Nuestra comunidad
“Como quien no quiere la cosa…”, nos hemos metido en el primer domingo de octubre. Con el mes de octubre comienzan a caminar muchas actividades parroquiales: catequesis, lectura creyente, grupos de doctrina social… También es un momento en el que después de haber participado en la Eucaristía Dominical, quizás en otras parroquias donde nos venían mejor los horarios o el lugar, ahora, nos reencontramos de manera, ya habitual, con nuestra comunidad, nuestra parroquia, en este encuentro festivo que es la Misa de cada domingo.
Las lecturas de este domingo parece que nos acompañan, de una manera providente, en este momento. El Señor, en el evangelio de San Mateo, nos regala una parábola en la que, dentro de un gran drama, nos ofrece trabajar a nosotros en su viña: arrendará la viña a otros labradores que le entreguen sus frutos a su tiempo. Recomenzar el curso pastoral es un momento muy oportuno para replantearnos cómo estamos trabajando en la viña del Señor y si le estamos dando los frutos a su tiempo.
La viña del Señor es la casa de Israel
En el Salmo responsorial hemos cantado de manera orante: la viña del Señor es la casa de Israel. Con la repetición de este versículo la liturgia nos está dando la clave de interpretación de la parábola de hoy y de la lectura del profeta Isaías.
La parábola que acabamos de escuchar encierra dentro de sí todo un tratado de Cristología y, por otro lado, una apasionante invitación a pertenecer y trabajar en la nueva viña del Señor, la Iglesia.
Jesús está hablando en Jerusalén, cercana ya la pasión, a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo. Este auditorio es importante. Habla a las autoridades de Israel, habla a los que Dios había encomendado el cuidado de su viña. Y, como si de un gran drama se tratara, les presenta en parábola la historia de la salvación: un propietario, el Padre, que habiendo plantado y cuidado una viña preciosa, el pueblo de Israel, no recibe frutos, sólo infidelidades. El profeta Isaías, en un bellísimo canto, ponía voz a este Padre y nos anticipaba esta situación: ¿qué más cabía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho? ¿Por qué, esperando que diera uvas, dio agrazones?
Este Padre ha enviado a lo largo de la historia a sus criados, los profetas, para recibir los frutos de los labradores, las autoridades de Israel, y nunca los ha recibido. Así, una y otra vez: agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Finalmente, envía a su propio hijo, pensando que siendo su hijo le tendrían respeto, pero: agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Es sorprendente el paralelismo que tiene esta secuencia de hechos con los acontecimientos de la Pasión del Señor: prendimiento en el huerto de los olivos; camino hacia el Gólgota, situado fuera de la ciudad de Jerusalén; muerte del Señor en la Cruz.
Jesús en esta parábola nos está contando la historia de la salvación y nos da las claves de lectura de los hechos que, pocos días después, van a suceder en Jerusalén. Jesús, el Hijo de Dios, muerto y resucitado para darnos vida, Jesús es la clave, la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.
Se os quitará a vosotros el Reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos
Llegamos al desenlace de la parábola. Aquí, Jesús, una vez más, nos sorprende. Ante la pregunta: Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores? La respuesta de Jesús es interpelante y apasionante para nosotros: arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo, entregará la viña al cuidado de los Apóstoles y la viña será ahora la Iglesia, el pueblo de Dios.
En este nuevo Pueblo de Dios todos estamos llamados a trabajar en la viña y aportar los frutos al Señor a su tiempo. Aquí no vale decir: “a mí no me toca”; ni tampoco: “no es el momento en mi vida”. El Señor nos quiere trabajando y entregando frutos en todos los momentos de nuestra vida: niños, jóvenes, adultos, ancianos… cada uno según su situación y su estado de vida: consagrado, casado, sacerdote, en el trabajo, en la enfermedad… Siempre podemos ofrecerle algo. El Señor te pide que construyas su Reino, que trabajes en su viña. ¿Quieres acoger esa llamada? Cuando vives así, entregando lo que puedes, tus pobrezas también, no tenemos miedo a que venga el Dueño de la viña a reclamar los frutos, porque todo lo que somos y de bueno hacemos es gracias a Él. Por eso, con el salmista le decimos: Dios de los ejércitos, vuélvete: / mira desde el cielo, fíjate, / ven a visitar tu viña, / la cepa que tu diestra plantó, / y que tú hiciste vigorosa.
La verdadera felicidad está en el camino del servicio
Descubrir el sentido profundo de esta parábola de hoy nos interpela y nos sugiere muchas cosas. Yo me quiero fijar en algunas que nos pueden ayudar en nuestra oración persona, en la revisión de vida y en la forma de encarar siempre los acontecimientos de la vida desde una clave cristiana.
- La verdadera felicidad se encuentra en el camino del amor y el servicio. ¿Cómo nos situamos ante los dones que Dios nos da? ¿De manera egoísta y posesiva o de forma generosa y gratuita?
- Las etapas de historia de salvación que describe la parábola de hoy pueden tener un paralelo en nuestras distintas etapas de vida. ¿Cuáles son los profetas que Dios pone en nuestra vida?
- En el itinerario de la vida cristiana y de la fe surgen dudas, caídas, infidelidades… No te obsesiones con eso, mira hacia la meta, mira hacia Cristo. Piensa que el Señor quiere entregarte Reino. ¡Levántate siempre! No nos fijemos sólo en nuestras múltiples infidelidades, sino, más bien, en la insistencia de un Dios que una y otra vez viene a nuestro encuentro. Con gozo y confiando en su gracia, suplicamos al Dios fuerte y poderoso con el salmo 79: No nos alejaremos de ti; / danos vida, para que invoquemos tu nombre. / Señor, Dios de los Ejércitos, restáuranos, / que brille tu rostro y nos salve.
Álvaro Asensio Sagastizábal
Vicario General y Delegado Diocesano de Liturgia