Monseñor Arturo Ros: “La beatificación de nuestros mártires es un acontecimiento muy significativo para la vida de la diócesis”

Este sábado, la S.I.B. Catedral de Santander acogerá la solemne ceremonia de beatificación de 80 mártires del siglo XX de la diócesis. Francisco González de Córdova y 79 compañeros serán elevados a los altares en una Eucaristía que dará comienzo a las 11:00 horas, presidida por el cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos.

El obispo de la diócesis, monseñor Arturo Ros, confiesa que “estoy viviendo estos días con mucha inquietud. Aunque es verdad que estamos muy motivados y muy emocionados al mismo tiempo”.

Reconoce que “es un acontecimiento muy significativo para la vida de la diócesis, y también para los lugares de origen de todos los mártires, para dar gracias a Dios por el testimonio de sus vidas. Es verdad que estamos preparándolo con intensidad, para poder complacer a todo el mundo, y que todos los que quieran participar activamente puedan hacerlo. Pero, sobre todo, con mucha gratitud al Señor, que nos concede este regalo a la diócesis de Santander”.

La Capilla de los Mártires del siglo XX de la catedral es donde reposarán los nuevos beatos. “Un lugar muy especial -comenta-, por lo que representa, y porque, a partir de este sábado nos va a ayudar a rezar, sin duda alguna”. Para el prelado, “hemos de rezarles a ellos, a los nuevos beatos, para que nos protejan, nos cuiden y nos inspiren para vivir cristianamente en este presente de nuestra vida. Para mejorar esta situación por la que pasamos ahora”.

Francisco González de Córdova

Arturo Ros Montalt

En esta fecha tan significativa, tiene muy presente a su abuelo, el beato Arturo Ros Montalt, que antes de ser martirizado transmitió a su mujer y a sus hijos un mensaje muy claro: “Daos prisa en perdonar”. Esta expresión, elegida por su nieto como lema episcopal, “es en parte como él vivía o intentaba vivir el Evangelio: siendo fiel a Jesucristo. Supone vivir el perdón, y ponerlo en práctica. Mi abuelo se lo pidió insistentemente a su mujer y a sus hijos, para que lo hicieran real y lo vivieran. Así nos lo han ido transmitiendo, y así lo queremos seguir viviendo, todos los días de nuestra vida”.

“Arturo Ros Montalt”, evoca, “es el padre de mi padre, y el padre de mis tíos. Era un hombre de Dios y un hombre de iglesia que llevó su vida hasta el extremo de dar la vida por Cristo en el martirio en agosto de 1936”. Lo define como “un hombre comprometido en el servicio de entrega generosa del apostolado seglar”; él pertenecía a un grupo de “jóvenes emprendedores que “encuentran en la Acción Católica el arma evangelizadora, el lugar donde formarse, donde encontrarse, donde hacer camino y donde aprender a anunciar el Evangelio, para que los demás se encuentren con Cristo, que era su gran deseo y su gran pasión”.

Además, prosigue, “persiguiendo la santidad a través de la familia. Mis abuelos encontraron ese camino de santidad a través del matrimonio y de la familia”, fortalecido “en su experiencia cristiana en el ámbito de la oración. Tanto el beato como su esposa, mi abuela, tenían esa experiencia mística de adoración, de oración profunda. Van buscando las fuentes, y una de las que deben es Teresa de Jesús”.

“Recuerdo a mi abuela -explica- como la encarnación de la bondad y el testimonio de la fe. Testigo de la fe de una forma sencilla, pero firme y convincente, que nos supo transmitir a todos”. Ella, apunta, “es la mujer bíblica: mantiene la firmeza de la fe, a pesar de los inconvenientes del sufrimiento o de la salud”. En este sentido, indica que “son muchas las experiencias que tiene, como esposa, con los hijos y los nietos, de la intercesión de él desde el cielo, y de su ejemplo y testimonio. Son vivencias interiores, a través de las que hemos recibido fuerza. Incluso para combatir dificultades”.

Capilla de los mártires en la Catedral de SantanderBeatificación

Arturo Ros Montalt murió martirizado el 28 de agosto de 1936. “Esa parte más dolorosa, mi abuela la contaba desde lo que vive posteriormente. Describir aquellos momentos era muy difícil, porque eran de mucho sufrimiento personal: el sufrimiento físico del mártir y también el sufrimiento de su entorno, en este caso de la mujer, los hijos, los padres, la familia. Fue un sufrimiento terrible, que solo encuentra consuelo si se saber vivirlo desde la fe”.

