Homilía XXV Domingo del Tiempo Ordinario, por Ricardo Alvarado del Río, vicario episcopal para la Acción Caritativa y Social

Ilmo. Sr. D. Ricardo Alvarado Del Río

Ricardo Alvarado del Río

Queridos hermanos:

Hay algo muy humano dentro de nosotros que nos lleva continuamente a comparar y a llevar cuentas: quién ha trabajado más, quién se ha sacrificado más, quién merece más reconocimiento, quién ha recibido más que nosotros. Incluso en nuestra relación con Dios podemos terminar haciendo cálculos: Yo he cumplido, he rezado, he servido durante años… Por tanto, Dios tendría que tratarme mejor.

Y entonces Jesús nos cuenta esta parábola provocadora. Un propietario sale a contratar trabajadores a distintas horas del día: al amanecer, a media mañana, al mediodía, por la tarde y hasta casi al terminar la jornada. Y cuando llega el momento de pagar, todos reciben lo mismo.

Nuestra primera reacción puede ser la misma que la de aquellos trabajadores que soportaron todo el peso del día: ¡No es justo! Pero el propietario no ha sido injusto con ellos. Les entrega exactamente lo acordado. El problema no está en lo que ellos reciben, sino en que no soportan que los últimos sean tratados con tanta generosidad.

La pregunta del propietario desenmascara su corazón y también el nuestro: ¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?

Jesús no está ofreciendo una enseñanza sobre los contratos laborales. Nos está mostrando cómo es el corazón de Dios. Y el amor de Dios no funciona según nuestros cálculos. El Reino de Dios no es una meritocracia; es gracia. No es el premio que reciben los perfectos, sino el don que acogen los que se dejan encontrar y amar por Dios*.

El denario de la parábola representa aquello que Dios desea entregar a todos: su amor, su perdón, su amistad, la vida eterna. Y ese amor no se puede dividir en porciones. Dios no puede amarnos a medias. No ama más al que llegó primero ni desprecia al que llegó tarde. A cada uno le ofrece todo su corazón.

Quizá algunos llevamos muchos años en la Iglesia. Hemos procurado ser fieles, hemos rezado, hemos colaborado y servido. Demos gracias a Dios por ello. Pero tengamos cuidado de no convertir nuestra fidelidad en un título de propiedad, como si Dios nos debiera algo. Haber trabajado desde la primera hora no es una carga ni una desgracia. Es el regalo de haber vivido toda la jornada junto al Señor.

Otros quizá han llegado más tarde. Tal vez se alejaron de Dios, tomaron caminos equivocados o han descubierto la fe después de muchas heridas y tropiezos. También para ellos sale el Señor a la plaza. También a ellos los busca, los llama y los recibe. Para Dios nunca es demasiado tarde. Mientras haya vida, siempre queda una hora en la que podemos escuchar su voz y comenzar de nuevo.

Por eso dice Isaías: Buscad al Señor mientras se deja encontrar; invocadlo mientras está cerca. No dejemos para mañana nuestra conversión. No pensemos que ya no tenemos remedio, que hemos llegado demasiado tarde o que Dios se ha cansado de nosotros. El salmo nos lo recuerda: Cerca está el Señor de los que lo invocan. Cerca del que cree, pero también del que duda; cerca del que permanece fiel y del que regresa herido; cerca del que lleva toda la vida trabajando y del que acaba de descubrir su llamada.

Pero el profeta también nos advierte: Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos. Y es verdad. Nosotros establecemos categorías; Dios abre puertas. Nosotros levantamos muros; Dios sale una y otra vez a buscar. Nosotros recordamos el pasado de las personas; Dios contempla aquello que todavía pueden llegar a ser. Nosotros calculamos merecimientos; Dios responde con misericordia.

Crecer en la fe significa aprender a mirar como mira Dios. Alegrarnos cuando alguien vuelve, cuando alguien encuentra su lugar, cuando una persona recibe una nueva oportunidad. La señal de que hemos comprendido el Evangelio no es que nos sintamos mejores, sino que deseamos que todos puedan conocer la misma misericordia que nosotros hemos recibido.

San Pablo nos ofrece hoy el criterio decisivo:  Para mí la vida es Cristo. No dice: Para mí la vida es tener razón, ser reconocido o recibir más que los demás. Dice: La vida es Cristo. Y cuando Cristo ocupa verdaderamente el centro, dejamos de competir y comenzamos a servir; dejamos de medir y aprendemos a agradecer; dejamos de preguntar ¿qué me corresponde? y empezamos a preguntarnos  ¿a quién puedo acercar hoy al amor de Dios?.

El gran tesoro no consiste en ser los primeros. El gran tesoro es que Dios es bueno. Que su misericordia no se agota. Que sigue saliendo a buscarnos a cualquier hora. Que nadie queda excluido de su llamada.

Pidamos al Señor un corazón libre de comparaciones y de envidias; un corazón agradecido por todo lo recibido y alegre por el bien de los demás. Y pidámosle que nuestra fe no sea una colección de méritos, sino una respuesta de amor. Porque quien ha descubierto que todo es gracia ya no vive reclamando privilegios: vive dando gracias, sirviendo y anunciando con alegría que también hoy Dios continúa saliendo a buscar a todos.

¡Feliz Día del Señor!

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