Homilía II Domingo de Cuaresma, por D. Óscar Lavín Aja, Vicario Episcopal para la Evangelización

Ilmo. Sr. D. Oscar Lavín Aja

D. Óscar Lavín Aja

         Hoy meditamos el evangelio de la transfiguración. Un gran devoto de la fiesta de la transfiguración del Señor era San Pablo VI hasta tal punto que murió el día que celebramos esa fiesta, el 6 de agosto de 1978. En varias ocasiones este gran Papa manifestó el deseo de morir ese día.

         En una primera impresión este evangelio parece no tener mucho que ver con la cuaresma, pero en el tiempo del Señor, entre la fiesta del gran día de la expiación y la fiesta de los tabernáculos, unos seis días, en Jerusalén se vivía un ambiente de exaltación del Mesías y de su venida. Era la gran promesa que el pueblo de Israel vivía desde el reinado de David. Hoy también vivimos de los mesianismos de todo tipo. Es algo que está en nuestros genes humanos: creer que alguien o algo nos salvará.

         El nacionalismo judío, Jerusalén, la exaltación colectiva… Jesús sufrió una gran tentación en su interior: tomar el camino del poder, de la influencia, de convencer a todos por la fuerza. El domingo pasado vimos también esta tentación cuando el diablo le llevó a un monte donde divisaba todos los reinos de la tierra. Si se postraba al poder se le daría la GLORIA. El Padre le susurrará el camino de la cruz, el camino del sufrimiento y del rechazo.

         Pero ¿qué hace Jesús?

  1. Sale de ese ambiente.
  2. Se va con tres amigos (Pedro, Santiago y Juan).
  3. Se dirige a un Monte (buscar a Dios).
  4. Entra en su soledad interior. Siente la fuerza de la tentación del mal.

          Y, de repente… APARECE UNA LUZ que lo transfigura todo. Detrás de nuestras luchas y tentaciones está la LUZ de Dios. Dios le dijo a Abraham que saliera de su tierra. Podemos parafrasear y decirnos a nosotros mismos: “sal de la zona del sentido común que te dicta tu mente… y entra en los caminos y las tierras de Dios, que no son los tuyos”.

         ¿Qué vamos a vivir en nuestra conciencia? Lo que Pablo le dice a Timoteo: padece por el Evangelio. El sufrimiento interior fruto de la lucha. Los místicos hablan de “atravesar esa lucha dolorosa” para abrazar una luz interior insospechada (regalo gratuito de Dios). Pero ¿qué significa “atravesar”? No huir. Permanecer en la realidad, en sus contradicciones, sus límites, y no huir y evadirse de la tensión dolorosa de lo real.

         Hoy nos llevamos para el camino cuaresmal varias enseñanzas que nos ayudarán. Cuando sientas la tentación con fuerza en tu interior.

  1. Retírate… no intentes dialogar con ella. Con la tentación sólo cabe un lenguaje “NO”.
  2. Hazlo en amistad, con alguien que acompañe tu interior.
  3. Busca a Dios. Si no lo buscas querrás luchar desde ti mismo, y sin Dios el Príncipe de la Mentira te vencerá y te enrollará en sus planes.
  4. Entra en la soledad sonora de tu interior. No te distraigas. No busques la diversión (huir hacia fuera de ti mismo) sino la conversión (mirar dentro de ti).
  5. Recuerda que la LUZ (Dios) siempre está en nosotros.

 

         Necesitamos adiestrarnos en la lucha interior. El Bautismo, en el fondo, es esa lucha. La experiencia de Dios crece en nosotros por los caminos de la cruz. El amor tiene en esta vida “forma crucis”. Toda transformación interior que no plantee la cruz es una mentira porque no es real. Tantos hermanos cristianos nuestros que se lanzan por el camino de la psicología positiva donde todo nace en el Yo, sigue por el Yo y acaba en el Yo. Un neopelagianismo, como recordaba el Papa Francisco, donde buscamos a Dios sólo desde nosotros mismos. La tristeza de este camino es que no despunta la santidad.

¡Aprendamos a luchar de la mano de Jesucristo, nuestro Maestro y Señor!

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