El obispo de Santander clausura las Jornadas Martiriales con el testimonio de su abuelo, el beato Arturo Ros Montalt

Ponencia monseñor Arturo Ros en las jornadas martiriales

Este domingo, 25 de octubre, han concluido las XIV Jornadas Martiriales que se han desarrollado durante el fin de semana en Santander. Con el lema In Odium fidei, en ellas se han presentado testimonios como el de los 80 mártires del siglo XX de la diócesis de Santander que serán beatificados el próximo 7 de noviembre; el de los mártires Trapenses de Viaceli (Cóbreces), elevados a los altares en 2016; o el de los mártires de Asturias.

La última ponencia del encuentro ha sido ofrecida por el obispo de Santander, monseñor Arturo Ros, para hablar de su abuelo, Arturo Ros Montalt, beatificado el 11 de marzo de 2001 por el Papa Juan Pablo II.

El prelado comenzó la disertación pidiendo su intercesión: “Dios, Padre nuestro, gloria y corona de los mártires, que escogiste para el apostolado de la Iglesia al beato Arturo Ros Montalt, y le concediste el don de asemejarse a tu Hijo en una muerte como la suya. Te pedimos, por su intercesión, crecer en la fe y alcanzar la gracia que ahora te suplicamos si ha de ser para nuestro bien y el de tu iglesia”.

A continuación, presentó a su abuelo como un hombre cristiano cuyo proyecto de vida era la santidad, explicitada en su vida antes, durante y después del matrimonio. Para mostrar su perfil, escogió el discurso pronunciado por el beato en la inauguración del centro de Acción Católica de su pueblo natal, en 1932: “hemos sentido la necesidad de constituirnos en grupo para hacer frente a las corrientes seculares y destructivas que amenazan la integridad de los corazones de los hijos de Vinalesa, pensando al mismo tiempo que la mejor forma para conservar y aumentar en nosotros la fe en Jesucristo y propagarla en todos los ambientes, con toda la energía de nuestra alma será el centro de acción que a partir de hoy empieza su andadura en el pueblo de Vinalesa. Este centro, bien organizado y potenciado por un ciclo permanente de conferencias, propicia la formación cristiana necesaria en nuestro tiempo. Fortalecerá nuestro corazón para resistir valerosamente a todo vicio y error. Despertará en nuestra voluntad el ansia de conocer la verdad que es Jesús”.

Monseñor Arturo Ros en las jornadas martirialesSantidad

Un perfil, pues, el de su abuelo, “de cristiano convencido, de hombre cabal, que vive apasionado el proyecto de Jesús en su vida” al tiempo que obedece sus compromisos. Y cuyo proyecto personal “es la santidad”.

En su intervención, monseñor Ros destacó que, “en el proceso previo al matrimonio”, sus abuelos tenían claro “su proyecto personal de santidad, de entrega a Dios y a la iglesia”. Un planteamiento vocacional serio, que expresan en el proyecto familiar: “nuestra casa que sea un lugar de alabanza y de presencia de Dios, y nuestros hijos que sean una ofrenda agradable al Dios que tanto nos ama, para el servicio de la iglesia”.

De este matrimonio nacieron seis hijos, uno de ellos el padre del prelado. El pequeño, su tío Honorato, que llegaría a ser sacerdote, no conoció a su padre, ya que “el martirio fue el 28 de agosto del año 36, y Honorato nace el día 1 de octubre del mismo año”. De los otros cinco hijos, dos fueron religiosas. Y la mayor, María Teresita, recibió ese nombre “porque la mística de referencia del Beato Mártir es Teresa de Jesús. Él es un místico, en parte”, señaló.

Recuerdos que recibió de su abuela, María Llopis, una mujer “admirable” que “da testimonio de la santidad de su esposo. Pero ella la hace vida”. Así, cuando contaba cosas del abuelo, “lo hacía de tal manera, que era totalmente creíble”, siempre “con los ojos brillantes y una cara de paz y de bondad”.

En este sentido, narró una anécdota referida a cuando iba a nacer el sexto hijo, en medio “del sufrimiento terrible del martirio de su marido, y de no poderle ver jamás otra vez, nunca, ni muerto siquiera”. En ese marco, el médico le dice a la futura madre que la cosa iba mal. Y ella, a punto de dar a luz, se dirige a su marido y le dice: “Si estás en el cielo, ayúdame”. En ese momento, siente una paz y una serenidad pasmosa, y lo vio allí, a su lado. Y el niño nació. Y fue sacerdote.

Monseñor Arturo Ros en las jornadas martirialesFamilia, Iglesia y servicio público

Para monseñor Ros, “hay tres cosas muy significativas que preparan” la personalidad de su abuelo: “la familia, la iglesia y también la actitud de servicio público”.

