Con motivo de la celebración de la 112ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, el Movimiento Cultural Cristiano, en colaboración con las Delegaciones diocesanas de Migraciones y Movilidad Humana y de Apostolado Seglar, organizó el pasado 25 de septiembre, en la sala Manuel Sánchez Monge de Santander, la conferencia-coloquio Migrantes y refugiados, avanzadilla de los pueblos hacia la fraternidad universal, expresión de san Juan Pablo II para referirse a la realidad de las migraciones como una llamada a la fraternidad entre los pueblos.
El encuentro contó con la participación del sacerdote jesuita José Luis González Miranda, misionero, teólogo y médico, que durante más de treinta y cinco años ha acompañado a comunidades indígenas, refugiados y migrantes en Guatemala, Nicaragua y México
Bajo el subtítulo Testimonio de un sacerdote en la frontera, González Miranda acercó a los asistentes a la realidad de las migraciones desde los rostros y las historias concretas de las personas, más allá de las cifras. A partir de su experiencia, mostró tanto las situaciones de sufrimiento, violencia y vulnerabilidad que viven muchos migrantes como las numerosas experiencias de solidaridad, acogida y fraternidad que también surgen en el camino.
La exposición se articuló en torno a varios ejes. En primer lugar, José Luis González Miranda destacó a los pobres, y especialmente a migrantes, refugiados, sus familias y quienes les acompañan, como verdaderos maestros de fraternidad. Posteriormente abordó la presencia constante de la migración en la Biblia, recordando cómo la historia del pueblo de Israel, el éxodo, el exilio o las diásporas forman parte esencial de la Historia de la Salvación. A la luz del Evangelio, subrayó las palabras de san Pablo: “Cristo derribó con su sangre los muros que separan a los pueblos… Ya no sois extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los santos y familia de Dios” (Ef 2, 14.19).
La conferencia también se detuvo en los desafíos actuales, invitando a comprender las causas profundas que obligan a millones de personas a abandonar sus hogares. En este contexto, el ponente señaló diversas tareas para la comunidad cristiana: luchar contra dichas causas -caridad política- que provocan las migraciones, defendiendo el derecho a emigrar y a no emigrar, apoyar las experiencias de hospitalidad y fraternidad que ya existen en la sociedad, promover respuestas asociadas tanto de las propias personas migrantes como de quienes las acogen y compartir la fe desde la cercanía y el encuentro.
