Este lunes, 26 de octubre, el obispo de Sant Feliu de Llobregat, monseñor Xavier Gómez, OP, ha impartido sendas conferencias en nuestra diócesis, con el título Comunidades cristianas acogedoras e inclusivas. Acompañado por el obispo de la diócesis, monseñor Arturo Ros, por la mañana se ha dirigido a más de medio centenar de sacerdotes en la jornada de formación permanente que ha tenido lugar en el Seminario de Corbán; y, por la tarde, ante más de un centenar de personas, en la Sala Manuel Sánchez Monge de la Catedral.
En ambos casos, comenzó su intervención manifestando que “el objetivo fundamental es que todos nos pongamos a la escucha del corazón de Cristo”. Para monseñor Gómez, se trata de volver una y otra vez al Evangelio, “y dejar que el Evangelio y la paz del Evangelio nos desarme”. Porque “el Evangelio nos sitúa a todos” delante de “la primacía, el primado, la prioridad de la caridad. El amor. Dios es amor, y esto tiene unas consecuencias increíbles”.
Primado de la caridad que “pasa por revisar y acompasar nuestro modo de relacionarnos” con los demás, con Dios y con nosotros mismos con el “modo de mirar y de relacionarse de Jesús de Nazaret”. La pregunta “¿qué haría Jesús?” nos lleva “a buscar la respuesta, que viene del corazón de Dios”.
Todos los bautizados, insistió, estamos llamados a hacer que gobierne “la primacía de la caridad”. Porque “cuando la caridad se convierte en la mirada transversal”, entonces “las cosas cambian, las situaciones mejoran, y nosotros también estamos llamados a mejorar”. Aunque ese primado “requiere un esfuerzo”, una “voluntad” y, a veces, “hacerse incluso cierta violencia”.
Iglesia, experta en humanidad
En alusión a la movilidad humana, dijo que “la iglesia se acerca a esta realidad desde la primacía de la caridad”, con una “nota de identidad”, que es “profundizar en la catolicidad, ya que “ser católico significa ser universal”.
“La iglesia es experta en humanidad”, afirmó. Por eso, propuso “redescubrir cómo Jesús se relacionaba” con Dios y con la gente. Para el obispo de Sant Feliu, “Jesús transformala manera de entender nuestra relación con los demás, y nos da una clave que es fundamental a la hora de abordar el desafío de las migraciones”. Y es que su corazón, “su persona, su ternura, sus gestos, su evangelio y su espíritu” han de “conformar nuestro corazón, transformar nuestras conciencias, movilizar nuestras actitudes para que se unifiquen, se reconcilien, y para que voluntad, memoria, afectos, inteligencia, todo ello esté ordenado por la caridad”, lo que “permitirá construir la civilización del amor”. Porque no hay “nada más lejos de la violencia y de la agresividad” que “la mansedumbre y la pazcon la que Jesús actuaba”.
Jesús, apuntó, “nos describe cuáles son las prioridades” para el cristiano: las obras de misericordia y las bienaventuranzas, en especial la que hace referencia a los limpios de corazón, porque “una mirada limpia permite ver a Dios”. “A Dios”, advirtió, “lo encontramos en el prójimo, en el otro, en el ser humano, y en la vida humana, sagrada, siempre sagrada, desde su concepción hasta su fin natural”. Por eso, “si no renovamos esta mirada, se nos pueden colar actitudes que no son las que Dios espera de nosotros” ni “la manera que Dios tiene de mirar los problemas, los desafíos sociales”.
Diversidad cultural
En su disertación, monseñor Gómez mencionó “la diversidad cultural”, presente en todos los continentes, y que también afecta a la Iglesia. “El contexto que vivimos”, explicó, es “de desigualdad económica” y de “precariedad”, lo que “genera un gran desajuste, y una gran inquietud”. En este sentido, comentó que “tenemos que estar atentos para que este derecho a no tener que emigrar sea compatible con el derecho a migrar en condiciones de dignidad y de seguridad”.
