Las lecturas de este domingo nos sitúan ante una de las experiencias espirituales más profundas del camino cuaresmal: la sed. Sed del pueblo en el desierto, sed de justicia y de sentido, sed de Dios. Una sed que atraviesa el corazón humano y que, si se reconoce con verdad, abre el alma a la conversión.
La primera lectura nos presenta al pueblo murmurando contra Dios y contra Moisés. Es una escena dura, pero sumamente realista. Cuando falta el agua, cuando escasea lo esencial, emerge lo que somos en verdad. El desierto desenmascara. Allí se revela si nuestro fundamento está en el Señor o en nuestras seguridades. Y precisamente, la pregunta que resonó en los ejercicios espirituales en los que hemos participado algunos sacerdotes esta semana, vuelve a aparecer aquí: ¿dónde está nuestro fundamento como discípulos del Señor?
San Pablo, en la segunda lectura, ofrece una respuesta sólida. Dice que estamos en paz con Dios por medio de Jesucristo, y que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones. Esa es la roca. No nuestras fuerzas ni nuestro equilibrio interior. El fundamento es un amor que se derrama, que toma la iniciativa, que sostiene incluso cuando nuestra vida interior es frágil. Y ese amor, recordemos, se hizo visible en Cristo cuando todavía éramos pecadores.
Pero es en el evangelio donde aparece el diálogo decisivo. Jesús se acerca a una mujer marcada por heridas, confusiones y cansancios. No es ella quien busca a Jesús; es Él quien tiene sed, quien inicia el encuentro. Y lo hace con una delicadeza que toca el corazón: no acusa, no presiona, no humilla. Simplemente abre un espacio para que la verdad pueda ser dicha. Y cuando la verdad se dice, comienza la transformación.
Aquí entra la pregunta clave de nuestro camino cuaresmal:
¿En qué me siento transformado por el Señor?
¿Qué está cambiando en mi vida?
No es suficiente hablar de conversión en abstracto. La conversión cristiana siempre tiene frutos concretos, visibles, humildes, pero reales. La samaritana, tras escuchar a Jesús, deja el cántaro. Es un gesto pequeño, pero decisivo. Ha encontrado otra agua, otra fuente. Algo ha cambiado.
La Cuaresma nos invita precisamente a identificar esos “cántaros” que ya no necesitamos: viejas seguridades, rutinas que nos apagan, miedos que nos paralizan, quejas que agotan la vida espiritual. Y reconocer también los brotes nuevos: más disponibilidad interior, más serenidad ante lo difícil, más capacidad de escuchar, más deseo de servir.
Siento repetirme: hay que volver al fundamento. Y volver a él no de manera teórica, sino existencial. Redescubrir la alegría de Jesús, esa alegría que tantas veces olvidamos, y que sin embargo es parte esencial del discipulado. Una alegría que no es superficial, sino profundamente encarnada. Una alegría que siempre acogen primero los pequeños, los que sufren, los que tienen sed de esperanza, igual que aquella mujer samaritana.
Quizá la conversión que más necesitamos no sea cambiar grandes cosas, sino volver a beber del agua viva, abrirnos al amor que Dios ya ha derramado en nosotros y permitir que ese amor renueve la manera en que miramos, servimos, hablamos y celebramos.
Que este domingo sea una invitación a situarnos de nuevo ante Jesús, a escuchar su voz que nos dice: “Si conocieras el don de Dios…”. Que podamos reconocer ese don, dejarnos transformar por él y caminar así hacia la Pascua con un corazón más libre y más alegre.