Óscar Lavín Aja
El lema episcopal de nuestro obispo D. Arturo es «properate ad veniam offerre», que se traduce por «apresúrense a perdonar» (y en valenciano «Afanyeu-se a perdonar»). Estas palabras las pronunció su abuelo antes de salir de la casa familiar para morir fusilado en nuestra guerra civil.
Hoy Jesus nos pide en el evangelio perdonar de corazón a nuestro hermano. ¿Qué significa para un judío la palabra “corazón”? En la lengua y la cultura hebrea-judía, la palabra corazón (lev o levav, לֵב / לֵבָב) no representa principalmente la sede de las emociones pasajeras, sino el centro de control de la persona, donde residen el pensamiento, la voluntad, las decisiones y las intenciones. Para un judío no hay dos partes en el ser humano que están separadas (así pensaban los griegos). El corazón es la unión de pensamientos, voluntad-deseos, decisiones, memoria, intenciones, emociones…
Cuando nos hacen daño, o hacemos daño nosotros, aparece en nuestra vida el dolor. Este dolor SE METE en el CORAZÓN. La primera lectura nos habla de ira, rencor, resentimiento. Cuando hacemos el mal a nuestros semejantes aparece en el corazón estas realidades. ¿Y qué nos pasa cuando aparecen estos sentimientos y pensamientos iracundos y rencorosos? Que se apoderan de nuestro corazón, esto es, de nuestros pensamientos, imaginaciones, sentimientos, emociones, voluntad y deseos, acciones… Seguramente todos hemos conocido a alguien con rencor. Toma sus recuerdos, sus percepciones de la vida y de los demás, tiñe todo de rencor, tristeza y pesimismo. Sólo le queda “sanar el corazón”. Cuando el rencor persiste y escuchas mucho al amigo de verdad, uno siente que eso es un torbellino que te arrastra a esa tristeza y oscuridad vital.
Pero… podemos entender el evangelio de hoy como un mandato imperativo moral:
“YO tengo que perdonar”, “YO tengo con mis fuerzas que perdonar porque ME lo manda Dios” “Si no perdono YO estoy desobedeciendo a Dios, y eso esta mal”… ¨y así YO me sentiré culpable¨. ¨Y si ME cuesta perdonar sentiré que lo que ME pide Dios es muy difícil, imposible en algún caso grave, y por lo tanto YO abandono la exigencia de tal empresa de perdonar.
En la parábola de este domingo, el Señor nos des-vela la realidad más profundamente. Dios perdona todo y siempre en su entrañable e infinita misericordia. Así, SU AMOR nos sana, nos ayuda a que cada uno en su proceso y en sus tiempos pueda sanar el corazón. No por IMPOSICIÓN MORAL sino por AMOR MISERICORDIOSO de Dios a todos nosotros. Este amor de Dios es la vida de Dios que PROVOCA el amor al hermano.
Sin Dios, YO asumo un IMPERATIVO MORAL, que muchas veces me parece irrealizable. El perdón al hermano comienza experimentando el amor del mismo Dios hacia nosotros en nuestras limitaciones, fragilidades y pecados conscientes. La salud del corazón comienza por DEJAR-SE AMAR por DIOS. Hay que mirar mucho a Jesucristo en la cruz, hablar con Él en la oración de nuestras luchas, rencores e iras… y dejarse mirar por ÉL. Celebrar el misterio de la Eucaristía. El amor que se entrega en CUERPO y de derrama en SANGRE para el perdón de todo nuestro mal y pecado. Y… una cosa que hemos dejado hacer ¡¡CONFESARNOS!! En este sacramento Dios se hace presente en nuestros pecados! La materia donde se hace presente el amor de Dios son los pecados que expresa la boca y des-vela el corazón de las personas. Esto forma parte de esta lógica-locura de Dios. ¿Dios se hace presente en el pecado arrepentido? ¡SÍ!
Las palabras del abuelo de D. Arturo son las palabras del mismo Dios que se manifestó en sus labios, en su mente y en su corazón. Seguramente él era consciente de la lucha, que a su mujer y a sus hijos, les esperaba en la vida con su muerte. Era la lucha de perdonar DE CORAZÓN.
Leonardo Boff en su libro “los sacramentos de la vida” tiene una expresión que a mí me ayuda mucho. La vida tenemos que vivirla y sentirla de manera que podamos experimentar que TODO es una TRANSPARENCIA de Dios. Que vemos a Dios en las mismas cosas, personas y acontecimientos. Esto es realmente difícil muchas veces, pero a esta mística estamos llamados a vivir. La oración y la lucha de la vida nos llevan a esta hermosa aventura de “pelear y buscar el misterio de Dios”. Por eso aquellas palabras de D. Arturo Ros Montalt fueron transparencia del mismo Dios en la vida de su familia. Entre Jesús de Nazaret y D. Arturo (abuelo) hay XX siglos de distancia, pero una misma verdad: PERDONA DE CORAZÓN A TU HERMANO.