A continuación, compartió una experiencia “resultado del discernimiento sinodal efectuado por la Mesa de Interculturalidad y Migraciones de la diócesis de San Feliu de Llobregat”, en la que, “después de un proceso de conversación en el espíritu, invitando a personas que trabajan con los migrantes, se han puesto por escrito algunas intuiciones”.
Con el título La acogida eje de la comunidad cristiana, reconocen que “el eje de la comunidad cristiana es Jesucristo” y que “la acogida es esa dimensión transversal que permite no solamente pensar cómo acoger a las personas que llegan, sino cómo nos acogemos nosotros”. Porque hay que crear comunidades “donde se produzcan relaciones de fraternidad”. Y, es que, “si las comunidades no dan este testimonio de fraternidad y de acogida, nuestro testimonio queda un poco cojo”.
Otra de las claves que hay que profundizar es el concepto de la comunión. Pues “donde hay envejecimiento” y “fragmentación” el fenómeno migratorio es “una oportunidad para transmitir el evangelio a otras generaciones, y también a las generaciones más jóvenes”; y, donde hay fragmentación, hay que “conocer la capacidad para incrementar la cohesión entre las personas y los grupos que forman la comunidad”, porque “fomentar la cohesión es imprescindible”.
A su juicio, hay que emplear tiempo, energía, y paciencia “en abrir espacios y revisar la manera de crear vínculos en las comunidades”. Y también “valorar la diversidad como una manera de profundizar en la catolicidad” y “una oportunidad para ampliar el sentido de pertenencia”.
Acoger y ser acogidos
“Donde hay exclusión”, prosiguió, “vemos la necesidad de dar visibilidad y apoyo a las personas del entorno que más sufren”. También “evitar el aislamiento” y el “clericalismo, y proponer una corresponsabilidad diferenciada, un discernimiento comunitario”, además de apelar a la generosidad, o de “buscar la creatividad, sin miedo al riesgo”.
Es decir, “acoger y ser acogidos como un signo identitario de las comunidades cristianas”. Y “acoger a la manera de Jesús”, porque “es sinónimo de hacer que la gente se sienta alguien, se sienta escuchada, valorada, querida, respetada en su ritmo y en su libertad. Escuchar y acompañar, a veces con las manos vacías. Y cuando no podemos resolverlo todo, podemos estar, permanecer”.
Monseñor Gómez recordó que “la cercanía es una clave necesaria para nuestra iglesia”, siempre al estilo de Jesús, “abiertos al diálogo y evitar que los prejuicios nos contaminen”. Por eso, exhortó a vacunarse “contra ese discurso de odio” y a “buscar cómo pasar de las buenas intenciones a la organización”.
Por último, enumeró una serie de propuestas. Entre ellas, “la importancia de dejarnos transformar por el Espíritu Santo. La Conversación en el Espíritu a la hora de tomar decisiones, a la hora de hacer una lectura creyente de la realidad como parroquia, como grupo, como comunidad…”. O de acoger “a todo aquel que lo necesite”, empezando por las personas que están solas, son vulnerables, recién llegadas, viven un proceso de enfermedad o se sienten alejados de la fe. Y hacerlo entrando en relación con ellas, con humildad, y escuchando con el corazón. O de acompañar, “prestar atención a las fragilidades”. Y cuidar “los espacios de la liturgia”, para que hablen de acogida, y se ofrezca información, accesibilidad o se puedan compartir las responsabilidades.
Otra sugerencia fue la transformación de los espacios parroquiales, para que sean dignos, y estén al servicio de la cultura del encuentro. O facilitar encuentros gratuitos y actividades lúdicas y formativas “que favorecen la inclusión”. Que la gente se sienta integrada. Y el saludo, porque “en las parroquias necesitamos equipos de acogida”, que ayuden a una conversión misionera. También la de crear “espacios gratuitos de conversación e intercambio”, asambleas parroquiales, de formación, y cuidar el acompañamiento de las personas. La escucha activa, profundizar en la teología de la movilidad humana o el trabajo en red fueron otras ideas lanzadas antes de concluir para dar paso al diálogo.



