Óscar Lavín Aja
Es una semana tan poliédrica que podemos meditar muchas cosas. En el Evangelio se abre todo el telón de lo que vamos a celebrar esta semana. Pero os invito a pensar, rezar, meditar esta pregunta ante lo que vamos a celebrar estos días: ¿Por quién o por qué estamos dispuestos a entregar la vida entera?
El camino de la vida me lo imagino, muchas veces, como un bucear en las profundidades del mar. El mar es la vida. Y estamos llamados a bucear, a entrar en lo profundo de lo concreto que nos pasa. Nuestro día a día. Cada día. Cada relación, cada momento… todo lo que nos pasa es un mar en el que podemos bucear y encontrar la vida en plenitud.
Quizás el santo que más se ha asemejado al Señor ha sido San Francisco de Asís. En sus últimos días dicen los testigos que toda su forma de vivir se había convertido en una oración continua. Hay dos cosas que el santo italiano nos enseña en esos días: la perfecta alegría y llamar a la muerte “hermana”.
1. La alegría perfecta, la bienaventuranza, la vida en plenitud es una vida plenamente feliz que YA está actuando en la realidad. No es un programa moral que tenemos que cumplir, sino la plenitud de la vida es vivir la vida como un camino apasionante de descubrimiento de que la felicidad se halla en la pobreza, en el sufrimiento consolado, en la limpieza de corazón, la lucha por la paz y la justicia, en la limpieza del corazón, en la misericordia y en la persecución. El camino hacia una vida plena pasa por NUESTRA EXPERIENCIA CONCRETA por lo que estamos atravesando. La realidad tal cual es puede convertirse en un lugar de plenitud de vida. Hay que convertirse para ello. Pero ¿qué es convertirse? Mirar y ver la vida como Cristo la ve. No como la veo yo, sino cómo la ve Él.
En esos últimos años Francisco atravesó la «enorme tentación» de una crisis profunda: la Orden de los Frailes Menores «creció y se transformó», y él «se siente dejado de lado, casi inútil, incluso considerado un “idiota”». Al fraile León, que estaba con él en Santa María de los Ángeles, le pide que enumere cosas hermosas «que pudieran ser motivo de orgullo para él y para la Iglesia». Al final le pide que escriba que «en todas estas cosas no hay alegría perfecta», y le explica que «la alegría auténtica se manifiesta cuando el rechazo, la humillación y la incomprensión no logran quitarnos la paz». Pero la pregunta inquietante es ¿por qué nos la quitan entonces? Satanás era el más hermoso e inteligente de los ángeles. Es astucia, engaño (presentar la peor mentira como las más hermosa de las verdades). El pensamiento que nos hace ver la vida de modo engañoso. No vemos la vida como es, la vemos engañados. Esta acción es lo que llamamos Satanás. No me refiero a posesiones y cosas raras, sino a un engaño que todo hombre y mujer se enfrenta a él.
La vida tiene una parte de fragilidad, de soledad, de enfermedad, de arrinconamiento. El engaño está en que esto nos engendra el miedo, las ganas de encerrarnos, de defendernos, de culpar, de almacenar el resentimiento, ira y venganza en nosotros por lo mal que nos ha tratado las personas o la vida. En el Génesis, para el primer hombre y su mujer al principio la desnudez es transparencia. Es la serpiente la que introduce la sospecha, insinuando que la vida debe ser poseída y protegida. A partir de ese momento, la desnudez se convierte en vergüenza, y el engaño nos atrapó a todos.
El camino de Francisco de Asís no es una excepción reservada a unos pocos, «sino la forma plena de lo que el Evangelio promete a todo bautizado: una vida libre, capaz de amar hasta el final y de atravesar el dolor sin dejarse vencer por él».
No podemos adaptar el Evangelio a nuestros miedos, reducirlo a una propuesta tranquilizadora o a un conjunto de prácticas religiosas que conservan su apariencia pero vacían su verdadera fuerza espiritual. Ofrecer un cristianismo de segunda mano, más fácil pero menos exigente, significa privar a los hombres y mujeres de lo que realmente necesitan: un camino capaz de conducir nuestros pasos hacia la vida eterna.
Miremos al Señor en la cruz y pidamos encontrar aquello a lo que entregamos la vida entera para encontrar la VIDA ETERNA en ello y vivir la perfecta alegría.
