Homilía XXX Domingo del Tiempo Ordinario, por Ricardo Alvarado del Río, vicario episcopal para la Acción Caritativa y Social

Homilía XXX Domingo TO 2026

Ilmo. Sr. D. Ricardo Alvarado Del Río

Ricardo Alvarado del Río

Hay una pregunta que nos conviene hacernos de vez en cuando: con tantas ocupaciones, tantas preocupaciones y tantas cosas pendientes, ¿estamos cuidando lo más importante?

En el Evangelio, un maestro de la ley pregunta a Jesús cuál es el mandamiento principal. Jesús responde que debemos amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente. Y añade enseguida: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Nos muestra así dos amores que han de crecer unidos en nuestra vida.

Para responder, Jesús acude a una oración que los creyentes de su pueblo recitaban por la mañana y por la tarde: el Shemá. Comienza con estas palabras: «Escucha, Israel». Desde esa escucha se aprende a amar a Dios.

Y esto tiene mucho que decirnos. Porque escuchar a Dios es dejar que su palabra entre en nuestras decisiones, en nuestra manera de hablar, en el trato que damos a los demás. Cuando rezamos de verdad, vamos aprendiendo a preguntarle: «Señor, ¿qué quieres de mí en esta situación? ¿Cómo puedo amar aquí?».

La primera lectura nos ayuda a comprenderlo. Dios habla del emigrante, de la viuda, del huérfano, del pobre. Y se detiene en un detalle muy humano: si alguien ha recibido como garantía el manto de un pobre, debe devolvérselo antes de que llegue la noche, porque lo necesita para cubrirse. Dios se preocupa por el frío que va a pasar esa persona. Escucha su sufrimiento y pide que los demás respondan.

Qué cerca está Dios de la vida. De una noche sin abrigo. De una mesa sin comida. De alguien que tiene miedo porque está solo.

Y nosotros, que queremos amarle, estamos llamados a acercarnos también.

Pensemos en una escena sencilla. Una hija llega a visitar a su madre mayor. Viene cansada, tiene asuntos pendientes y mira varias veces el reloj. Su madre empieza a contarle algo que ya le ha contado otras veces. A la hija le sale decir: «Mamá, eso ya me lo has dicho».

Pero se detiene. Mira a su madre, deja el móvil y se sienta a su lado. Le pregunta cómo ha pasado la noche. La escucha un rato más.

Aparentemente, ha hecho muy poco. Sin embargo, su madre se queda con algo precioso: la certeza de que su vida sigue importándole a alguien.

El amor toma cuerpo en esos momentos pequeños, cuando hacemos sitio a una persona dentro de nuestro día.

Muchos de vosotros sabéis bien lo que significa. Cuidáis de un familiar, acompañáis una enfermedad, sostenéis a alguien que está pasando una mala temporada. A veces estáis agotados y apenas encontráis palabras para rezar. Podéis presentar al Señor ese cuidado, con su ternura y también con su cansancio. Él conoce lo que cuesta seguir estando ahí. Y vosotros también necesitáis compañía, descanso y ayuda.

Ese amor se extiende desde nuestra casa hacia quienes encontramos fuera: el vecino que ha enviudado, la persona que llega de otro país y necesita orientación, la familia que pide ayuda en Cáritas y teme sentirse juzgada. Cada uno tiene una historia que merece ser escuchada.

Jesús nos ofrece una medida muy sencilla: tratar a los demás como desearíamos ser tratados. Antes de responder con dureza, podemos detenernos y pensar: «Si yo estuviera pasando por esto, ¿qué necesitaría? ¿Cómo me gustaría que me hablaran?».

Esa pregunta puede cambiar muchas conversaciones. Puede ayudarnos a ser más justos, más pacientes y más humanos.

San Pablo nos presenta hoy a los cristianos de Tesalónica. Habían acogido el Evangelio en medio de grandes dificultades y su manera de vivir se había convertido en ejemplo para otros. El encuentro con Jesucristo había cambiado sus prioridades y había dado a su comunidad una nueva forma de vivir.

También nosotros podemos dar ese testimonio. Nuestra parroquia anuncia el Evangelio cuando alguien encuentra entre nosotros una ayuda, una acogida sincera, una persona dispuesta a escuchar.

Y para vivir así necesitamos volver continuamente al Señor. Necesitamos dejarnos querer por él, recibir su perdón y alimentarnos en la Eucaristía. Aquí aprendemos de Jesús, que se entrega por nosotros y nos da fuerzas para entregarnos.

Hoy, al comulgar, podemos traer al corazón un rostro concreto. Quizá el de alguien a quien llevamos tiempo dejando para después. Y pedir la gracia de dar esta semana un paso: una visita, una llamada, una ayuda, una disculpa sincera.

Hemos repetido en el salmo: «Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza».

Hagamos de esas palabras nuestra oración:

Señor, tú sabes que te queremos y sabes cuánto nos cuesta amar algunas veces. Danos un corazón que escuche. Ayúdanos a reconocer a quien nos necesita. Y que el amor que hoy recibimos de ti llegue, a través de nosotros, a la vida de alguien.

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