Jesús Casanueva Vázquez
Este domingo celebramos en la Iglesia universal el Domund, el Domingo Mundial de las Misiones, y lo hacemos en un aniversario especial: son los 100 años de esta jornada misionera que tanto bien ha hecho a la Iglesia y al mundo.
Ha hecho bien a la Iglesia, porque nos ha recordado que existe para anunciar el evangelio a todos los pueblos del mundo, para recordar que sin la misión no tiene razón de ser.
Y ha hecho bien al mundo porque donde se conoce, se celebra y se vive la vida de Jesús se construye el reino de Dios, un reino de justicia y de paz, de amor y de solidaridad, y de todo aquello que salva al hombre y le ayuda a ser más humano.
Cuánto bien nos han hecho los misioneros, por eso no debemos más que dar gracias a Dios por sus vidas y pedirle que siga llamando a hombres y mujeres de nuestras comunidades para anunciar con alegría el evangelio. La primera lectura nos recuerda que, si nosotros no somos misioneros, Dios elegirá a otros, aunque no sean cristianos, para construir su reino. La elección de Ciro, rey de Persia como liberador de Israel proclama la libertad de Dios y su voluntad de salvar a la humanidad.
ONGs, asociaciones y otras entidades se han embarcado en la tarea de ayudar a los pueblos empobrecidos por la guerra, el hambre y la pobreza. Pero sólo los misioneros llevan también la esperanza del amor de Dios.
La vocación misionera de la Iglesia y de cada misionero nace de su unión con Cristo. Así nos lo recuerda el lema escogido por el papa León XIV en este año: Uno en Cristo, unidos en la misión. El deseo de evangelizar, de llevar la buena noticia del Señor a todos los pueblos y a todas las gentes nace del amor y de la unión con Él. Y en la misión confluyen todas las energías materiales y espirituales de la Iglesia. Las colectas, los donativos, los sacrificios ofrecidos, las oraciones, todo hace palanca y fuerza para que Jesucristo sea conocido, amado, celebrado y vivido en todo el mundo y por todas las gentes.
Hoy, con el apóstol san Pablo, en la segunda lectura, y en el contexto de este aniversario del Domund, recordamos ante Dios, nuestro Padre, la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y la firmeza de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor. La labor de los misioneros es sostenida y animada material y espiritualmente por una Iglesia que se siente misionera. Y la Iglesia se puede considerar madura cuando es capaz de suscitar vocaciones misioneras para la evangelización del mundo.
Demos a Dios lo que es de Dios, como nos señala Jesús en el evangelio, y contribuyamos con nuestra vida y nuestra fe a hacer realidad el mandato misionero: Id y anunciar. El evangelio sembrado en el corazón de los hombres, de las culturas y de los pueblos atraerá la bendición de Dios sobre la humanidad y nos ayudará a construir esa fraternidad auténtica que nace de nuestra unión con Cristo.