“Ella lo vive desde la fe”, asegura. “Es una fe firme. Es decir, no hay dudas posteriores en su vida de fe. La dificultad era encajar todo aquello, saber llevarlo al corazón, y poder vivir con eso el resto de la historia”. Eso le permite “perdonar a los que han hecho daño a su esposo, a los que le han asesinado. Y pedir que todos sean capaces de hacerlo, y que lo hagan en su vida. Lo demás, es algo común en la historia de los testimonios de los beatos y de los mártires: mi abuelo murió martirizado, pero perdonando, comprendiendo, y firme en su fe, porque pudo huir, esconderse, pero no lo hizo. Decidió quedarse”.

Fue beatificado por san Juan Pablo II en una solemne ceremonia que tuvo lugar en la plaza de San Pedro, del Vaticano, el 11 de marzo de 2001. “Lo recuerdo -continúa- como una vivencia interior extraordinaria. Con mucha emoción. Y con mucha gratitud. Y como una vivencia espiritual muy profunda, dando gracias a Dios por poder estar presente y concelebrar en la Eucaristía en la que mi abuelo fue declarado beato por la iglesia. Estar con mis padres, con mi familia, con mis tíos, y vivirlo con mucha paz. Nos sentimos muy agraciados y muy agradecidos al mismo tiempo”.

Insiste en que “el beato Arturo Ros Montalt era un enamorado de la Eucaristía. Un servidor de Dios” que “no se desdice en ningún momento. Incluso cuando podía intuir que había ciertos peligros en su vida, dada la situación política y social que se vive en ese momento. Más bien, al contrario: sabe que su lugar es su familia, su esposa y sus hijos. Porque en su vida, había cuatro pilares: la Eucaristía, el amor a la Iglesia, la familia y el perdón. Todo ello, esencial. Sin eso es imposible vivir”.

Adoración eucarística Corpus catedral

Vivir en la presencia de Dios

Ante el testimonio que ofrecen los próximos mártires de la diócesis, el obispo de Santander considera que, “a veces se nos olvida que todos estamos aquí por algo. Pero lo esencial, que es lo que da sentido a lo que somos y a lo que hacemos, no podemos olvidarlo”. Por eso, “cuando vivimos lo que tenemos que vivir con intensidad, entonces sabemos situarnos en la vida para servir a Dios y agradarle”.

Recuerda que “cuando Dios no está presente en la vida de cada persona y en la vida ordinaria, las cosas no van bien. Porque Dios nos resitúa permanentemente en el valor de la existencia, del respeto, de la convivencia, de la grandeza del ser humano, del bien común, de tantas cosas bellas que, cuando no inspiran la vida cotidiana, ésta se convierte en otra cosa distinta. Eso nos hace daño, nos distancia, nos enfría. Vivimos de una forma tan individualista que no consideramos al otro como hermano”.

“Vivir en la presencia de Dios -asevera- es la vivencia de la fe que activa nuestra existencia y nos sitúa en el mundo para vivir lo que el Señor nos enseña en el Evangelio”. Así, añade, “creo que la respuesta a lo que el mundo necesita se llama Jesucristo. El presente y el futuro es Jesucristo. Lo que el Señor nos enseña en el Evangelio. Y ese es el camino de nuestra vida. Jesucristo nos enseña a vivir. Y a ser hermanos, unos de otros. Y muchas otras cosas necesarias en este presente y futuro de nuestro mundo”.

“Yo no comprendería la vida”, resalta, “sin la vivencia eucarística en el ámbito de la iglesia, que es madre; la familia, porque me ayuda a vivir todo eso; y siempre con esa actitud de reconciliación, de perdón, de fraternidad, de caridad. Porque, si nos cuesta perdonar, es que nuestra fe es frágil. Es verdad que no es fácil. Y que depende de cada situación. Pero creo que, cuando somos conscientes de que somos perdonados, somos pecadores perdonados. Cuando buscamos el perdón con sinceridad, Dios nos perdona. Y eso nos tiene que motivar a perdonar. No tiene sentido que pidamos perdón y hagamos experiencia de perdón, y que no seamos capaces de perdonar a los demás”, concluye.

Cristo Catedral

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