Ricardo Alvarado del Río
“Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo”.
Hoy no celebramos simplemente un recuerdo. No venimos a conmemorar algo bello del pasado. Hoy la Iglesia proclama una noticia que cambia el presente y abre el futuro: Cristo ha resucitado. Y si Cristo ha resucitado, entonces la muerte no tiene la última palabra, el pecado no tiene la última palabra, el sufrimiento no tiene la última palabra, y tampoco la desesperanza tiene la última palabra.
La Pascua no es solo que Jesús salió del sepulcro. La Pascua es que Dios ha abierto para la humanidad las puertas de la eternidad. Lo que estaba cerrado desde antiguo, lo que el hombre no podía alcanzar por sus fuerzas, Dios lo ha inaugurado en su Hijo. Por eso san Pablo nos ha dicho con tanta fuerza: “Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo”. No como una invitación a desentendernos de la tierra, sino como una llamada a vivir ya desde ahora con el corazón anclado en el cielo.
Porque el cristiano no vive huyendo del mundo; vive en el mundo con una esperanza nueva. El Resucitado no nos saca de la historia, pero sí cambia el modo de habitarla. Quien cree en la resurrección ya no vive encerrado en lo inmediato, en lo que se acaba, en lo que se pierde, en lo que decepciona. Vive sabiendo que su vida está escondida con Cristo en Dios. Vive sabiendo que el amor es más fuerte que la muerte. Vive sabiendo que nada entregado por amor se pierde.
El Evangelio de hoy es profundamente hermoso porque no comienza con una aparición gloriosa, ni con una gran manifestación de poder. Comienza con una ausencia. María Magdalena llega al sepulcro y ve que la piedra ha sido removida. Corre. Busca. Se inquieta. Pedro y Juan salen también corriendo. Hay prisa, hay desconcierto, hay una mezcla de dolor, amor y deseo.
Y eso es muy humano, muy nuestro. Muchas veces también nosotros buscamos a Dios así: entre preguntas, entre oscuridades, entre lágrimas, entre signos que todavía no entendemos del todo. Y, sin embargo, ahí empieza la Pascua. Porque el Resucitado muchas veces comienza a hacerse presente precisamente despertando en nosotros la búsqueda.
Pedro y Juan llegan al sepulcro. Entran. Ven los lienzos en el suelo, el sudario colocado aparte. No han visto aún a Jesús. No han oído todavía su voz. No se ha producido todavía el encuentro pleno. Pero san Juan nos dice algo decisivo: “Vio y creyó”.
Ese es el primer paso pascual: aprender a leer los signos de Dios. El discípulo amado no lo comprende todo, pero empieza a creer. No posee aún todas las respuestas, pero su corazón se abre. No lo tiene todo claro, pero reconoce que algo nuevo ha irrumpido en la historia.
Y eso también nos lo dice hoy la Iglesia: la fe en la resurrección no nace de una ingenuidad, ni de un deseo de consolación fácil. Nace del encuentro con unos signos que Dios deja en el camino, y de un corazón que se deja tocar por ellos. A veces la fe comienza así: viendo unos “lienzos” en nuestra propia vida. Viendo que donde parecía haber solo fracaso, Dios ha dejado una huella de vida. Viendo que donde pensábamos que todo estaba perdido, el Señor ya estaba actuando.
Después vendrán los encuentros con el Resucitado, que escucharemos en estos días: María Magdalena, los discípulos, Tomás, los de Emaús. Primero el sepulcro vacío; después la presencia viva del Señor. Primero la búsqueda; después el encuentro. Primero el signo; después la plenitud.
Y esa pedagogía pascual es también la nuestra. A veces nosotros querríamos una fe inmediata, evidente, incontestable. Pero el Señor muchas veces nos conduce por el camino de María, de Pedro y de Juan: buscar, correr, entrar, mirar, y poco a poco creer.
Qué importante es esto hoy. Porque vivimos en un tiempo en el que abundan el cansancio, la desilusión, la sensación de encierro interior. Hay muchas personas que viven como si el sepulcro siguiera cerrado. Personas resignadas, heridas, apagadas por dentro. Personas que ya no esperan nada grande de Dios, ni de los demás, ni de sí mismas.
Y la Pascua viene a romper esa lógica. La Pascua nos dice: no te acostumbres a la piedra cerrada. No te acostumbres a vivir sin horizonte. No te acostumbres a una fe triste, rutinaria, cansada. No te acostumbres a una vida espiritual de mínimos. Cristo ha resucitado para levantarnos también a nosotros.
Por eso hoy la Iglesia no solo anuncia una verdad; invita a una forma nueva de vivir. Si de verdad creemos que Cristo ha resucitado, entonces nuestra vida no puede seguir siendo igual. Un cristiano pascual es alguien que lleva esperanza donde otros llevan resignación; que siembra paz donde otros siembran dureza; que abre caminos donde otros solo ven muros; que no se deja vencer por la amargura ni por el cinismo.
La resurrección no es evasión; es transformación. No consiste en cerrar los ojos al dolor del mundo, sino en atravesarlo con la certeza de que Dios ya ha vencido. El Resucitado sigue llevando las llagas, pero las llagas ya no son derrota: son gloria. Y eso también vale para nosotros. Nuestras heridas, unidas a Cristo, no tienen por qué ser sepulcro; pueden convertirse en lugar de gracia.
En la primera lectura, san Pedro resume toda la vida de Jesús y proclama con valentía: “Nosotros somos testigos”. Eso es lo que necesita hoy el mundo: no solo administradores de lo religioso, sino testigos del Resucitado. Hombres y mujeres que, sin estridencias pero con verdad, transparenten que Cristo vive. Que se note en nuestra mirada, en nuestro modo de perdonar, en nuestra forma de acompañar, en nuestra manera de sufrir, en nuestra forma de esperar.
Porque la mejor prueba de la resurrección no será un argumento brillante, sino una vida transformada por Cristo.
Hoy, por tanto, podemos orar con sencillez y con hondura:
Señor, que te busquemos como María, como Juan, como Pedro… y que tú nos encuentres.
Que te busquemos incluso cuando no comprendemos.
Que te busquemos incluso cuando el corazón va más lento que los pies.
Que te busquemos incluso cuando todavía es de noche en nuestra alma.
Y que tú nos encuentres, Señor.
Que nos salgas al paso.
Que abras nuestros sepulcros interiores.
Que remuevas las piedras que pesan sobre nosotros.
Que nos devuelvas la alegría de creer.
Hoy la Iglesia entera canta con razón: “Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo».
No una alegría superficial.
No un optimismo ingenuo.
Sino la alegría honda de saber que la vida ha vencido, que Cristo vive, y que también nosotros estamos llamados a vivir con Él para siempre.
Hermanos, Cristo ha resucitado.
Y si Cristo ha resucitado, entonces todavía es posible empezar de nuevo.
Todavía es posible esperar.
Todavía es posible amar.
Todavía es posible creer.
Todavía es posible vivir con el corazón puesto en el cielo y los pies bien plantados en la tierra.
¡Feliz Pascua. Cristo vive. Y con Él, nuestra esperanza no defrauda!
