Este sábado, 7 de noviembre, la S.I.B. Catedral de la Asunción de Santander acogerá la ceremonia de beatificación de 80 mártires del siglo XX de la diócesis. Una solemne Eucaristía que estará presidida por el cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos, en representación del Santo Padre. Y que contará con momentos especiales. Como la lectura del Decreto de beatificación, firmado por el Papa León XIV. O el descubrimiento de un cuadro que representa a los nuevos beatos de la Diócesis.
Se trata de una obra del pintor santanderino Indalecio Sobrino, “una persona dedicada al arte de la pintura”, como él mismo se define. “Es algo que he hecho desde que era niño: no recuerdo cuando empecé a dibujar. Hay fotos mías dibujando con cuatro o cinco años”.
“Este cuadro que representa a los nuevos beatos -explica- surge de un encargo de la delegación para las Causas de los Santos. A mí me pareció una idea extraordinaria. El ser humano es la base de toda mi obra artística y, lógicamente, reflejar a una serie de personas que transmiten una sensación tan concreta y tan espiritual, me parecía un desafío”.
Indalecio Sobrino confiesa que “el proceso creativo ya lleva unos cuantos meses, bastantes. Creo que el primer boceto que hice tratando de dar una idea, para consensuar las dimensiones o el formato, data de mayo o junio de este año. Estuvimos viendo el lugar de ubicación permanente que el cuadro iba a tener en la Catedral, para adecuarlo a ese espacio. La verdad es que, cuanto más grande fuera el lienzo, más posibilidades tenía yo de desarrollar la escena”, sonríe.
“Una vez determinado el espacio donde se iba a colocar, y sus dimensiones, me dediqué a conseguir documentación. Íbamos a retratar a sacerdotes y seglares que sufrieron un martirio bastante inicuo, y había que tratar de reflejar lo más posible su fisonomía real. Pero no hay una persona viva, por muy parientes cercanos que fueran, que recuerden su fisonomía. Así que tuvimos que buscar fotos. Tampoco aquella era una época en la que las fotos estuvieran muy extendida, pero sirvieron para darme una idea muy estática del personaje”.
Reconoce que esas imágenes “estaban hechas en unas circunstancias bastante más amables que las que vivieron, que es lo que se trata de reflejar en el cuadro”. A esto se añade el hecho de que “a esas fotos, tenía que darles una expresión, interpretarlas. Porque, en muchas de ellas, más que un rostro, había un montón de puntos en los que no se conseguía saber si llevaba gafas, si no llevaba gafas, si el pelo era blanco…”.
A pesar de todo, “con un poco de calma, he ido reconstruyendo rostro a rostro, dándoles la luz y la expresión que requería la escena, una labor mucho más artística mía”. Insiste en que, “sobre todo, he querido transmitir una sensación de paz. Esa paz que concede la fe ante un destino horrible. Esa fe indudable que tenían todos estos sacerdotes y seglares. He intentado, dentro de la tragedia que vivieron, mostrar que la aceptaron con mucha esperanza. La esperanza que da la fe”.
Luminosidad y paz
“Yo quería reflejar rostros relajados –insiste-, en algunos casos incluso sonrientes, en otros preocupados; que, a través de cada uno de ellos, se expresaran distintos estados de ánimos, pero en ningún caso la desesperanza”.
El cuadro, que se descubrirá tras la lectura del Decreto que declara a los Siervos de Dios ya beatos, “presenta como elemento central una exposición de la Custodia, que, de alguna forma, sirve de luz, ya que representa la presencia de Jesucristo. Y ofrece una especie de iluminación total del cuadro. Una luz que se irradia hacia todas las figuras, de manera que todas están iluminadas partiendo de ese foco”.
Además, prosigue, “las actitudes son diversas. Están alrededor de una mesa, porque tenía que situarles en un sitio concreto. Y en esa mesa hay una serie de símbolos, como la palma del martirio, el cáliz, el pan, que representan distintos elementos de la religión”. Aunque “el fondo es un poco tenebroso”, ya que “en él está el barco prisión que, de alguna forma, supuso el último destino de muchos de ellos”.
Asegura que “en el cuadro se ven todos los rostros que yo he tratado. He pretendido que no parezca una orla, con una serie de retratos colocados, sino como la reunión de una serie de personas que sufrieron un destino tremendamente injusto y trágico, y lo encararon con una fe encomiable”.
Ese interés de Sobrino por la figura humana, que ha sido la temática fundamental de su obra, “ha sido un factor más, muy importante, en esta pintura de carácter más espiritual”. Algo que ya se reveló en la última posición que realizó, con pinturas que mostraban el día a día de los monjes del monasterio palentino de Dueñas. “Tengo 86 años, así que estoy desarrollando una especie de epílogo”, concluye.

