Este lunes, 11 de mayo, el Seminario de Corbán acogerá los actos organizados con motivo de la festividad litúrgica de san Juan de Ávila, patrono del clero español. Más de un centenar de presbíteros se darán cita para participar en este encuentro fraterno, como acción de gracias y reconocimiento a los sacerdotes por su ministerio. El programa de actos dará comienzo a las 12:30 horas con una Eucaristía concelebrada, presidida por el obispo, monseñor Arturo Ros. Y continuará con una comida fraterna en la que se rendirá homenaje a los presbíteros que celebran sus 25, 50 y 60 años de ministerio sacerdotal.
Natural de Castro Urdiales, Eusebio Arregui estudió y se formó en Bilbao, diócesis en la que recibió la ordenación sacerdotal en 1966. Este año, pues, conmemora sus bodas de diamante.
“Son 60 años de sacerdote -comenta con humor-, más los que estuve en el Seminario. Porque yo estuve en el Seminario de Bilbao. Me gusta decir que yo nací en la República independiente de Castrurdiales, porque los castreños somos muy castreños, ¿no? En aquella época, mi padre trabajaba en Bilbao, así que yo estudié en los jesuitas. Y, cuando acabé el bachillerato, en lo que se denominaba el preuniversitario, me fui al seminario. No pasé por el seminario menor. Pero estudié 8 años en el seminario”.
“Yo tengo que decir -confiesa- que realmente durante el bachillerato no estudié nada. O sea, yo era el clásico crío pequeño, que iba a su aire. Mi padre lo pasó fatal, porque sacaba unas notas malísimas. Luego, cuando entré en el Seminario, ya decidí ser bueno”, sonríe. “Entonces salió una beca del Banco de Bilbao -evoca-, y decidí que a mis padres no les iba a costar nada mi estancia en el Seminario. Fui, solicité la beca, y realmente salí adelante. Como saqué muy buenas notas, me mandaron a estudiar a Madrid”.

Retiro de jóvenes de Acción Católica
“El punto de partida -añade- fue un retiro de jóvenes de Acción Católica, en Deusto, que era donde vivíamos. Y una conciencia interior de que Dios me llamaba a ser como el cura que estaba dando el retiro. Yo tuve plena conciencia de que el Señor me llamaba. Y le dije que sí, claro. Le dije que sí. Pero yo, en aquel momento, tenía una circunstancia muy particular: era un estudiante de preuniversitario, y tenía novia. Así que el problema el problema se agudizaba. Entonces, hablé con el cura que daba el retiro, que era muy buen amigo mío. Luego la vida nos juntó en mi primer destino, en Algorta, porque él fue mi párroco, y me facilitó la posibilidad de hacer la carrera de periodismo”, explica.
“Él -prosigue- me dijo que no veía ningún inconveniente en que yo fuera sacerdote, que le parecía bien. Y que el problema estaba en que tenía que dejar a mi novia sin hacerle daño. Entonces, indudablemente Dios se metió por medio, las cosas salieron bien. Y vino un segundo problema, que fue aprobar PREU. Porque entonces el de preuniversitario era un examen público que se hacía en la universidad, y los de Bilbao teníamos que ir a Valladolid. Mi padre me dijo que, si no aprobaba, no iba al Seminario. Pero, gracias a Dios, aprobé”.
“Fui al seminario -apunta-, y creo que ese ha sido un momento importante en mi vida, porque ese amor juvenil, diríamos ese primer amor, me ayudó a tener muy clara en mi cabeza la realidad de que si yo no amaba a Dios como amaba a mi novia, no amaba a Dios. Y que la vocación era esto”.

Dar gracias a Dios
“A lo largo de la vida -indica-, ha habido altos y bajos en estos 60 años, indudablemente. Pero estoy muy contento con mi vida. Y, a pesar de mis fallos, no puedo hacer otra cosa que dar gracias a Dios, porque creo que después de las dificultades, Él me ha esperado como el buen pescador, ya que soy de puerto de mar. El buen pescador sabe que, cuando el pez ha mordido el anzuelo, es suyo. Si sabe pescar bien, no tira del hilo, porque entonces el pez hace resistencia y puede quitar el anzuelo”.
“He estado en la diócesis de Vizcaya en los momentos más duros: desde 1966 hasta el año 2000, prácticamente. Cuando a los 60 años piensas en tu vida, te das cuenta de que has obrado libremente, pero siempre con el hilo de la pesca, del gran pescador, que es Dios. Y yo tuve circunstancias dificilísimas. Mi obispo me mandó a estudiar a Madrid. Estudié en Comillas, con una beca. Tenía todos los estudios pagados, incluida la residencia. Y tuve la suerte de conocer a Agustín García Gasco, que luego fue cardenal de Valencia, pero entonces era un cura diocesano que estaba de profesor en el seminario”.
“A mi regreso a Bilbao –indica- había terminado el Concilio, y los seminaristas dejaron el seminario para pasar a las casas, así que cuando yo llegué ya no había seminario”. Su primer destino fue Algorta. Un total de 15 años, en los que vivió “una realidad maravillosa, pero complejísima. Tanto es así que en la parroquia se había fundado una escuela vasca, y había un cuartel de la Guardia Civil. Y en la catequesis teníamos a los chicos de la ikastola y a los hijos de la Guardia Civil. En la reunión de padres estaban todos”.

Sembrar
“En todos los momentos de mi vida sacerdotal -advierte-, los momentos álgidos, pero también en los momentos depresivos, que los hay, indudablemente, yo he visto la mano de Dios claramente. Y ahora, mirando hacia atrás, tengo la sensación de vértigo. Ese vértigo que te entra después de una excursión en la que has ido al monte, y cuando vuelves a casa y lo piensas, dices: me podía haber caído para atrás y ahí me quedo. Y, sin embargo, suavemente Dios te ha ido saliendo al encuentro. En Algorta tuve un grupo de personas fenomenales, todavía hoy nos seguimos juntando los matrimonios que empezamos entonces, los que quedamos, porque algunos ya se han muerto. Luego, en mi vida en Indauchu, en la parroquia del Carmen, pues igual. O cuando estuve en la radio”, afirma.
“El problema -señala- es pensar que eso es mío. Es una tontería. Tendrás la tentación de pensar que has hecho algo. Pero no es verdad. Yo no he hecho otra cosa que sembrar. Porque el que hace crecer es Dios. Yo le doy gracias a Dios porque me ha dado la fuerza para hacerlo y para pedir perdón por mis fracasos y por mis pecados. Porque una de las cosas más importantes es descubrir que los curas somos pecadores. Y que esto a Dios no le asusta. Lo bueno es que a Dios lo que le hace gracia es que seamos alegres”, concluye.
