El próximo 11 de septiembre se cumple el primer aniversario de la llegada a la diócesis de Santander de los tres frailes franciscanos que integran la comunidad del Monasterio de Santo Toribio de Liébana. El superior, padre Rafael Rizo, OFM, se convertía así en el custodio del Lignum Crucis, la reliquia de la Cruz de Cristo más grande que se conserva en estos momentos en el mundo.
“Como responsable del Monasterio -explica-, soy el guardián. Y supone una gran responsabilidad: velar la Cruz, atender el área pastoral y la vida comunitaria, a nivel fraterno. Saber custodiar, saber velar por el bien común de los frailes, y por la vida pastoral, además de la administración. Todo ello, en fraternidad. Eso es lo que involucra ser responsables de esta gran reliquia de primerísimo grado de la Cruz de nuestro Señor Jesucristo”. Pero, añade, “además de ser una gran responsabilidad, para mí supone un gran enriquecimiento espiritual”.
Echando la vista atrás, recuerda que “en septiembre de 2024, el ministro Provincial ya había lanzado la convocatoria en mi provincia de San Pedro y San Pablo de Michoacán, en México. En concreto, buscaba apoyo para la petición de ayuda que había hecho la Diócesis de Santander a la Orden, y, de la Orden, a la Conferencia de Santa María de Guadalupe, en México, a la que yo pertenecía”.
Así las cosas, “en febrero de 2025 eligieron en la provincia de Santos Francisco y Santiago a fray Felipe y fray Jesús. Fray Ángel Gabino, ministro provincial, los había asignado a esta misión. Y de mi provincia de San Pedro y San Pablo de Michoacán, fray Enrique me había asignado para unirme a este proyecto de colaborar con la diócesis de Santander en el Monasterio de Santo Toribio de Liébana”.
“Para nosotros -comenta- era una experiencia nueva, en España. Y la acogimos con gusto, con alegría y con la esperanza de poder apoyar este nuevo proyecto, con esa sensibilidad que nos caracteriza como Orden de Frailes Menores, manifestando el carisma de nuestro seráfico padre san Francisco. Él vivió una vida de enamorado de la Pasión de Cristo y, por ende, el signo de la Cruz está muy íntimamente relacionado al espíritu franciscano”.
Después de un largo viaje, fueron recibidos por el obispo de la Diócesis, monseñor Arturo Ros, en el Obispado. “En el encuentro había más sacerdotes. Fue un recibimiento muy bonito. Después, ese mismo día, nos trasladaron al Monasterio de Santo Toribio de Liébana, donde nos esperaban los hermanos franciscanos de la comunidad saliente”.
Tres días después, el 14 de septiembre, se celebraba la exaltación de la Santa Cruz. “En realidad -confiesa-, aunque todo era muy precipitado, ese era nuestro objetivo, y el del obispo: llegar a tiempo para la fiesta. Y fue una experiencia de amor a primera vista, vivir esta fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz con las costumbres, con las tradiciones, con el fervor, con la admiración… En el atrio nos proyectó una sana convivencia, un ambiente familiar. Y, ciertamente, marcó el inicio de nuestra nueva experiencia”.
El siguiente paso a dar tuvo que ver con la adaptación. “Un proceso que ha pasado por la transición de la fraternidad antigua, representada por los hermanos fray Óscar y fray Juan Manuel, de la provincia de Aránzazu; después, por ir poco a poco conociendo las costumbres y tradiciones de las parroquias en las que nos corresponde colaborar”. Porque estos religiosos franciscanos son párrocos de los pueblos del Valle de Camaleño, el Valle de Cillórigo, y La Hermida. “Cada una de las parroquias -apunta- tiene su vida particular, a pesar de que es el Valle de Liébana. Pero son pastorales singulares”.
La transición culminó el 6 de diciembre de 2025 “con la marcha de los frailes de Aránzazu. A partir de ese momento, tuvimos que diseñar las estrategias para afrontar el invierno, para decidir qué hacer y qué no hacer, y para tomar en cuenta nuestra vida interna, y la pastoral”.
En este sentido, asegura que “nos llamó la atención que nieve, llueva o haga calor, el apoyo de cada parroquia y de cada fiel lebaniego es una admiración. Nos tocó ver funerales en invierno, con grandes lluvias, y todos asistían a apoyar a la familia, a apoyar el cortejo, hasta el último momento. Ciertamente, eso nos marcó también la vida de fe, la vida de experiencia y la vida de poder integrar y apoyar mutuamente como fraternidad”.
Reconoce que “yo les decía a mis hermanos de comunidad que hay que esperar todo un año para aprender las costumbres, las tradiciones, las mentalidades… Para podernos inculturizar y, poco a poco, generar confianza y lazos fraternos con cada fiel, cada comunidad, cada parroquia”.
“Crecimos en paciencia -señala-, en tolerancia, en comunicación, en diálogo. Porque en las reuniones de comunidad, en la comida, en la cena, en la convivencia, compartíamos nuestras experiencias, y eran diferentes en función de cada parroquia. A pesar de estar cerca unas de otras, cada una tiene su experiencia viva, sus costumbres, y tradiciones peculiares”.
Otra cosa que les ha marcado es que, con el paso de los meses, el aumento de peregrinos y fieles devotos que acuden a venerar el Lignum Crucis ha ido en aumento. Algo que han podido comprobar de manera especial en estos meses de verano. “Los hermanos cofrades se admiraban de la afluencia de gente, y decían: parece que es Año Lebaniego. Pero no lo es”.
“Hemos recibido muchos peregrinos -indica-, familias, gente de diferentes estratos sociales, pero todos ellos con una devoción, con una fe… Tanto los peregrinos de fe como los peregrinos culturales”, matiza. “En esos casos, nuestra colaboración era crear un ambiente de misticidad, aprender a recibirlos, que se sientan en casa, que sientan también la espiritualidad del monasterio, y el encuentro con la Cruz, con el sentido de la redención de la salvación”.
“Queremos que en ese ambiente místico -prosigue-, los peregrinos poco a poco se vayan transformando. Ciertamente, ha llamado la atención que se haya logrado que lleguen a un recinto religioso y no lo tomen como un museo, sino como un lugar de encuentro con la espiritualidad, con la divinidad, que es Dios, a través del misterio de la Cruz”.
En cuanto a la visita del Padre Custodio de Tierra Santa, que estará en el Monasterio el próximo 14 de septiembre para el acto de hermanamiento con la Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén, considera que “será un acontecimiento muy importante en este Monasterio de la Santa Cruz, en el que el anfitrión, por supuesto, es la diócesis de Santander, encomendado a nosotros por el obispo. El tiempo es de Dios. Y Él ha sido quien ha abierto los caminos para que se diera este Hermanamiento. Una alianza de la unión de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, que harán de este monasterio una pequeña Jerusalén, un pequeño sepulcro donde Cristo resucitó, pero dejó su huella a través del amor de Dios por medio de su Cruz”.
“Este hermanamiento -concluye- ciertamente va a marcar un antes y un después en el reconocimiento del Monasterio donde se custodia y se guarda la reliquia más grande de la cristiandad de la Cruz de nuestro Señor Jesucristo. Y va a marcar una experiencia espiritual para todo peregrino y, en especial, para la diócesis de Santander”.





