Jesús Casanueva Vázquez
Emeterio y Celedonio, oriundos de Calahorra, sufrieron en esa ciudad el martirio durante la persecución de Diocleciano, en torno al año 298. Militaron en las legiones romanas, pero abandonaron, profesando públicamente la milicia de Cristo. Llevados ante el tribunal, confiesan su fe y son atormentados en la cárcel por algún tiempo. En las afueras de la ciudad, junto al río Cidacos, afluente del Ebro, sufrieron el martirio, siendo decapitados un 3 de marzo, y allí fueron sepultados.
Las reliquias de los Santos Mártires fueron traídas a Cantabria, como otras tantas, en la Alta Edad Media por razones de seguridad, defendiéndolas de las incursiones árabes, y estuvieron ocultas bajo la actual “iglesia baja” de la Catedral. En unas excavaciones realizadas en 1531 se hallaron y se encerraron en los actuales relicarios para la veneración al culto en el templo donde reposan.
La devoción a los Santos Mártires no sólo afecta a la ciudad de Santander, que toma su nombre de San Emeterio, sino también a la Región. El Papa Pío VI, a petición del Obispo Menéndez de Luarca, en Breve del 30 de septiembre de 1971, los declaró Patronos de la Diócesis.
(Tomado de la introducción del propio de los santos de la Diócesis de Santander).
Este domingo celebramos en nuestra Diócesis de Santander la solemnidad de los Santos Mártires, San Emeterio y San Celedonio, cuyas reliquias se conservan en la Iglesia de El Cristo, bajo la catedral de la Diócesis.
Su testimonio nos recuerda que la fe que vivimos hoy se cimienta sobre las vidas de miles de personas que anunciaron y vivieron el evangelio sin miedo, sin complejos, en situaciones difíciles, confiados únicamente en la gracia de Dios y en su promesa.
En sus tormentos ellos miraban a Jesús crucificado dando la vida por la salvación del mundo, pero también a Jesucristo glorioso y resucitado en el cielo abriendo sus brazos de luz para acoger su martirio.
Recientemente hemos tenido el gozo de vivir la visita de León XIV a nuestro país. El lema de esta visita era “Alza la mirada”, y se nos invitaba a volver a mirar al Señor para caminar sin miedo en la vida. Caminar sin miedo hacia el futuro, sin miedo a los demás; caminar sin miedo hacia el prójimo que está en las cunetas de la vida por mil y una razones; caminar sin miedo en la duda, en las persecuciones, en el dolor y el sufrimiento; caminar sin miedo con los ojos fijos en Jesús.
Cuando el Señor nos dice en el evangelio “No tengáis miedo a los matan el cuerpo pero no pueden matar el alma”, lo que nos está señalando es que nuestras vidas están ya en las manos de Dios. Cuando vivimos entregados a Él, la vida terrenal se convierte en camino hacia la plenitud de la vida con Dios. Vivimos así, no abandonados de Dios, sino abandonados en Él, en un acto de suprema libertad que nos lleva a entregar la propia vida si es preciso.
El miedo es un sentimiento muy humano, pero no puede ser lo que decida nuestra vida. Son muchas las veces en que Jesús nos dice en el evangelio “no tengáis miedo”, porque el miedo nos impide arriesgarnos a mirarle para seguirle.
Que la intercesión de los Santos Mártires nos ayude a levantar nuestra mirada otra vez hacia el Señor, para seguirle, para amarle, para abandonarnos plenamente en su proyecto de amor hacia los hombres.
