Homilía XXI Domingo del Tiempo Ordinario, por Ricardo Alvarado del Río, vicario episcopal para la Acción Caritativa y Social

Homilía 23 agosto 26

Ilmo. Sr. D. Ricardo Alvarado Del Río

Ricardo Alvarado del Río

Hermanos:

Hay preguntas que se responden con datos y otras que solo pueden responderse con la vida. Jesús pregunta hoy a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”. Ellos contestan fácilmente: Juan el Bautista, Elías, Jeremías o alguno de los profetas. Repiten lo que han escuchado decir a otros.

Pero Jesús da un paso más: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”.

Esta pregunta ya no permite esconderse detrás de las opiniones ajenas. Jesús no pregunta qué hemos leído sobre él, qué aprendimos en la catequesis o qué escuchamos en una homilía. Nos pregunta personalmente: “Para ti, ¿quién soy yo? ¿Qué lugar ocupo en tu vida? ¿Soy alguien a quien recuerdas de vez en cuando o aquel en quien apoyas tu existencia?”.

Pedro responde: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. No pronuncia una fórmula aprendida de memoria. Habla desde lo que ha vivido junto a Jesús: lo ha escuchado, ha visto sus gestos de misericordia, ha contemplado cómo se acercaba a los enfermos y perdonaba a los pecadores; ha rezado con él y ha comenzado a amarlo. Su confesión nace de una experiencia.

También nuestra fe necesita pasar de lo aprendido a lo vivido. No basta con saber cosas acerca de Jesús. Necesitamos encontrarnos con él; descubrir que sostiene nuestra vida, que nos perdona cuando caemos y que no nos abandona cuando todo parece oscuro. Solo entonces podremos decir de verdad: “Tú eres el Mesías. Tú eres mi Señor. Sin ti, mi vida pierde su centro”.

Jesús responde a Simón: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Pedro no era perfecto. Era generoso, pero también impulsivo; prometía mucho y, en el momento de la prueba, tendría miedo y negaría a Jesús. Sin embargo, el Señor confía en él. No porque Pedro sea una roca por sus propias fuerzas, sino porque ha puesto su confianza en Cristo.

Esto también nos consuela. Jesús no construye su Iglesia con personas impecables, sino con hombres y mujeres frágiles que se dejan amar, perdonar y transformar. Con nosotros, tal como somos. Cada uno está llamado a ser una piedra viva. Tal vez una piedra pequeña, poco visible, pero necesaria para sostener a los demás.

Ahora bien, una piedra aislada no construye nada. Puede ser hermosa, fuerte y valiosa, pero, si permanece sola, no forma una casa. Para levantar unedificio, las piedras deben permanecer unidas y bien apoyadas sobre el mismo fundamento, que es Cristo.

Por eso hoy pedimos el don de la unidad y de la paz para la Iglesia. La unidad no significa que todos pensemos igual en cada asunto ni que desaparezcan las diferencias. Significa reconocer que tenemos un mismo Señor, una misma fe y una misma misión. Significa no convertir nuestras preferencias en muros, no tratarnos como adversarios y no olvidar que quien está a nuestro lado también ha sido llamado y amado por Dios.

A veces podemos herir la comunión con críticas destructivas, desconfianzas, rivalidades o pequeños enfrentamientos. Podemos preocuparnos tanto por demostrar quién tiene razón que terminemos olvidando a Cristo. Y una Iglesia dividida difícilmente puede anunciar al mundo la reconciliación.

El ministerio confiado a Pedro, y continuado en sus sucesores, es precisamente un servicio a esa unidad. Las llaves de las que habla Jesús no son un privilegio para dominar, sino una responsabilidad para cuidar, confirmar en la fe y mantener abierta la casa de Dios. Oremos por el Papa, para que el Señor lo sostenga en su misión de reunir a la Iglesia y de ayudarla a permanecer fiel a Cristo.

El salmo nos ofrece hoy una certeza preciosa: “Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos”. La Iglesia es obra de sus manos, aunque esté formada por las nuestras, tantas veces débiles. Y también cada uno de nosotros es obra de Dios. Él no abandona lo que ha comenzado.

Pidámosle que haga de nosotros piedras vivas: no piedras para arrojar contra los demás, sino piedras que sostengan; no piedras que hagan tropezar, sino piedras sobre las que otros puedan descansar.

Y que nuestra vida entera pueda responder a la pregunta de Jesús: “¿Quién decís que soy yo?”. Que nuestras palabras, nuestras decisiones y nuestra manera de tratar a los demás proclamen con Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”.

¡Feliz día del Señor!

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