Hace una semana, lunes 14 de septiembre, el padre Franceso Ielpo, O.F.M., Custodio de Tierra Santa, firmaba en Santo Toribio de Liébana el acta de hermanamiento de la Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén con el monasterio franciscano donde se venera la reliquia más grande de la Cruz de Cristo –Lignum Crucis– que se conserva en la actualidad.
Su llegada a la Diócesis de Santander había tenido lugar el viernes anterior, día 11. Ese día se cercó al Santuario de la Virgen Bien Aparecida para rezar a los pies de la patrona de la Diócesis. A continuación, se trasladó a la parroquia de Colindres, donde ofreció su testimonio, y presidió una Eucaristía. El sábado 12, por la mañana, realizó una visita a la localidad de Santillana del Mar (en la imagen inferior, visitando una comunidad de monjas contemplativas). Y, por la tarde, en el Santuario de la Virgen de la Barquera, habló de los cristianos en Tierra Santa. Y celebró una Misa en la que recibió el nombramiento de Cofrade de Honor de la Virgen de la Barquera.
El domingo 13, en la Catedral de Santander, fue el encargado de presidir la Misa de las 12:00 horas, por la mañana, y el rezo de Vísperas, por la tarde. Previamente, había ofrecido su testimonio en la Sala Manuel Sánchez Monge, en presencia del obispo, monseñor Arturo Ros, el vicario general, Álvaro Asensio, y el vicario episcopal para la Acción Caritativa y Social, Ricardo Alvarado.
El perdón de Dios precede al nuestro
En las homilías de las eucaristías dominicales (en la imagen inferior, en San Vicente de la Barquera), en alusión al Evangelio proclamado, el padre Ielpo se centró en el perdón. “Dios no ha hecho cálculos con nosotros. Esta es la raíz del perdón cristiano”, aseguró. “No perdonamos porque el otro lo merezca. No perdonamos porque aquello que nos ha hecho deje de dolernos de repente. Y tampoco perdonamos porque tengamos que convencernos de que el mal no es realmente un mal. Perdonamos porque hemos sido perdonados”, ya que “el perdón de Dios precede al nuestro. Y se convierte en la medida del nuestro”.
Reconoció que “una de las tentaciones más sutiles” de nuestra vida cristiana es “separar nuestra relación con Dios de nuestra relación con los hermanos. Podemos rezar, celebrar la Eucaristía, pedir perdón a Dios, recibir su misericordia y después salir de la iglesia conservando celosamente nuestros rencores. Podemos pedir a Dios comprensión para nuestras fragilidades y ser inflexibles ante las fragilidades de los demás. Podemos esperar que Dios tenga una paciencia infinita con nosotros y decidir que nuestra paciencia con alguien ya se ha agotado”. Pero, aseguró, “esto no es posible. El movimiento de la misericordia no puede detenerse en nosotros”.
“Perdonar -aclaró- significa, al menos, comenzar a decir: el mal que he recibido no tendrá la última palabra sobre mí. No permitiré que quien me ha herido siga viviendo dentro de mí a través del rencor. No devolveré necesariamente el mal que he recibido. No haré de la deuda del otro la medida de toda su persona”.
Ensanchar el espacio del perdón
“En Tierra Santa”, explicó, “cada uno conserva la memoria de sus propias heridas, de las injusticias sufridas, de sus víctimas, de sus propias razones. Y muchas de estas heridas son reales y profundas. Pero si cada herida genera únicamente una nueva deuda que cobrar, si cada mal tiene que ser devuelto con otro mal, nunca saldremos de esta situación. La cuenta nunca quedará saldada. Seguirá pasando de generación en generación. Alguien tiene que tener el valor de romper la cadena”, exhortó.
“Una de las vocaciones más necesarias de los cristianos en esta tierra”, señaló, es “ensanchar el espacio del perdón. No negar la justicia, no ocultar la verdad, sino dar testimonio de que la justicia por sí sola no basta para reconciliar a los hombres. De la justicia entendida como exigencia de saldar la deuda ya hablan muchos. El discípulo de Jesús debe tener el valor de introducir en el mundo algo diferente: la gratuidad”. Por eso, concluyó recordando cuánto necesitamos el perdón “en nuestras fraternidades, en nuestras familias, en nuestras comunidades” y “en la amada y herida Tierra Santa” (En la imagen inferior, en la Misa celebrada en el Monasterio de Santo Toribio de Liébana).
En este link se puede consultar el texto íntegro de la homilía pronunciada en la Catedral de Santander. Y, en este otro, la de la Misa que tuvo lugar al día siguiente, lunes 14, en el monasterio de Santo Toribio de Liébana.
Presencia de la Custodia
En su testimonio, relató que la Custodia está presente en Tierra Santa, Líbano y Siria: un total de 280 frailes procedentes de 49 países del mundo. Sin embargo, la población cristiana está disminuyendo, debido a una elevada emigración. En Israel, «la creciente radicalización del clima social y político en Israel», junto con el «aumento de la criminalidad» hacen que «resulte difícil vivir», mientras que en Palestina la causa principal es económica. En Líbano, se vive «una situación dramática» con la población desplazada, que no encuentra alojamiento o acogida. Siria «vive un momento de gran incertidumbre respecto a su futuro, marcado por una fuerte inestabilidad». Y «la realidad de Cisjordania» está «caracterizada por la continua aprobación de nuevos asentamientos y por la persistencia de ataques, violencias y actos de abuso».
A su juicio, se ha radicalizado la polarización. «En cualquier encuentro o iniciativa, la primera pregunta -explícita o implícita-es siempre: ¿de qué lado estás?». Esto significa «considerar al otro un enemigo, alguien a quien eliminar sin demasiados escrúpulos», para lo que «antes es necesario deshumanizarlo». Ante esto, la Iglesia «es una realidad que desea el bien para todos«.
En esta situación, «hoy, más que nunca, la palabra más verdadera es la que nace de la presencia: de permanecer al lado». «La Iglesia -y de manera particular la Custodia de Tierra Santa- siempre ha tratado de mantener una presencia, de no abandonar, incluso cuando parecía imposible hacer algo o decir algo». Porque «custodiar Tierra Santa, los Santos Lugares, no significa solamente mantener unos santuarios, sino ser una presencia fiel, constante, que no se rinde«.
El victimismo, prosiguió, es otro de los desafíos de la polarización. «La palabra de la Iglesia consiste más bien en denunciar las injusticias y las violaciones de los derechos humanos, sin entrar por ello en la espiral del odio y de la violencia, sin transformarse, de víctimas, en verdugos». Algo que intentan conseguir a través de «una educación cada vez más profunda en la fe». El trabajo educativo, comentó, es un «trabajo sobre las conciencias», porque «en la educación se juega el tema de la conciencia y de la responsabilidad personal«.
Una tercera consecuencia de la polarización son las relaciones, que se han enfriado. «Las relaciones se convierten en un tema central en todo este contexto. En particular, las relaciones con las otras Iglesias. La Iglesia latina, es decir, la Iglesia católica, vive de hecho en una relación constante con las demás Iglesias presentes en el territorio». Y concluyó remarcando que «el diálogo no es simplemente una premisa de la evangelización: es ya evangelización«.




