D. Álvaro Asensio Sagastizábal
Estamos celebrando, con gozo y alegría, como broche final del Año Jubilar 2025, la octava de la Navidad. Desde el 25 de diciembre hasta el 1 de enero celebramos, como en un único día, el nacimiento de Jesús. Dentro de esta octava, el domingo, ponemos nuestra mirada en la Sagrada Familia. Jesús nace en el seno de una familia. En estos tiempos en los que la institución familiar es puesta en crisis por muchas ideologías y también por las debilidades de los hombres, la Sagrada Familia de Nazaret se nos presenta como un modelo para redescubrir la familia como comunidad de amor, santuario de la vida y escuela de fe.
La familia, comunidad de amor
La familia es conocida como la iglesia doméstica desde la antigüedad, como esa pequeña Iglesia que, a imagen de la Trinidad vive en comunión de vida y amor como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Lo que decimos del Pueblo de Dios, lo podemos decir de la familia. La Iglesia es la familia de los hijos de Dios. El apóstol Pablo, en la carta que escribe a los cristianos de la ciudad de Colosas, nos presenta las virtudes de las que han de revestirse los miembros de la Iglesia para vivir formando un solo cuerpo: la misericordia entrañable, la bondad, la dulzura, la compresión… Éstas han de ser, también, las características que embellecen a cada uno de los miembros de nuestras familias para que seamos, de verdad, comunidad de amor cuyo signo más excelso es el perdón.
La familia, santuario de la vida
La familia es el lugar donde nace la vida y donde se acompañan todas las etapas de la vida humana: infancia, madurez, ancianidad. Cada momento de la vida necesita del acompañamiento familiar para que sea vivida en plenitud.
La infancia necesita del cuidado del padre, la madre y los hermanos para que el pequeño ser humano pueda desarrollarse y vivir en todas sus dimensiones. El evangelio de hoy nos presenta un momento decisivo en la vida de la Sagrada Familia en el que tiene que emigrar a un país extranjero para proteger la vida del pequeño Jesús. La defensa de la vida más pequeña e inocente ha de ser siembre una obligación de todo cristiano. A veces, incluso, tomando decisiones radicales, para salvar una vida.
Durante la etapa de madurez la mayor parte de los cristianos vivís vuestra vocación al matrimonio como el sentido más grande de vuestra vida. Desde el amor de los esposos y cariño y cuidado de los hijos se construye una nueva comunidad que anuncia al mundo la belleza del Evangelio, la belleza del Dios del Amor. En estos momentos es necesario afrontar las crisis con valentía, con humildad, dejándose ayudar, y con decisión para salvar ante todo el vínculo familiar.
En la ancianidad, cuando nos hacemos débiles y dependientes, el cariño y cuidado de los hijos se convierte en el mayor consuelo. La lectura del Libro del Eclesiástico nos decía: Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones, mientras viva; aunque flaquee su mente, ten indulgencia, no lo abochornes, mientras vivas. Palabras éstas que cobran gran actualidad ante la expectativa de vida cada vez mayor y el aumento exponencial de enfermedades seniles que vivimos en nuestras familias.
La familia, escuela de fe
La familia es el lugar donde aprendemos a reconocer a Dios como Padre y a la Virgen santísima como Madre. Nuestros padres nos ayudan a descubrir la paternidad de Dios. Nuestras madres, la dulzura y protección de la Virgen María. En la familia, también con los abuelos, aprendemos las primeras oraciones. Con ellos participamos por primera vez en las celebraciones de la Iglesia. Sin la familia, nuestra fe queda coja, no se puede entender. Cuidemos, hermanos, esta dimensión de fe, de piedad cristiana, en nuestros hogares.
Contemplar hoy a María, José y el Niño nos ayude a dar gracias a Dios por nuestras familias. Nos sirva para pedir su intercesión por todos nosotros y por todas las familias del mundo, especialmente por las que sufren dificultades de todo tipo.
Celebrar la Acción de Gracias, como nos exhortaba el Apóstol, nos haga ser más Cuerpo de Cristo, más Iglesia Doméstica, más imagen del Dios Trino, que es el Dios de la Misericordia entrañable. Que el Señor nos bendiga desde Sión y veamos la prosperidad de Jerusalén, todos nuestros días.
Álvaro Asensio Sagastizábal
Vicario General
Delegado Diocesano de Liturgia
