotros porque nuestra sociedad occidental vive también esa experiencia de globalización que hace que este evangelio resuene hoy, entre nosotros, con una fuerza y un realismo estremecedor. Europa, España, nuestro pueblo es ahora Galilea.

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz

En este contexto de paganismo, de mezcla de creencias, costumbres, relativismo… la predicación de Jesús irrumpe como una luz: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló”. Jesús es la Luz anunciada por el profeta Isaías. Jesús es la Luz que salva, como hemos cantado en el salmo: “El Señor es mi luz y mi salvación”. Las claves de iluminación, conversión y Reino son las que nos ayudarán a entender el evangelio que escucharemos cada domingo.

El evangelio de hoy también nos muestra cual es el estilo de vida de Jesús, qué es lo que hace y en lo que gasta su vida, entregándola en el día a día y, también, en la Cruz. Si tuviera que elegir dos acciones de la predicación de Jesús yo me quedaría con estas:

  1. Jesús invita a seguirle. Llama por el nombre, nos conoce. Nos invita a dejar ocupaciones (…estaban echando la red…) para regalarnos una vocación que incluye el ser, nos hace: “os haré pescadores de hombres”. Dios quiera que la lectura y la oración con el evangelio nos ayude a descubrir nuestra vida como vocación.
  2. Recorría las ciudades. Jesús no tiene una vida estática, cómoda, parada, dejando que los acontecimientos vengan… Es, como se dice ahora, proactivo: “Recorría toda Galilea…” En ese recorrer ciudades, Jesús va haciendo tres cosas: “enseñando en las sinagogas, proclamando el Evangelio del Reino y curando las enfermedades y dolencias del pueblo”. ¡Cuántas veces nos preguntamos qué hacer para parecernos más a Jesús, qué tiene que hacer la Iglesia para parecerse a la Iglesia soñada por Jesús! Quizás la respuesta es más sencilla de lo que pensamos y la encontramos en el evangelio de hoy y en la vida de la Iglesia durante tantos siglos: enseñar, anunciar y curar. Creo que no es casual que muchos misioneros, cuando llegan a un lugar de misión, lo primero que hacen es abrir colegios, crear hospitales y contar en nombre de quien lo hacen y porqué han ido ellos a esas lejanas tierras. Preguntémonos nosotros hoy: ¿Cómo puedo yo, desde mi vocación, enseñar, proclamar y sanar?

Semana de oración por la unidad de los cristianos

En este domingo, 25 de enero, día en el que la Iglesia celebra la Fiesta de la Conversión del apóstol San Pablo, ponemos el broche final a la semana de oración por la unidad de los cristianos. Este año hemos meditado y orado con el lema: Un solo Espíritu, una sola esperanza. Que esta preocupación por la unidad entre los cristianos esté siempre en nosotros. Acojamos la exhortación firme del Apóstol en la segunda lectura de hoy: “Os ruego en nombre de nuestro Señor Jesucristo: poneos de acuerdo y no andéis divididos”.

Vamos a continuar con la celebración de la Eucaristía. Que comulgar el Cuerpo de Cristo nos haga ser cuerpo de Cristo, que es uno. Que un día, superadas las diferencias, el Espíritu nos congregue en la unidad y podamos compartir la mesa común de Cristo. Caminemos esperanzados al encuentro de Cristo por caminos de reconciliación, de colaboración mutua, de oración común.

Álvaro Asensio Sagastizábal

Vicario General

Delegado Diocesano de Liturgia y Espiritualidad

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