Homilía Domingo de la Santísima Trinidad, por Ricardo Alvarado del Río, vicario episcopal para la Acción Caritativa y Social

Ilmo. Sr. D. Ricardo Alvarado Del Río

Ricardo Alvarado del Río

Hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad. Y quizá, al escuchar esta palabra —Trinidad—, podemos pensar que entramos en un misterio difícil, complicado, reservado para grandes teólogos. Pero no es así. La Trinidad no es un problema para resolver; es un misterio de amor para contemplar.

No celebramos una idea abstracta sobre Dios. Celebramos quién es Dios de verdad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Un solo Dios en tres Personas. Dios no es soledad. Dios es comunión. Dios es familia. Dios es amor que se entrega, amor que se recibe, amor que une.

Y esto, aunque sea un misterio muy grande, podemos entenderlo desde lo más sencillo de nuestra vida. Pensemos en una familia cuando se quiere de verdad. Una familia no es solo varias personas viviendo bajo el mismo techo. Una familia es comunión: unos se cuidan, se hablan, se perdonan, se sostienen. Cada uno es distinto, pero el amor los une. Algo así, aunque de manera infinitamente más grande y perfecta, es Dios. Dios es comunión de amor.

En la primera lectura, Moisés sube al monte con las tablas de la ley. Allí Dios se le revela. Y lo hace con unas palabras preciosas: “Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”. Dios no se presenta como un Dios lejano, frío o amenazante. Se presenta como misericordia. Como compasión. Como fidelidad.

Esta es una verdad que necesitamos escuchar muchas veces: Dios no se cansa de nosotros. Dios no nos mira primero desde nuestros pecados, sino desde su amor. Moisés lo entiende y por eso se atreve a decirle: “Que mi Señor vaya con nosotros”. Es una oración sencilla, pero muy profunda. Moisés no le pide a Dios una explicación completa de su misterio. Le pide que camine con su pueblo.

Y eso es lo que también nosotros necesitamos decir hoy: Señor, camina con nosotros. Entra en nuestras casas. Entra en nuestras heridas. Entra en nuestras preocupaciones. Entra en nuestra Iglesia. Entra en nuestras familias. No nos dejes solos.

La solemnidad de la Trinidad nos recuerda precisamente esto: Dios no ha querido quedarse lejos. Dios ha querido acercarse. Ha querido caminar con nosotros. El Evangelio de san Juan nos lo dice de una manera bellísima: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único”. Esta frase resume el corazón de nuestra fe. Dios Padre ama tanto al mundo, nos ama tanto a cada uno, que nos entrega lo más querido: su propio Hijo.

A veces podemos tener una imagen equivocada de Dios. Podemos pensar que Dios está esperando a ver si fallamos, que está lejos, que exige antes de amar. Pero el Evangelio nos dice otra cosa: Dios ama primero. Dios se adelanta. Dios entrega a su Hijo no para condenar, sino para salvar.

Jesús no viene al mundo como juez severo que aplasta al pecador. Viene como médico que cura, como pastor que busca, como hermano que carga con nuestra vida. Jesús es la Palabra eterna del Padre hecha carne. Es Dios que ha querido tener rostro humano, manos humanas, corazón humano. En Jesús, Dios se deja ver y tocar.

Podríamos decirlo con una imagen sencilla: Dios Padre es como la fuente de la que brota el amor; Jesús, el Hijo, es como el río que trae ese amor hasta nuestra tierra; y el Espíritu Santo es como el agua viva que entra en nosotros y nos da vida por dentro. Es un único amor, pero se nos regala como Padre que nos crea, Hijo que nos salva y Espíritu Santo que nos santifica.

San Pablo, en la segunda lectura, saluda a la comunidad cristiana con unas palabras que escuchamos muchas veces en la Misa: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros”. No es una fórmula bonita sin más. Es una síntesis de nuestra vida cristiana.

La gracia de Jesucristo: porque todo nos llega por Él.

El amor de Dios Padre: porque nuestra vida nace de ese amor.

La comunión del Espíritu Santo: porque el Espíritu nos une a Dios y nos une entre nosotros.

Aquí está también una consecuencia muy concreta de esta fiesta. Si Dios es comunión, nosotros no podemos vivir encerrados en nosotros mismos. Si hemos sido creados a imagen de Dios, estamos hechos para amar, para perdonar, para servir, para construir comunión.

La Trinidad no se cree solo con la cabeza. Se vive con el corazón y con las obras. Cada vez que una familia se reconcilia, allí hay una huella de la Trinidad. Cada vez que alguien perdona de verdad, allí hay una huella de la Trinidad. Cada vez que una comunidad parroquial acoge, acompaña, sirve a los pobres, reza unida y camina junta, allí se refleja algo del misterio de Dios.

Por eso esta fiesta nos hace una pregunta muy concreta: ¿mi vida crea comunión o crea división? ¿Mis palabras acercan o separan? ¿Mi manera de vivir ayuda a otros a conocer el amor de Dios?

Porque no basta con decir “creo en la Santísima Trinidad”. La fe en la Trinidad nos invita a vivir de otra manera: menos centrados en nosotros mismos, más abiertos al amor; menos duros en el juicio, más dispuestos a la misericordia; menos aislados, más fraternos.

El misterio de Dios es grande, sí. Pero se nos ha acercado de forma sencilla. Lo invocamos cada día cuando hacemos la señal de la cruz: “En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Quizá la hacemos demasiado deprisa, casi sin pensar. Pero en ese gesto está toda nuestra fe.

Al comenzar el día, nos ponemos en manos del Padre.

Al mirar la cruz, recordamos al Hijo que entregó su vida por nosotros.

Al seguir caminando, pedimos la fuerza del Espíritu Santo.

La señal de la cruz es como entrar en el hogar de Dios. Es recordar que no estamos solos, que venimos del amor de Dios, que somos salvados por Cristo y que el Espíritu Santo habita en nosotros.

Hermanos, hoy no intentemos encerrar el misterio de la Trinidad en nuestras palabras. Contemplémoslo. Agradezcámoslo. Dejémonos amar por Dios. Porque eso es lo primero: antes de hacer muchas cosas por Dios, dejarnos amar por Él.

Que el Padre nos haga sentir hijos amados.

Que Jesucristo, el Hijo, nos lleve de la mano hacia Dios.

Que el Espíritu Santo derrame en nuestros corazones el amor que nos hace vivir como hermanos.

Y que toda nuestra vida pueda ser una alabanza sencilla y verdadera, como hemos repetido en el salmo: “A ti gloria y alabanza por los siglos”. Amén.

Compartir en redes:

Noticias relacionadas

Vigilia León XIV

Monseñor Arturo Ros: «Los mensajes del Papa son Evangelio puro»

Religiosas catedral Virgen de Fátima

Hermana Andrea María, SCTJM: “La solemnidad del Sagrado Corazón está dedicada a rezar por los sacerdotes”

Jaime CECO Zaragoza

Jaime Gutiérrez, responsable de Pastoral para la Discapacidad: “En CECO, la oración nos ayuda a reconocer la voz de Dios, sobre todo cuando oramos en silencio”

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.