“El compromiso temporal -apuntó- lo vive especialmente en la Legión Católica Española, previa a la Acción Católica: jóvenes militantes, emprendedores, valientes”. Por ejemplo, “cuando se prohíbe la catequesis en los colegios, ellos activan la catequesis en el centro parroquial”. Su abuelo “es uno de los responsables. Es un joven entusiasta. Por Cristo y por la iglesia” en el que “hay un compromiso permanente con el apostolado seglar y la búsqueda de jóvenes para hacer ejercicios espirituales”. Esa “es su tarea evangelizadora”.

“La pasión por Cristo”, añadió, “la alimenta permanentemente. Es un enamorado de la Eucaristía”, “con ese toque místico” y “ese compromiso temporal con la pobreza, con el servicio”. Y, como corona, “el amor exquisito a María Santísima”. Fruto de esas devociones, sus descendientes siguen siendo parte activa de dos cofradías centenarias en el pueblo: la del Santísimo y la de la Virgen del Rosario. Ponencia monseñor Arturo Ros en las jornadas martiriales

Testimonio público

“A mi abuelo”, dijo, “los enemigos le van llamando ‘el beato’ despectivamente, e incluso ‘embaucador’. Porque, por su manera de comportarse, de ser y de existir, no busca nunca el liderazgo”. “Todo su deseo es dedicar el máximo tiempo posible al Señor a través de su esposa y sus hijos”, remarcó. Como no se esconde, y, además, da testimonio público, se crea enemistades, surgen calumnias, y acusaciones veladas. Incide: no solo no se esconde, sino que “la convicción de estar con la familia y con los hijos, y cuidar el hogar cristiano, es su fortaleza, es su compromiso y es su deseo”.

Reconocido por todos “por su condición cristiana, su tarea en el seno de la iglesia” y “por su servicio público”, tiene fama de hombre bueno, “de buen esposo, buen padre y, sobre todo, de cristiano cabal”. A eso se añade el hecho de que gozaba de buen humor. Por eso, la gente que le aprecia le advierte, e incluso le ofrecen la posibilidad de esconderse, “pero él no quiere” porque “su sitio está allí. Y están su esposa, y sus hijos. Y el resto de familiares”.

En la madrugada del 28 de agosto de 1936, llaman a la puerta de su casa. María, su esposa, tuvo intención de abrir. Pero Arturo se le adelantó. “Ella quedó asomada en la puerta entreabierta del dormitorio. Abrir la puerta de la calle y abalanzarse rápidamente sobre él todo fue una misma cosa”. Se lo llevaron maniatado. Once coches formaban la caravana. Arturo iba en el segundo. A sus compañeros, les dijo: «Vamos a recibir el bautismo de sangre«, y les animó a prepararse.

La tía Casilda “fue la primera que corrió la voz en el pueblo de que a Arturo lo habían echado a un horno de cal encendido. Y así fue transmitido su final, hasta el día de hoy”. Entre sus restos, se encontró una cruz, convertida en “mil astillas para los relicarios de las estampas.Mártires de SantanderPresencia viva

“Nosotros -afirmó monseñor Ros en alusión a su familia- tenemos guardada y vivida, al mismo tiempo, su presencia viva ante nosotros”, gracias a la abuela, que tenía asumida la convicción de que su marido estaba en el cielo. Y que enseñó “a sus hijos cómo tenían que vivir el Evangelio, fruto de la experiencia y el testimonio de su padre”.

“Hay cuatro cosas que forman parte de nuestra vida”, señaló. “Una de ellas, la Eucaristía”. Otra, “el amor a la Iglesia” que “se convierte en pasión”.  También la familia, “y ese estilo de vida cristiana que él transmite en su vida pública, en sus compromisos”, junto con “la experiencia del perdón y de la reconciliación”. Porque, “antes del prendimiento y del martirio, él prepara a María, su esposa, y a los hijos, especialmente a los más mayorcitos, María y Vicenta”, con la expresión “Daos prisa en perdonar”, que monseñor Ros ha asumido como lema episcopal.

De hecho, su abuela confesó a sus hijos: “Me costó mucho, pero les he perdonado”. Ella “había perdonado, había acogido, había ayudado, había servido incluso a los que habían sido enemigos de su esposo y le habían matado”. Y vivió siempre “el gozo de la alegría de la transmisión de la fe”. Concluyó pidiendo la intercesión del beato mártir Arturo Ros Montalt, “para que seamos buenos hijos de Dios”.Jornadas Martiriales en Santander

 

 

 

 

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