El infierno es la cristalización eterna de la situación de condenación de los que mueren alejados por voluntad propia del plan divino de salvación de la humanidad realizado en Jesucristo. Dios no quiere la condenación de nadie, sino que todos se salven. Cristo salvó ya objetivamente a todos los hombres con su muerte y su resurrección. Es justo, entonces, esperar y desear que se realicen los deseos de salvación de Dios sobre todos los hombres: ésta es la certeza que proviene del valor universal de la Pascua de Cristo. Pero también es justo hablar del infierno para comprender que el mensaje evangélico no es un optimismo fácil, sino el esfuerzo salvífico realizado por la gracia divina, que requiere la colaboración de la naturaleza humana restaurada, para hacer perseverar al hombre en una fe activa a fin de alcanzar la eterna bienaventuranza, El infierno es entonces la posibilidad negativa de que alguien pueda perder culpablemente la salvación eterna.
Permanecer separado de Dios para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que, en resumen, se designa con la palabra infierno. CEC, n. 1033.