I. La fiesta del cielo
No nos podemos imaginar la fiesta y la felicidad del cielo. Por la fe sabemos que el cielo existe y que es nuestra patria, nuestra vida en plenitud, la felicidad eterna. Sí sabemos que es una fiesta distinta de las fiestas de la tierra, aunque éstas nos ayudan a pregustar, como imagen lejana y distorsionada, la fiesta del cielo.
El libro del Apocalipsis, que hoy hemos escuchado en la primera lectura nos describía así esta fiesta: Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podía contar de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas… Y gritan con voz potente: “¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!” Y todos los ángeles… diciendo: “Amén. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén”.
Se trata de una fiesta que durará por los siglos de los siglos, siempre. Nunca nos cansaremos de gustar esa felicidad. Y de una manera simbólica nos presentaba de pie como signo de resurrección, vestidos de blanco como partícipes de la vida divina, con palmas en las manos como signo de victoria.
II. Los santos intercesores y ejemplo.
La primera carta de San Juan presentaba la santidad como ser semejante a Dios: Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él a porque le veremos tal cual es.
Los santos viven ya la realidad del cielo y quieren ayudarnos a vivir a nosotros unidos a Dios. Nos tienden la mano, son intercesores, ya que desean para todos nosotros que también seamos santos. Santa Teresa del Niño Jesús, la doctora de Lisieux, decía: “pasaré el cielo haciendo el bien en la tierra”.
III. El camino de la felicidad.
La santidad no es un privilegio para unos pocos. El Concilio Vaticano II nos recordó la llamada universal a la santidad. Ser santo es un camino que todos podemos recorrer. Y, nos preguntamos, ¿qué camino hay que recorrer? El camino seguro es el de las bienaventuranzas. Su contenido y su mensaje son lo contrario del ideal del mundo actual. Pero es un mensaje de verdadera sabiduría. A la Iglesia y cada uno de los cristianos también se nos pega el polvo de esta sociedad en la que vivimos. Una sociedad que arrincona a los pobres, a los pequeños, a los humildes… y los poderosos, con su arrogancia, tienen por desgraciados a los pobres, a los sencillos, a los transparentes, a los limpios de corazón, a los que trabajan por la paz.
Queridos hermanos y amigos, hemos de vigilar y comprobar en qué bando nos encontramos. No podemos permanecer indiferentes ante esta cultura del “descarte” como tantas veces se refería a ella el Papa Francisco. Las Bienaventuranzas son el único camino de felicidad porque nos dibujan el rostro y el perfil humano y divino de Jesús.
Que la Eucaristía que estamos celebrando nos haga sentir la alegría de formar parte de la gran familia de los santos.
Álvaro Asensio Sagastizábal
Santander