D. Óscar Lavín Aja
Las lecturas de este Domingo son hermosas y difíciles de meditar. Hay en ellas mucho contenido. Por ello quería ofreceros alguna pincelada que pudiera ayudar…
Dios es Luz, Palabra y Sabiduría. En el niño Dios ha aparecido una luz que viene del mismo Dios. Es Dios mismo el que ha venido a nosotros. Dios mismo se nos ha des-velado (se ha quitado el velo que lo ocultaba).
Desde el siglo XVI nuestra cultura occidental ha encontrado la luz de la propia inteligencia (la razón humana). Y hemos luchado para que esa luz sea la que guíe la vida misma de todos nosotros. Tal ha sido su esplendor que ya no queremos otra. La luz que viene de Dios no nos hace falta. Seguramente esto es una exageración, pero si miramos nuestra cultura europea occidental vemos que estamos en una gran crisis sobre el mismo Dios (J. Ratzinger). Vivimos ya como si Dios no existiese, esto es, como que su luz ya no nos es necesaria. La luz de las ciencias ha conseguido un progreso tal en todos los campos del conocimiento humano que ya no necesitamos la luz de Dios para calmar miedos, desdichas e incertidumbres. ¡Dios ha muerto, viva el superhombre! Gritó Nietzsche proféticamente.
El teólogo alemán J.B. Metz resumió un encuentro europeo sobre la fe en nuestro continente con el eslogan: “Dios no. Religión sí”. Los europeos sí queremos religión de ritos y costumbres, pero no queremos a un Dios que nos habla, nos inquieta, nos descuadra los planes humanos, entra en relación directa y personal con nosotros a través de las mediaciones humanas (la Iglesia). La luz que nos trae Dios no la queremos porque sentimos que no la necesitamos. La luz de la ciencia y de la razón ha sido tan deslumbrante que nos sentimos autosuficientes.
La sabiduría y la luz de Dios está en el pesebre y en la Cruz. Pero la luz vino al mundo y los suyos no la recibieron.Pienso muchas veces, cuando leo el periódico y escucho la radio, en los avatares políticos y económicos si aplicáramos esta sabiduría de Dios:
- Para ser el primero hay que ser el servidor de todos (el último).
- Para tenerlo todo has de no querer tener nada (pobreza como compartir todo).
- Para saberlo todo has de caminar en la humildad de no saber nada en algo y buscar siempre.
- El amor es más poderoso que el poder, el dinero y el odio.
- La solidaridad que entrega lo que necesita para vivir es fuente de riqueza, comunión y alegría. Y la riqueza del mundo es fuente de odios, enfrentamientos y destrucción.
- Siempre da más el pobre que el rico.
- La misericordia infinita de Dios es la mayor justicia. Supera al dar a cada uno lo suyo.
- Perdonar siempre.
Y llego a la conclusión de que nuestra civilización ha dejado de creer en Dios (luz). Todas las búsquedas de Dios por los caminos de nuestra razón (filosofía y ciencias) y de las religiones han quedado cegadas por una luz divina que nos ha dejado sorprendidos… pero que ya no creemos en ella. Preferimos nuestra luz humana.
Podría tirar por el camino del optimismo, pero no me sale. Prefiero el realismo. Ya hay pastoralistas que se preguntan por qué ha fracasado la nueva evangelización. Hoy se abren debates de la “vuelta” de lo católico a la vida cultural. Pero yo miro el día a día, mi realidad concreta y sigo viendo que la luz de Dios vino al mundo y los suyos no la reconocieron. Recuerdo una entrevista hace un par de años a un gran economista católico, en una radio católica, que al ser cuestionado su liberalismo económico dijo que el Evangelio está muy bien de tejas hacia arriba, pero de tejas hacia abajo el dinero y la libertad absoluta del mercado era el factor más influyente. Es católico. Es experto en Economía. Es un gran conocedor de la Doctrina Social de la Iglesia. Pero toda su luz viene de la razón humana… la de Dios está muy bien pero no para aquí abajo (tierra). Es tan real como descorazonador. ¿Se puede creer en Dios con la cabeza y el corazón y desechar su luz para nuestra vida? Se puede… Creemos en Dios pero preferimos para vivir nuestra luz.
En esta oscuridad de Dios pido fe en Él. Yo sé Señor que eres Navidad. Que te has encarnado en todo lo humano. Sigo buscándote porque seguramente ya me has encontrado… y así quiero creer en Ti: ¡buscándote! Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.
